Héroes y tumbas

La penúltima semana del mes de agosto del año 2012 Lance Armstrong, ciclista, empezó a perder para siempre sus siete tours de Francia. La penúltima semana del mes de agosto del año 2012, Neil Armstrong, astronauta, murió en un hospital de Columbus, Ohio, a los ochenta y dos años, después de sufrir una serie de complicaciones derivadas de una operación de bypass a la que había sido sometido recientemente. Compartíeron nacionalidad y apellido. Los dos fueron héroes.

Lance Armstrong era un ciclista prometedor, crecido a la sombra de Indurain, Chiapucci, Pantani y sobre todo, Greg Lemond, único estadounidense capaz de vencer en el Tour de Francia, la carrera ciclista más importante del mundo, que ganó en tres ocasiones. Lance aspiraba a ser el nuevo Lemond, pero en 1995, cuando tenía 25 años, le fue diagnosticado un cáncer de testículos con metástasis en los pulmones y en el cerebro. Los médicos no le dieron muchas posibilidades.

Volvió en 1998, recuperado, más viejo, más fuerte. En 1999 se presentó en el Tour de Francia y ganó. Y se convirtió en un héroe.

Venció en las siguientes seis ediciones de la carrera de las carreras. Se coló en los libros de historia como el ciclista más importante de todos los tiempos, batió los récords, barrió a sus rivales. Pero el agua se empezó a enturbiar poco a poco. Primero fueron los rumores: Lance jugaba con las cartas marcadas. Luego empezaron a caer compañeros de equipo, todos bajo la acusacion de dopaje: Roberto Heras, Floyd Landis. Este último, desposeído del Tour de 2006 por un positivo de testosterona, señaló públicamente a su ex jefe. Se decía que Armstrong no se relacionaba con el resto del pelotón, se le tachaba de prepotente, se le señalaba a escondidas. En 2005, cruzó por séptima y última vez los Campos Elíseos vestido de amarillo y se retiró, manchado de rumores, pero con el palmarés y la gloria intactos.

Regresó en 2008. Dijo que para impulsar su fundación contra el cáncer, dijo que para buscar patrocinadores que financiaran su lucha incansable contra el monstruo que doce años antes estuvo a punto de devorarlo. A lo mejor era verdad. A lo mejor quería demostrarse algo a sí mismo. A lo mejor no podía dormir por las noches.

Neil Armstrong nació en plena Gran Depresión en una ciudad del medio oeste estadounidense, y a los diecisiete años ya tenía el título oficial de piloto. Luchó en la guerra de Corea y en 1962 obtuvo un puesto de astronauta en la NASA. Salió por primera vez al espacio en 1966. Posteriormente, fue seleccionado para comandar la misión Apolo XI. El objetivo: la luna.

A las 10.32 hora local del 16 de julio de 1969 Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins despegan de Cabo Kennedy, Florida. En algún momento del 21 de julio los tres hombres miran la luna como ningún ser humano la había mirado jamás: enorme y peligrosa tras un cristal suspendido en el vacío del espacio. Armstrong y Aldrin entran en el Eagle, el módulo lunar diseñado por la NASA para cruzar el abismo final. En el módulo de mando permanece Collins, orbitando alrededor del satélite. El hombre que nunca pisó la luna sabía que había una posibilidad muy alta de que sus dos compañeros no consiguieran regresar y confesó años después que vivió las horas del paseo lunar con un terror obsesivo: si algo fallaba recibiría la orden de volver a la Tierra y abandonar a Armstrong y Aldrin, dejándolos morir en la luna, más perdidos y solos de lo que ningún ser humano ha muerto jamás.

El Eagle desciende. Como comandante de la misión, Armstrong se encarga de pilotar. Las cosas empiezan a ir mal cuando el módulo coge más velocidad de la prevista y sobrepasa la zona escogida para el alunizaje dirigiéndose hacia un cráter rocoso. En algún momento los dos hombres miran el indicador del combustible y se miran después a los ojos con preocupación y quién sabe si miedo. En algún momento alguien en Houston empieza a ponerse azul. En algún momento alguien delante de un televisor coge de la mano de alguien a quien lleva años sin hablar. En algún momento Neil Armstrong conecta el control semiautomático de la nave.

Tenía poco combustible, dos ojos y dos manos para conseguir alunizar en una zona adecuada. Lo consiguió a las 15.37, hora de Houston, y se convirtió en un héroe.

El Apolo XI cayó en el océano Pacífico el 24 de julio. Armstrong, Aldrin y Collins regresaron a la Tierra después de haber realizado el viaje más asombroso de la historia de la humanidad. Pasaron dieciséis días de cuarentena y volvieron a sus vidas y al mundo. Neil Armstrong dejó la NASA en 1971. Se dedicó a enseñar en la universidad y formó parte del consejo asesor de diversas empresas aeronaúticas. Siempre rechazó los honores porque consideraba que no merecía una gloria que correspondía a los cientos de hombres que habían trabajado en el proyecto y, en última instancia, a la humanidad entera. Solo se le conoce un acto de egolatría: hasta el final de sus días mantuvo que la mítica frase que pronunció al poner por primera vez el pie fuera de su planeta natal había sido cosa suya y de su mujer, y no de un puñado de guionistas pagados por la NASA como la gente se empeñaba en creer.

Lance y Neil compartieron nacionalidad y apellido. En algún momento de sus vidas los dos fueron héroes y en la penúltima semana del mes de agosto del año 2012 los dos encontraron su tumba. Dos tumbas muy diferentes. Porque cuando a Neil le preguntaron respondió sí. Y cuando a Lance le preguntaron no respondió no.

La tumba de Lance será el olvido que la memoria reserva a aquellos que nos ensucian, nos hacen daño y nos decepcionan. La tumba de Neil será infinita, porque no habrá sepulcro capaz de contener jamás su recuerdo. Su tumba será la noche, y todas esos ojos que se alzan debajo del cielo en cualquier lugar del planeta para mirar con melancolía el blanco satélite hermano.

El nombre de Lance Armstrong se ira diluyendo con el paso del tiempo y será borrado del libro donde están escritos los nombres de todos los héroes. Finalmente, incluso el ciclismo lo olvidará, porque la memoria borra los recuerdos desagrables. El nombre de Neil Armstrong, en cambio, existirá mientras exista la humanidad.

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