El París de los sueños


Ser o no ser, he aquí el problema. Subir, bajar, ir, venir, tanto se mueve el hombre que por fin desaparece. Un taxi se lo lleva, un metro lo arrebata y ni el Panteón ni la Torre se preocupan por ello. París es una ilusión; Gabriel, un sueño (delicioso); Zazie, el sueño de una ilusión (o de una pesadilla). Y toda esta historia, el sueño de un sueño, la ilusión de una ilusión, apenas nada más que un delirio tecleado por un novelista idiota (¡oh! perdón)
(Zazie en el metro; Raymond Queneau)

Hay novelas,  unas pocas y buenas, que son capaces de poner en pie mundos nuevos y hermosos. Zazie en el metro es una versión  cachonda y postsecondwolrdwartwo de Alicia en el País de las Maravillas. Transcurre en el país de los sueños, París años 50, donde se bebe tinto y granadina y los loros se meten en la conversación y nada tiene demasiado sentido -ni falta que hace- porque después de la Guerra solo importa vivir y la vida ya se sabe.

Yo no me acuerdo por qué cogí un día este libro de la biblioteca. Creo que era en los tiempos en los que yo lo leía todo de Vian, y creo que alguien citaba en un prólogo a Queneau como coleguilla e influencia de Boris. El caso es que entre tanto diálogo chorra y brillante, tanto juego de palabras y esa velocidad de gritos e imágenes, se me volvió el tiempo un jardincillo de flores y me reí tanto como para derribar un poquito las paredes y dejar que pasara un ratito de luz.

Zazie en el metro es un juego, un sueño. Como en los sueños, tiene un ritmo vertiginoso. (La Zazie, mi pobre, que se vino del pueblo para montar en el metro y resulta que el metro estaba cerrado por huelga) Como en los sueños, los cambios de escena suceden así, zas, sin raccord ni hostias, a golpe casi de subconsciente. (Mi niña Zazie, rodeada de sátiros que me la quieren arrancar la niñez a fuerza de daño) Como en los sueños, el reverso de la pesadilla aguarda torciendo la esquina.

A Queneau le gustaba jugar con el lenguaje, putear la sintaxis gabacha; se nota que el viejales gafitas se había estudiado a Rabelais, tatarabuelo de Céline y de todos los escritores franchutes que después del mil novecientos decidieron echarle un poco de salsa a la prosa y no tomarse a sí mismos demasiado en serio.

Ma pétit Zazie se la juega en París como quien juega a los dados. ¿No lo entienden?, diría Nabokov en un arrebato lolitero, Zazie no tenía a nadie. ¿A nadie? Mentira. Tiene a Gabriel, a Marceline, a Charles, a Turandot, al loro Verdolaga e incluso al zapatero Gridoux, que no es tan mala sombra como aparenta. Y a la viuda enamoradiza, y al fulano/sátiro/policía de los dos nombres. Y tiene París, claro, esa ciudad que yo sueño y que todos soñamos como ella la sueña, vacía de miedos y llena de voces y bares a los que se entra bajando unas escaleras.

Y abajo, sentado a una mesa estará Gabriel, el chache de Zazie que confunde los monumentos, travelo nocturno, bondadoso gigante, ángel también, un poco, protector, con sus alas, cuidando de la inocencia de su sobrina, con su esposa la Marceline -sorpresa final, pero de esas sorpresas sin globos ni truenos ni efectos, solo un cambio sutil en la pronunciación- y sus monólogos tan calderonianos. El tío Gabriel, el tío de París, la ciudad que sueñan llena de música y bulevares los de provincias, con su Sainte Chapelle, su tumba de Napoleón y su Torre Eiffel bien plantada en el medio (Me pregunto por qué siempre representan la ciudad de París como si fuera una mujer. Con un pedazo de nabo como ese que tenemos delante) que terminará envejeciendo a Zazie, de vuelta por la mañana en el tren, entresueños sin haber visto el metro por dentro.

Zazie, con su boca sucia y su nervio y su curiosidad y su mala leche, sus malos modales y su impertinencia, siendo de mentira está más viva que el noventa y nueve por ciento de las personas con las que yo me cruzo por la calle todos los días. Zazie, ma pétit, con sus bluyins y su lengua lagartijera y su París de sus sueños con su reverso de pesadilla. Sátiros, borrachos, pederastas, taxistas, soldados y taberneros, elevad una plegaria, porque la niña se dormirá y despertará siendo vieja.

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