Escritores

Una vez soñé que estaba en una librería con Franz Kafka. Era como en las fotos: pequeño, con los ojos muy negros y el pelo engominado peinado hacia atrás a partir de una raya perfecta. Yo miraba los libros de Franz y Franz Kafka se sonrojaba. Este no es gran cosa, no merece la pena, me decía abriendo al azar una página de América; no lo compres, no se te ocurra, me harás sentir mal, ni siquiera sé cómo ha llegado hasta aquí, deberían haberlo quemado… Tampoco me gusta este, murmuraba señalando El Proceso, como teniéndose pena. Pero si es un gran libro que definió toda la literatura posterior, le contestaba yo a Kafka. Y él negaba con la cabeza. En realidad, me explicaba, lo que yo quería era escribir como Dostoievski… Franz Kafka era un hombrecillo atribulado recorriendo en silencio la estancia, pasando suavemente un dedo por el lomo de los libros.

Nunca vi a los escritores como seres ajenos. Eran hombres que habían sido de verdad y te hablaban continuamente, voces pero no fantasmas, muertos pero no desaparecidos. En la época en la que yo soñaba con Kafka y librerías deshabitadas, mi alineación literaria incluía a Bukowski, John Fante, Céline, Dostoievski, Franz K., Knut Hamsun, Boris Vian, Lorca, Cernuda, y, a ratos, César Vallejo. Aquellos hombres me sostuvieron. Sus palabras vivían y accionaban resortes ocultos dentro de mí que suavizaban las mañanas y le daban sentido a las noches.

Sigo releyéndolos a todos. Algunos, como Hamsun, Lorca o Cernuda, se me fueron cayendo poco a poco. César Vallejo se elevó y se elevó. Un año leí más de doscientos libros. Los sacaba de tres en tres de una biblioteca municipal de Madrid. Fue allí donde descubrí a Vian, y también a Curzio Malaparte, que en cierto modo fue un fogonazo de luz, y a otros a los que solo llegué a valorar con el tiempo, como William Faulkner, Juan Rulfo, Carson McCullers, Mijail Bulgakov y Joseph Conrad. También hubo desencanto: Ray Loriga y Paul Auster me sedujeron al principio, pero después se me evaporaron entre los dedos como un puñado de arena de playa. Recuerdo los cuentos completos de Hemingway, recuerdo Muerte en la tarde, la brillante ironía de Kurt Vonnegut, el monumental Mannhatan Transfer de John Dos Passos, las novelas aventureras de Baroja, la sutileza de Turgueniev, la negrura espesa de Chandler y Hammet y el cinismo turbio de Graham Greene.

Me encontré con las tragedias mayores de William Shakespeare en un viejo tomo encuadernado en rústica y sufrí una conmoción; el libro en cuestión contenía El rey Lear, Hamlet, Otelo, Macbeth, Julio CésarRomeo y Julieta. Leídas de un tirón impresionan. Es como contemplar el desierto en su totalidad hasta la última gota de polvo, como descubrir que el océano cabe en un charco de lluvia.

En un puesto de libros de segunda mano compré mi primer ejemplar de Moby Dick. Comprendí que un hombre puede hacer temblar el mundo si está lo bastante loco.  Siempre quise preguntarle a Kafka, por cierto, si había leído Bartleby el escribiente, pero siempre se me olvidó.

Pensaba en toda la panda a menudo. Bukowski era un hombre con tos que no te miraba a los ojos a menos que estuviera borracho. John Fante se sacaba cigarros del bolsillo y hablaba de mujeres y béisbol. Dostoievski fumaba en pipa y tenía un tic nervioso en la pierna. Céline era pálido e irascible y vestía ropas gastadas y siempre llevaba la camisa por fuera. Hemingway jamás se callaba. Faulkner entraba sin saludar y se sentaba en un rincón y miraba a los demás con indiferencia. Dickens era educado y cordial. A Dylan Thomas le brillaban los ojos. Cervantes contaba chistes. Balzac olía a fritanga. Boris Vian no se parecía nada a sus obras: era un joven refinado al que le sudaban las manos. Knut Hamsun era un viejo diminuto al que le temblaba la mandíbula. Melville tenía la piel oscura y curtida. Cuando mirabas a Conrad no podías evitar pensar que había algo en él que no encajaba del todo. Robert Louis Stevenson bebía sin parar y apenas probaba bocado. Malaparte siempre tenía frío. Sergei Dovlatov hacía temblar la habitación con sus carcajadas, aunque se reía muy poco. William Shakespeare parecía que estuviera hecho de humo.

Eran amigos míos, amigos míos todos. Hablábamos de las ironías de la muerte y la gloria de permanecer para siempre en piedra en las estanterías de una biblioteca de barrio. Casi nunca de literatura: había rencores y odios. Pero eran buenos chicos, eran buenos chicos… Entre ellos nunca te sentías solo.

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