El viaje de los viajes. Desenlace

Bukowski narraba en un poema su primer encuentro con Céline. El hombre había conseguido el Viaje y al parecer se pasó toda la noche en vela leyendo, bebiendo vino y comiendo galletas. Tan absorto estaba que ni siquiera advirtió que se hizo de día. Cuando su mujer de entonces apareció en la habitación lo encontró riendo a carcajadas, tan excitado y como ido que a la pobre no le quedó más remedio que preguntar qué huevos pasaba. Bukowski le dijo que acababa de leer al mejor escritor del mundo. La mujer replicó: creía que tú eras el mejor escritor del mundo. La respuesta fue antológica: ahora soy el segundo, nena.

(Años más tarde, Bukowski convirtió a Céline en protagonista de su última novela, Pulp, una parodia de las novelas policiales estilo Chandler/Hammet en la que un detective fracasado y borracho tiene que encontrar al franchute chalado por encargo de la Señora Muerte, tremenda señora, debido a que, de alguna manera, el tipo se las ha apañado para escapar del frío final de la noche. No es casual que a las puertas de la muerte -leucemia, unos meses después- Bukowski recurriera a Céline como metáfora del último muerto. En la novela, Céline visita las librerías de Los Angeles buscando primeras ediciones de Faulkner y poniendo pingando a Thomas Mann. ¿Sabes cual es el problema de este tipo?, dirá Destouches en un momento dado ojeando un ejemplar de La Montaña mágica: considera que el aburrimiento es un arte).

Céline no inventa el viaje como tránsito que va de la mañana a la noche y de la vida a la muerte, pero le otorga un sentido oscuro y complejo, a base de palabras y atmósfera, que nadie había logrado hasta entonces. Así, el medicucho le mea por cien sitios a Kerouac y a toda la panda que vino después, es un poner, porque a diferencia de Jack K., con perdón, mi gabachito jamás pretendió salir guapo en la foto.

Bien lavadas y puestas al sol, el Viaje contiene trazas de Crimen y Castigo y de la Odisea. Bien estirazaditas entre adjetivos y párrafos brutales, se adivinan influencias sonoras de Joyce y de Rabelais. Céline quiso partir la literatura francesa en cuatro, al estilo Proust pero con más mala hostia, y lo consiguió a base de mutilar la sintaxis y acercar el lenguaje a los arrabales.

Ese hombre tan repeinado fue uno de los escritores más grandes del siglo XX. Sin pedestales ni nombre en las avenidas el tío consiguió alzar la voz por encima de la selva lo suficiente como para estallar en un último grito de asco y de miedo que consiguió callar, siquiera por un ratito, el ruido que le zumbaba en la oreja y, de paso, quebró el tiempo y lo detuvo para siempre y para nosotros, encerrado entre adverbios y comas.

El Viaje, no puede ser de otra forma, termina en silencio. Después de seiscientas páginas de discusiones, jaleos, diálogos febriles y monólogos enfurecidos, amanece a la orilla del Sena: todo se ha dicho  ya, todo se ha hablado, todo se va terminando. El Viaje es un hombre diciéndolo todo. Explotando. Derramándose. Una vez que el último eco se ha extinguido, no queda ya nada que hacer. Si acaso volver a casa, pasear por el jardín y esperar sin angustia, callado como los muertos.

El viaje de los viajes. Planteamiento
El viaje de los viajes. Nudo
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