Hammurabi reloaded

Si un esclavo de un particular ha golpeado la mejilla del hijo de un señor, se le amputará la oreja. Si un hombre libre ha golpeado a otro hombre libre en una riña y le ha causado una herida, ese hombre libre jurará: No lo golpeé deliberadamente, y pagará también al médico. Si ha muerto a causa de los golpes recibidos jurará (como antes) y si se trata de un hijo de un señor, pesará media mina de plata.
(Código de Hammurabi; Mesopotamia, hacia el 1800 a.C.)

Todos los cuerpos legislativos conocidos por la humanidad insisten en una verdad básica: al pobre no se le debe permitir delinquir. Al pobre, verdad, hay que putearlo todo lo que se pueda y matarlo de hambre lo justo para que no la diñe y pueda seguir trabajando. Pisarle el pescuezo con soltura y delicadeza. Un arte. Al pobre, lo leemos en las páginas de Las Mil y una Noches, hay que cortarle la mano si se le ocurre robar una barra de pan. La misión del castigo es ejemplarizar: mejor tener un país de mancos que una horda de hambrientos acechando con mala hostia el palacio del sultán. Al pobre no hay que dejarlo pensar siquiera que tiene derecho a no pasar frío. En resumen: hay que agilipollarlo y darle de palos para que permanezca en su sitio y tranquilo. Y si se pone farruco: hocico roto, policía, celdas y ley, todo en nombre del orden social.

El orden social es armonía clasista sustentada en LA LEY. El pobre tiene que seguir siendo pobre. El rico tiene que seguir pelándosela a la sombra y engendrando vástagos hemofílicos. El muerto de hambre, desde la noche de los tiempos, no tiene derecho a exigir. Un pobre que roba está cuestionando las bases de todo el sistema social y debe ser reprimido rápidamente y de forma ejemplarizante para que a sus colegas no se les ocurra pensar si quiera por una mijita que tienen derecho a algo más que comer barro y cascarla en silencio, de viejos y de puro cansancio, de huesos rotos y pena, constituciones, discursos gastados y latigazos y olvido.

Al otro lado de la red la cosa es distinta. Basta con abrir el periódico cualquier día. El mangoneo de la bolsa, las acciones infladas, la pasta que desaparece de ayuntamientos, direcciones generales, ministerios y consejerías, las contratas chungas, las concesiones amañadas y el robo fino entre maletines, corbatas y apretones de manos, todo eso forma parte del sistema: es el sistema. Es la casta y nunca ha supuesto un problema. Hablamos de unos pocos elegidos. La ley no funciona para ellos de la misma manera que lo hace para el resto. Un rico que delinque no es una amenaza para el tejido social. Los ricos, al fin y al cabo son cuatro gatos. Y hay una diferencia básica: al rico le interesa perpetuar el estatus quo. Un muchacho de buena familia cogido en falta retocando balances y abriendo cuentas falsas en Suiza no es un revolucionario, es un capullín ambicioso al que hay que tirarle un poquito de las orejas. Un manojo de zarrapastrosos que miran con ojos aviesos un Mercadona son un conato de estallido social: hay que coserlos a hostias para impedir que al siguiente mierdecilla que pase calle abajo se le ocurra unirse a la fiesta.

Que un tío como Sánchez Gordillo empiece a plantear cosas como el robo organizado de grandes superficies amparándose en el derecho de los desgraciados a pillar algo que llevarse a la boca y monte un acto propagandístico para las cámaras con cuatro más y declare abiertamente que el siguiente paso son los bancos, es gasolina para el país. Que la marabunta posterior incluya a dos ministros pidiendo castigos ejemplarizantes para el barbas y los amiguetes es arrimar la cerilla. Que un acto mitad demagogia mitad esperpento, con su poquito de anhelo legítimo de justicia social, levante semejante polvareda en mitad de agosto implica por lo menos dos cosas: que el país panderetea pero bien y que las alarmas están encendidas.

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