Tres cosas que aprendimos de la crisis


1. Vives en una sociedad clasista:
Aunque no te lo creas o se te haya olvidado, aunque tengas un BMW comprado a plazos o un chalet en la costa que te va consumiendo a fuerza de letras que no puedes pagar, recuérdalo la próxima vez que el editorial del periódico te escandalice: ellos están arriba y tú estás abajo. Y nunca llegarás a su altura, porque todo el sistema, desde el último Real Decreto hasta el recorrido de los autobuses obedece a un diseño inteligente: impedir que el pobre ascienda en la escala social. Tus derechos existen hasta el día en que entran en contradicción con sus privilegios. Es una guerra sucia y más vieja que el mundo. Una de las consecuencias más obvias de la crisis económica es el incremento de la desigualdad social. Los ricos son más ricos, los demás los vemos alejarse, como esa gente que agita pañuelos en el muelle viendo zarpar el crucero que transporta a los afortunados a la tierra prometida. Quienes tienen poder de decisión pertenecen a la casta. Tú, no.

2. No les das ningún miedo: Aquí nadie ha refundado el capitalismo, aquí nadie ha abierto un debate para enderezar el rumbo de la sociedad hacia un sistema más justo, aquí nadie ha asumido la culpa de nada. Desde que los chicos de Lehman Brothers desataron a la Bestia nadie se ha tomado ni siquiera la molestia de balbucir una puta y mala excusa. Les da igual. No te tienen fe, no te tienen susto, no les acojonas ni esta mijita. Se cargan tus derechos sin ningún tipo de sutileza, anuncian recortes económicos mil millonarios a través de notas de prensa, se reúnen en las sala de congresos de un hotel de cinco estrellas a costa tuya, viajan en clase bussiness a costa tuya, reparten dividendos a base de estafarte y robarte y joderte, dictan las normas, firman las ejecuciones. Sonríen para la foto. Son conscientes de que tus soplidos no les despeinarán. Tienen de su lado el poder y el dinero. La pasta y la policía. ¿Qué tienes tú?

3. No habrá ninguna revolución: Una revolución es esto: la imposición de la voluntad a través de la violencia en el contexto de una sociedad de clases, en vertical, desde abajo hacia arriba. Una revolución es: arrebatar el poder de las manos muertas de aquellos que lo detentaron hasta antes de ayer y construir un sistema nuevo a partir de consignas, axiomas e ideología. Una revolución es una guerra. Una guerra implica una igualdad de fuerzas. Eso no existe. No habrá ninguna guerra, ninguna revolución. Eso es bueno hasta cierto punto: a nadie le gusta vivir en Siria. Eso es malo hasta cierto punto: significa que vivirás hasta el final de tus días en una sociedad esencialmente igual a ésta en la que vives ahora. Puedes aspirar a mejorarla: puedes educarte, informarte, trabajar o, simplemente, sonreírle cada mañana a todo aquel que te cruces por la calle. Eso ayuda. Pero olvídate de las grandes batallas que los viejos contaban alrededor de la lumbre. El dilema es este: puedes ser un idealista y quemarte poco a poco hasta consumirte en la impotencia o puedes ser un pragmático y volverte un cínico individualista hasta que un día descubras que te da vergüenza mirarte al espejo. Estamos listos. La guerra ya fue, y la perdimos.

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