Grandes obras de la literatura universal en un cuarto de hora: La Metamorfosis

El autor: Franz Kafka
Franz Kafka era un judío de Praga muy repeinado y con los ojos muy serios, que escribió tres libros con los que cambió para siempre la literatura occidental y le pegó fuego y después un tiro de gracia a los novelones del XIX. El siglo XX empezó con Franz K. Que nació en 1883 y murió en 1924, enfermizo y muy triste, y se ahorró el campo de concentración donde murieron sus tres hermanas y quizá también aquella chica delgada del flequillo de la que se pasó enamorado media vida casi sin risas ni besos. Mi pobre Franz tenía un amigo que se llamaba Max Brod. Y Franz le dio a Max sus obras a medio hacer y le dijo en su testamento: quémalo todo. Pero Max no quiso obedecer las palabras muertas de Franz y lo publicó todo. La Metamorfosis fue la única de sus grandes obras que Kafka publicó en vida, en alemán y entre brumas.

La historia
La Metamorfosis es la historia de un hombre que se levanta una mañana y descubre que se ha convertido en un insecto gigante. El hombre se llama Gregor Samsa y la cosa empieza así: Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo…

A Gregor, según abre los ojos y se tienta caparazón patas y antenas lo que le preocupa primero es que va a llegar tarde al curro. Eso define la obra. A Gregorio ser bicho no le preocupa. Lo que le jode es tener que hacerse camisas nuevas.

Samsa, claro está, no irá al trabajo. Samsa no saldrá apenas de la habitación y jamás pisará la calle. Mi Gregor, que vive con sus padres y su hermana pequeña y los quiere y los mantiene con su trabajo de burócrata alegre, se irá poco a poco muriendo despacio, a medida que toma conciencia de su nueva naturaleza, de su imposibilidad para comunicarse, de su aspecto repugnante y de toda su pena.

Gregor piensa. Gregor sigue siendo humano, he aquí la tragedia. Gregor no puede abrir la ventana. Gregor no puede hablar. Gregor se come las sobras que su hermana le deja a la puerta. Franz trata a Gregor con compasión. Nos lo enseña con detalle, nos lo va fotografiando con tiento y palabras que asfixian. Franz abre el plano y nos dice: mirad, esto es un hombre llorando.

Hay una escena. Gregor sale de la habitación, recién transmutado, para comunicar a su familia la nueva y buscar una solución entre todos. Gregor se arrastra, sin miedo, porque sabe que sigue siendo Gregor, porque sabe que no hay motivos para que su familia lo rechace por la mañana si por la noche cenaron con bromas y risas. Gregor intenta sonreír desde dentro de su exoesqueleto y dice: padre. Pero de su boca solo sale un gruñido. Y Gregor repite: padre. Y entonces contempla con un horror que no acaba nunca las caras descompuestas, el odio, las muecas de asco. Y entonces mira a su padre. Y el padre pega al hijo y el hijo se deja pegar. Y el padre quiere matar al hijo y el hijo quiere dejarse matar. Gregor regresa a su habitación. Ha comprendido. Hay pocas escenas tan crueles como ésta que Franz nos escribió mirando quién sabe qué cosas por la ventana, pensando quién sabe qué cosas por la ventana.

Y aunque Gregor tendrá tiempo todavía para contemplar la decadencia de su familia -sin los ingresos del trabajo del hijo, la madre tendrá que buscarse un currelo, la hermana tendrá que dejar de acudir a clases de violín (y a Gregor nada le dolerá más que esto, nada, nada, nada le dolerá nunca tanto) y el padre convertirá la casa en una pensión para hombres maleducados y grises- ya está muerto cuando regresa llorando después de los golpes y se esconde debajo de la cama como los niños cuando están aterrorizados.

Así que ahí tenemos a nuestro bicho de buen corazón, a nuestro hombre perdido, encerrado para siempre entre cuatro paredes y alejado de un mundo que ya no le acepta. Gregor piensa, conjetura, adivina. ¿Quién ha cambiado: Gregor Samsa o el mundo? Gregor Samsa sigue siendo Gregor Samsa aunque tenga seis patas de más. Lo que ha cambiado son los ojos del padre. O sea, todo.

Ya no habrá nunca más amor para Gregor Samsa. Solo la soledad y la culpa y la pena. Y de esas tres cosas se muere uno con un poco de suerte.

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