Los viajes y yo

Phileas Fogg le dio la vuelta al mundo en 80 días, en barco, en elefante y en más cosas, allí por el siglo XIX, doblando las páginas de Julio Verne; en realidad fueron 79, porque el buen caballero arrebató un día al calendario a fuerza de viajar permanentemente hacia el este, morada del sol y puzzle de husos horarios. Yo, más modesto, ciño mis viajes a esta España nuestra y ni siquiera me dedico a dar vueltas. Lo mío es la línea recta que atraviesa el país como una cicatriz desde el sur hasta el norte. Desde Jaén a Madrid en tren. Y desde Madrid hacia arriba buscando esquinas y centros en autobuses sin teles y en supras con cacahuetes. Os puedo contar un poco.

Lo primero, contextualizar: aunque es verdad que en mi pueblo vivimos a 840 metros por encima del mar y que Santander está la vera del agua, siempre me regí por la perspectiva en dos dimensiones del mapa: cuando uno va hacia el norte, sube; cuando uno viene hacia el sur, baja.

Mis viajes mezclan sentimiento y obligación, currele y visitas. Y siempre, siempre fui muy de autobuses. El tren, mucho más cómodo, me resulta frío y distante. Puede que sea por la ausencia de curvas, o porque cuando uno viaja en tren atraviesa lugares aislados carentes de todo contacto humano, mientras que en el autobús, autovía o comarcal arriba y abajo, uno se cruza con otras personas que viajan en la misma dirección, cada uno en su coche, yendo y viniendo, y los frenazos bruscos, los acelerones y los atascos le dan vidilla al asunto.

Otra punto a favor del autobús radica en la sordidez de las estaciones. Todos hemos oído hablar de la decadencia orgullosa de Lisboa, pero la verdadera decadencia, la que se abalanza sobre ti para morderte la yugular, se encuentra en las estaciones de bus españolas. Id a daros una vuelta por Avenida de América y, si queréis experiencias límites y habéis desayunado en condiciones, probad a empezar viaje en Méndez Álvaro. Hay seres en este mundo que solo se encuentran en las dos grandes estaciones autobuseras de Madrid. Y si alguna vez os preguntáis por qué España es un país en el que nadie parece tomarse las cosas en serio, deteneos en la estación de Burgos, uno de los mayores monumentos erigidos a la insensatez humana. Pero si lo vuestro es el hard tendréis que descender al inframundo de las estaciones de autobús, que se encuentra en Torrelavega, con sus dársenas satánicas y sus baños arrancados del hotelito chungo de El Resplandor. Yo en Torrelavega, después de viajes de catorce horas, he visto a Jack Nicholson meando a mi lado, y no es coña. Las estaciones de Renfe, tan limpias y tan pobladas de gente normal, sencillamente, no pueden competir.

Por supuesto, ningún viaje es viaje si en algún momento del mismo no tienes que descender al Hades del metro de Madrid con un par de maletones y en hora punta. El metro de la capital está hecho para ir al trabajo y bajar al centro. Los medievales tornos de acceso (he visto Cristos en pasos de Semana Santa con mejor aspecto que yo atravesando los tornos con dos maletas a cuestas) y la vieja tradición madrileña que establece que, al menos, debe de hacer una escalera mecánica rota en cada estación, consiguen hacerte pasar momentos épicos que podrás contar con orgullo a tus nietos.

Pasaremos por alto el tema de las películas del autobús. Solo diré, y tengo un testigo, que en un viaje Madrid-Santander ida y vuelta, los cinéfilos conductores nos obsequiaron con un programa doble inolvidable. A la ida: Deja vú y El orfanato. A la vuelta: El orfanato y Deja vú. Indudablemente, otro punto para los autobuses. ¿Veis como el tren no puede competir?

Tocante a los aviones, prefiero no decir nada. Soy contrario a ellos en todas sus manifestaciones. Toneladas de metal surcando los aires como si nada, ¿necesitáis más pruebas de que el diablo existe? Mis viajes en avión no son divertidos: suelen incluir brutales conversiones a la fe de Cristo: en cuanto oigo el brummm del motor empiezo a persignarme y soltar padrenuestros como un loco. Hay gente que lo ha sufrido. Mi única experiencia voladora agradable tuvo lugar en un trayecto de Palma a Madrid. Incluyó cinco horas en el coqueto aeropuerto de la isla, tan pequeño que solo tenía tres bares que llegué a conocer con exactitud científica. Todavía me escribo con los camareros, no digo más.

Ahora sitúate en ese sudoroso autobús que te lleva a una ciudad que no conoces. Esa sensación, medio de angustia, medio de expectación, con su poquito de deseo y de esperanza, no me diréis que no es una maravilla. Atraviesas carreteras muy lejos de donde se guarda tu sangre y pueblos que nadie en tu árbol genealógico ha visto antes que tú. Recuerdo una vez de camino a Ribadesella. El autobús hizo parada de rigor en la estación semiabandonada de un pueblo castellano. No me preguntéis el nombre. Ni puta idea de la provincia. El conductor avisó por el micrófono ese chungo que llevan: parada de media hora. Te bajas. Y lo primero te fumas un cigarro por lo del ansia. Y luego te vas a mear. Y cuando vuelves de mear el autobús no está. Ojo al reloj: han pasado diez minutos. Miras a tu alrededor. Ni una sola cara conocida. Ningún rostro que hayas visto durante el trayecto de tres horas desde Madrid hasta aquí. Y te empiezas a preguntar si este pueblo será un buen lugar para empezar una nueva vida, ya que al parecer tendrás que quedarte aquí para siempre. Y qué dirá tu madre cuando llames para decirle que Alsa te ha condenado a vivir en un sitio con cigüeñas y sin olivas. Y divagas: me buscaré un trabajo de cualquier cosa, seguramente en un bar, porque en todos los sitios hay bares, y primero dormiré en una pensión, pero con lo que me vayan pagando alquilaré una habitación y después una casa, y algún día el viejo morirá y dejará el establecimiento a mi cargo, mantendré su nombre en el cartel por respeto, porque yo le quería y fue como un padre para mí desde aquel año en que aquel bendito autobús me dejó varado a su puerta, conoceré a una chica guapa que vendrá a tomar café por las mañanas, una chica que trabaja en Diputación y al principio no me entenderá muy bien, por aquello del acento, pero poco a poco el acento también se irá diluyendo y un día nos casaremos y tendremos dos hijos, un niño y una niña, que crecerán lejos de los olivares sin sospechar de donde procede su sangre. Estaba discutiendo el nombre de los chicos con mi esposa imaginaria cuando volvió el autobús, que al parecer había ido a repostar a la vuelta de la esquina.

Podría seguir, pero tengo las maletas en la puerta y en un par de horas me marcho otra vez. Me voy al mar por el camino más largo, el que va de Jaén al Cantábrico. Se ve que soy raro, porque me encanta.

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