Roland Garros 2012: París era una fiesta

París era una fiesta en los años felices de las entreguerras, cuando Hemingway y Henry Miller pululaban por las plazuelas y las terrazas de los cafés y en los barrios altos Jeanne Heubeterne se arrojaba al vacío incapaz de afrontar las cenizas del amor sin Modigliani; Ezra Pound aullaba entre esquinas y charcos y Scott Fitgerald paseaba borracho del brazo de Zelda; París con sus mesas de café y sus burdeles, su torre Eiffel y aquellos bulevares macabros por los que se criaba Céline fue la capital del mundo y del arte, Picasso, Gertrude Stein, César Vallejo muriendo de hambre en un desván contemplando la lluvia en aquella época en la que nadie era nada si no firmaba los poemas con un París, 1927; corazón de Europa, ciudad de la luz, Paris sigue siendo, dos semanas al año, cabeza y corazón de los mundos del tenis cuando en el Bosque de Bolonia se disputan los Internacionales de Francia, Roland Garros, cumbre de la tierra batida; junto con Wimbledon, la corona más deseada.

En aquel París loco de los literatos chachis y los pinceleros chungos había que tragar mucho Montparnasse y mucho Barrio Latino y mucha buhardilla para hacerse un nombre. En Roland Garros hay que tragar mucho polvo, porque el viento que se mete por la Phillipe Chatrier, la enorme pista central, levanta nubecillas de arena que aturden los ojos. El tenis en el Bois de Boulogne es zona de guerra: aquí no se viene a pintar primorosos reveses, sino a correr y a lanzar hachazos. Hemingway asiente viendo jugar a Nadal: el adjetivo es superfluo, el verbo es el rey.

Que se lo digan al más artista de los artistas, ese Roger Federer que va cumpliendo años y que lo ha ganado todo a fuerza de hermosura y muñeca de seda. Federer se hundió desbordado por la pasión ganadora de Novak Djokovic, que contestó con raquetazos furiosos cada una de las sutilezas de Roger, que terminó desesperado y fallando más de la cuenta con su revés tan impresionista. Sucio y cruel negocio del arte, que pide sangre joven continuamente y no perdona la indolencia a los dioses.

Nole en su buhardilla afila el pincel y el cuchillo. Nole está hambriento. Quiere Roland Garros para mirar de frente a la gloria de conquistar los cuatro trofeos mayores del tenis. Ya tiene tres. Nole es el príncipe serbio que observa el trono con ojos aviesos.

Pero el trono tiene un rey que desata tormentas cuando pisa Paris. El verbo. Rafael Nadal siempre tiene la palabra precisa y como James Joyce, va puliendo su obra maestra año a año entre las callejuelas y recovecos de esta ciudad llena de puentes y espíritus prisioneros. Roland Garros es el Ulises de Rafa Nadal. Cada vez que salta a la pista, Nadal perfila un monólogo que lleva perfeccionando seis años ya. Ahí está otra vez, domingo en Paris, final de Roland Garros, sin ceder un set y con una única rotura de servicio en contra en todo el torneo. Esperando al príncipe que viene mirando con rabia cada azulejo del inmenso palacio.

Djokovic quiere la Gloria. Nadal quiere la Historia. Así que será una batalla. Nadal llega más descansado y últimamente ha encontrado la tuerca que afloja el mecanismo de precisión del número uno serbio. Djokovic tendrá que recuperar ese resto profundo y rocoso como un párrafo de Faulkner con el que desarma el saque del rival y arrebata almas e iniciativas de juego. Y tendrá que correr y pegar y amarrar a la bestia que blasfema y se autocompadece cuando los partidos se tuercen. Y sufrir como nunca.

Djokovic es una flota de guerra. Pero Nadal es el océano. Por eso ha ganado seis veces en París el torneo de tenis más duro que existe. Al sol y a cinco sets, las horas pasan y los músculos se atornillan al hueso. Aquí no valen los adjetivos, aquí no hay lírica ni retórica. Aquí se pelea con las manos desnudas y nadie pinta jardines impresionistas. Roland Garros es expresionismo puro. Y el eco de la Phillip Chatrier multiplica rugidos y gritos.

Y entre esos ecos animales se jugará mañana la gloria y la historia. Habrá detalles, pelotas caprichosas bailando sobre la cinta de la red, y será tenis y también ajedrez y un poco boxeo. Y uno ganará y otro tendrá que perder, porque también se muere el mar, como escribió con voz de elegía García Lorca en unos años en los que París empezaba a ser una resaca. También a veces pierde Nadal. Pero contener el aliento salvaje de la naturaleza con las manos desnudas tiene un precio. Y no todos pueden pagarlo. Habrá que ver qué trucos inventa Djokovic para no caer bajo el empuje de la tormenta. Dependerá del saque de Nadal, de las piernas de cada uno y de quién arrebate el primer set a quién.

Uno tiende a pensar que será un partido tremendo. Que París será fiesta y batalla. Y que ganará Nadal.

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