La democracia, informe forense

Hay una escena tremenda en esa serie tremenda que se llama The Wire. Dos maderos de Baltimore le dan vueltas a la escena de un crimen cometido tiempo atrás. Ya no hay sangre ni trazas genéticas, pero da igual, porque lo que andan buscando son agujeros y trayectorias de bala. Los dos hombres realizan su trabajo sin prisas, concentrados. Solo una palabra sale una y otra vez de sus bocas: fuck. Algo así como su puta madre, con las correspondientes variaciones exclamativas en función de la importancia del descubrimiento. La escena está rodada con inteligencia y sencillez, y se apoya en una coreografía perfecta de miradas y movimientos. El detective Bunk Moreland y el detective James McNulty han pasado juntos el tiempo suficiente como para entenderse a base de ojos, y conocen el oficio tanto como para saber que la cuestión siempre se reduce a dos preguntas: ¿quién disparó? ¿y desde dónde?

Ahora fíjate en Rajoy con traje de enterrador subido en la tribuna del Congreso. Escucha lo que dice. Ese soliloquio en abierto de culpa jamás asumida, esa oratoria de hombre que intenta darse la vuelta a sí mismo como un calcetín y seguir caminando como si nada pasara, sacudiéndose con desgana la caspa del hombro. Esos anuncios: subida del IVA, suspensión de las pagas de navidad, recortes en las prestaciones por desempleo, todo lo que lleva apuntado en sus notas, con la voz que le tiembla.

Después de eso podemos decir que el país está muerto y que no va a resucitar la semana que viene. De Guindos puede irse tranquilo de vacaciones, en realidad todo el Gobierno puede hacerlo, porque sus competencias han sido transferidas a la Unión Europea. Ya tenemos escena del crimen. Ahora apliquemos la doctrina Moreland-McNulty.

La crisis comenzó oficialmente en 2008, una tarde cualquiera en la que Lehman Brothers saltó por los aires. Las subprimes, el contagio, los activos chungos, los bancos con fiebre y los Estados metiendo dinero como si no hubiera mañana. Luego ya vino la crisis de deuda, las cenizas del Sarko y la Merkel, Grecia, Irlanda, los bonos basura, la prima de riesgo y el apocalipsis pasado mañana.

¿Y antes, qué hubo? La falsa bonanza económica de los años 90, con sus castillos y sus chaleses construidos sobre barro y arena. ¿Y antes, qué hubo? El Reagan, la Tatcher, y la desregulación absoluta cuando la izquierda hincó la rodilla y se sentaron las bases de un sistema basado en un principio que hasta un estudiante del CEU podría comprender: yo tengo y mis amigos también, el resto que coma mierda.

Eran hombres megalómanos, hombres sin escrúpulos que tuvieron un sueño: desmantelar el Estado y sustituirlo por grandes corporaciones con una tarifa de precios y un letrero de se reserva el derecho de admisión pegado en la puerta. Eran hombres de la casta que trabajaban para y desde la casta. Derribaron legislaciones proteccionistas, con tiempo y paciencia, levantaron alambradas en torno al dinero, prosperaron, promovieron un reparto perverso de la riqueza; con paciencia, porque estas cosas no se hacen de un día para otro, con discursos brillantes y buenos propagandistas y una hoja de ruta inflexible.

Por supuesto, no hablamos de conspiraciones oscuras ni clubes secretos de millonarios. Todo clarito y a la luz del lorenzo. Elección tras elección. Aprovechando la coyuntura: bajadas de bolsa, atentados terroristas, inseguridad ciudadana, burbujas inmobiliarias. Basta con aprovechar cualquier resquicio para recortar un derecho ciudadano por aquí y aumentar unos pocos privilegios por allá. Amordazar un poquito al poder civil y aflojarle la cadena a las multis. Es arte. Es la esencia de la magia: distraer la atención con sonrisas y sombras para que los ojos no miren hacia la mano que oculta la moneda y entrampa las cartas.

Treinta años después ya estamos en Disneylandia. Las farmacéuticas dictan la política sanitaria, las empresas armamentísticas dictan la política de defensa, las energéticas malmeten con la política exterior. Y los grandes bancos deciden la política económica en gabinetes de crisis en los que el presidente del gobierno de turno lleva una bandejita de plata con el café y con las pastas.

Uno tiene a pensar que quieren cargarse el estado de bienestar. Pero uno se vuelve McNulty y analiza la trayectoria de la bala. ¿Quién disparó? ¿Y desde dónde?

En resumen: ¿quién es el muerto?

Ahora llega el momento del mago. Los ojos siempre son más rápidos que las manos, por eso todo consiste en desviar las miradas. Ahora vuelve a Rajoy vestido de enterrador en la tribuna del Congreso, vuelve a Zapatero en el mismo lugar en mayo de 2010, vuelve al apretón de manos Merkel-Sarkozy una mañana lluviosa en Paris, vuelve a las gráficas de la bolsa, vuelve a Monti y a Berlusconi, a Obama sonriendo a su pesar, vuelve a Reagan, a Thatcher, vuelve al 11-S, a Bush, a Osama, a Saddam, a Gadafi, vuelve a Afganistán, al control en el aeropuerto, vuelve a Panamá, vuelve a Syriza, a los campamentos gitanos de Francia, a la yihad, vuelve a Berlín en el 89 y a Moscú en el 91, vuelve a Sylicon Valley, a JP Morgan, a Goldman Sachs y las cuentas ocultas en bancos suizos.

El muerto es la democracia.

La democracia, que es, sobre todo, formalismo, se queda en cáscara vacía cuando se abandonan, o se renuncia, a las formas. Una cáscara vacía y muerta, que ya empieza a oler, comida de esos gusanos blandos que les salen por la boca a los muertos.

El viejo ideal democrático, asentado en un pequeño manojo de países después de la II Guerra Mundial, se fue extendiendo poco a poco al resto del mundo envuelto en un halo de libertad. Y pegó el petardazo con la caída del Muro. Pero luego empezamos a ver que olía, que lo de la libertad era un concepto muy relativo, y que los adjetivos y los eufemismos comenzaban a llenar discursos vacíos. Así, una elecciones dejaban automáticamente de ser democráticas si las ganaba Hamás, o Hugo Chávez, pero todos le reíamos las gracias a Putin, al tiempo que enviábamos papeletas electorales a Irak después de la horca y las bombas. Pero divago.

En algún momento alguien comprendió que la democracia no es sino un medio de imponer límites al poder, mediante una serie de garantías que se resumen en una: si los que te gobiernan son irremediablemente malvados o estúpidos los podrás largar dentro de cuatro años. Y luego entendieron que corrompiéndolo todo los límites se vendrían abajo y entonces ya habría chanchulleos para cien vidas y cielo de sobra para volar. Y unas cuantas generaciones de políticos ineptos después, de promesas electorales prostituidas, poderes judiciales comprados y sobados y asfixiados, y ciudadanos sin voz y sin eco, ya tenemos la democracia tiroteada y lista para el velorio, incluso aquí, en el reducto occidental donde el paripé de las papeletas ya es eso, un paripé, y todo nos la trae ya floja pero bien porque mañana será otro día y además sube el tabaco. Ya no hay controles. Ya es la jungla. Ya estamos jodidos.

Si algo nos enseñó Virgil Solozzo antes de que Michael Corleone le pegara dos tiros es que hay que matar a quien te estorba. Y si algo aprendimos viendo The Wire es que siempre hay alguien que saca un porcentaje de la desgracia y la muerte de otros. Y ese suele ser el que aprieta el gatillo.

Su puta madre.

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