Padres e hijos

Todos somos hijos de alguien. Daniel Smart Fante, nacido en Los Ángeles en 1946, era hijo de John Fante. El hijo segundo, que salió rubio como la madre y más alemán que italiano. Andando el tiempo y las borracheras, este Daniel se hizo escritor, literarizó su vida y en la tapa de sus libros se acortó el nombre dejándolo en Dan. El año pasado, Dan Fante escribió una autobiografía en la que contaba un poco de aquí y de allá, infancia, adolescencia, rebeliones, y esbozaba la figura privada del padre, el John de las letras mayores estadounidenses. El libro se llama ‘Fante. Un legado de escritura, alcohol y supervivencia’ y trae cuatrocientas páginas y un buen puñado de fotos.

Hay que decirlo: Dan Fante no es John Fante. Eso lo reconoce incluso él mismo. El Fantecito tiene soltura enhebrando frases y agudeza para el diálogo, pero le falta prácticamente todo lo demás. Se trata de algo buscado: él quiere escribir así. Pero no se hace gran literatura con una mera sucesión de descripciones y escenas. A diferencia de su padre, carece de capacidad metafórica alguna, es alérgico a la lírica que tan hermosamente deslizaba John entre suspiro y suspiro y construye los personajes de mala manera. Su rollo tiene más que ver con Bukowski que con otra cosa, solo que Dan se limita a calcar los pasajes en los que Bu contaba la mala vida, pero a diferencia de Bu es más psicológico que social y no profundiza gran cosa. Debajo de la suciedad que Bukowski utilizaba para barnizar sus palabras había una sutil excusa para despojar de adornos la sociedad, mostrándola puta y perra como ella sola, retratar sin flores a unos hombres y mujeres abandonados y solos y, en una palabra, hacer literatura. El pequeño Fante, en este sentido, no termina nunca de dar el paso, es decir, de lanzarse al abismo.

Debe de ser difícil ser hijo de John Fante. Daniel lo deja claro desde el principio. El John era un borrachuzo pejiguero con muy mala hostia, frustrado por su mala sombra literaria, un tipo que se despreciaba a sí mismo por haber aceptado un empleo de guionista en Hollywood bien pagado pero creativamente vacío y que arrastraba complejos traumas infantiles, un hombre extraño aplastado por sus propios delirios de grandeza que no siempre tenía una sonrisa para su mujer y sus hijos.

Ahí vamos viendo un poco cómo era el viejo: por lo visto le gustaba pulirse la paga jugando a los dados y al póquer, adoraba a los perros y tenía mal ojo para los coches. Le gustaban las mujeres y durante sus primeros años de matrimonio nunca tenía suficientes. También vemos un poco su proceso creativo: Fante le daba vueltas y vueltas a la historia hasta tenerla completa en la cabeza, palabra a palabra; entonces se sentaba ante la máquina de escribir cargado de café y cigarrillos y escribía en estado nicocafeínico durante un par de semanas hasta tenerlo todo a máquina y en papel. Luego la mandaba a las editoriales y recibía rechazos. Nos enteramos que a John Fante los editores modernos le rechazaban porque le consideraban un viejo pufo acabado de la época del New Deal.

Dan Fante entremezcla las dos biografías, la paterna y la suya, dejando un poco de lado las relaciones con la madre y el resto de hermanos. Aquí hay dos protagonistas, parece decir Daniel: mi padre y yo. Dan disecciona su relación de amor/odio. Mitifica y desmitifica. Parece sincero en sus arrebatos de ternura cuando el hombre que lo engendró, devorado por la diabetes, empieza a consumirse poco a poco en el fuego del olvido.

La parte del hijo es puro realismo sucio, claro está. Fante hijo recién los dieciocho lo manda todo a la mierda y se marcha a Nueva York. Y: trabajos de poca monta. Y: borracheras, cocaína. Y: sexo. Y: experiencias homosexuales. Y: suicidios frustados. Y: violencia. Y: espirales de fortuna y desgracia, épocas de pasta y épocas de ratas y pensiones baratas… Dan Fante fue alcohólico y consiguió rehabilitarse. Eso inunda todo el libro. Hay mucha retórica de ex bebedor que ha salido del pozo: cierto rollo de iluminado en plan hermanos yo vi la luz, y un juicio ambiguo sobre la propia vida; cierto orgullo encubierto y al mismo tiempo oscuros complejos de culpa. Tanta redención mal enfocada puede llegar a ser mosqueante, sobre todo mezclada con el arrebato religioso final.

Padres e hijos, decíamos. La grandeza del libro está en lo que Dan Fante no cuenta. Que ser padre es una putada y que ser hijo es una putada también, y que al final todos intentamos hacer las cosas lo mejor que podemos aunque casi nunca lo conseguimos. Lo mejor de ‘Fante. Un legado de…’ es, mitomanía aparte, la comprensión que acabarán sintiendo esos dos hombres, padre e hijo, John y Dan, que en un momento dado se mirarán a los ojos y se lo perdonarán todo, porque la vida es así, y al final lo único que queda es el polvo.

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2 respuestas a Padres e hijos

  1. lavozaguda dijo:

    Me gusta cuando tienes tiempo libre y, entre cervezas y cigarrillos (así me lo imagino), esribes…

  2. Me has calado. Aunque hoy más que nada voy puesto de paracetamol.
    Un saludo!

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