Grandes obras de la literatura universal en un cuarto de hora: Romeo y Julieta

El autor: William Shakespeare
William Shakespeare nació en Strattford-upon-Avon en 1564 y murió en Strattford-upon-Avon en 1616. Tuvo una existencia tirando a normal. Se buscó la vida en Londres. Fue actor y tuvo su propia compañía de teatro y un día decidió ponerse a escribir unas cuantas obras que emparentan al ser humano con la divinidad. Cuando se cansó, volvió al pueblo y después se murió. Tuvo mujer, hijos y varias desgracias. Hay una teoría que afirma que Shakespeare no escribió sus obras. La tesis viene a ser: un comediante de baja estofa que no salió jamás de Inglaterra y no se alejó cien millas del pueblucho donde nació, pendeciero y vivalavirgen, ¿iba a escribir semejantes maravillas inmortales? Los que defienden esta teoría aseguran que Shak era un hombre de paja y barajan como verdaderos autores al conde Edward de Vere, a Sir Francis Bacon o a Cristopher Marlowe (sí, Cristopher Marlowe, a pesar del ligero inconveniente de llevar muerto unos cuantos años cuando Shak escribió sus obras mayores) Desde aquí os decimos, elitistas pijoteros y farsantes de la vida, que os vayáis a la mierda y dejéis al héroe tranquilo. Shakespeare fue el hombre. No hay más que hablar.

La historia
La cosa va de una gente en Verona. En la primera escena los criados Montescos le cantan los muertos a los criados Capuletos y se echan la mano al cinto, más por compromiso que por ganas, hasta que el príncipe irrumpe calmándolo todo. De esta manera, sencilla e inteligente, el tio Shak introduce el conflicto: dos familias tan sumamente enfrentadas que hasta los criados tienen la obligación moral de liarse a navajazos si se cruzan en la calle.

Después conocemos a Romeo. Romeo tiene quince años. Romeo piensa con la polla es sumamente sensible. Romeo es un alma trágica: en el fondo le encantan las penas, pasear por el bosque a la luz de la luna y cosas así. Romeo está enamorado de Rosa, una que vive en el pueblo. El padre de Romeo está preocupado por el muchacho, así que le pide a su sobrino Benvolio y a su amiguete Mercucio, un ricachón follarín –y extraoficialmente, el personaje más absolutamente cool de toda la literatura occidental – que le quiten la tontería a Romeo. ¿Qué te ocurre, Romeo? Mis horas son largas. ¿Y por qué tus horas son largas? Porque carezco de aquello que pudiera acortarlas. Romeo va de este palo, estas son sus conversaciones estándar…

Palacio Capuleto, interior, día. Capuleto padre quiere casar a Julieta. La muchacha tiene catorce años y se le pasa el arroz. Era otra época. Capuleto padre organiza una fiesta. Redacta una lista de invitados y se la da a un criado analfabeto para que avise en persona a los asistentes. Única condición: nada de Montescos. Pero Capuleto padre no hila fino: el baile es de máscaras. El criado analfabeto se cruza con Benvolio y Mercucio en la plaza, les pregunta si saben leer por ventura y le pueden traducir las letras en nombres. Mercucio, que es un cachondo, se autoinvita a la fiesta con intención de llevar a Romeo y presentarle chavalas.

Romeo, Benvolio y Mercucio acuden al baile. Romeo es un trágico. Romeo echa de menos a Rosa. Romeo se quiere morir. Romeo vaga cual espectro por el salón, protegiendo su identidad detrás de la máscara. Romeo ve a Julieta. Romeo se prenda. ¿Rosa? ¿Quién era Rosa? Romeo y Julieta. Se enfrentan. Se hablan. Se prendan. Hasta lo más hondo de los huesos. Romeo se quiere morir.

Exterior, noche. Romeo se cuela de estranjis en el jardín Capuleto. Julieta está en el balcón. He aquí la famosa escena. Leedla. Se juran amor eterno. Se prometen. Palabras hermosas, versos inmortales. Tú no eres mi enemigo, lo es tu nombre, tu nombre solo. Dime tan solo “amor”, dame ese nuevo bautismo y nunca volveré a ser Romeo. Hay para mí más peligros en tus ojos que en veinte espadas desnudas.

Romeo va a ver a Fray Lorenzo, su confesor. Romeo se quiere matar. Romeo se quiere morir. Fray Lore lo calma. Apacigua. Le baja el hervor de la sangre. Dile a Julieta que venga. Julieta obedece. Escapa en la noche para ver a Fray Lore. Le cuenta que su padre ya le ha buscado marido. Pero ella ama a Romeo. Julieta se quiere matar. Julieta se quiere morir. Fray Lorenzo cavila. Fray Lorenzo le baja a Julieta el hervor de la sangre.

Intrigas y mensajes cruzados. Juego de alcobas entre criadas. Julieta y Romeo acuden de nuevo a la celda de Fray Lorenzo y se casan en secreto. Aplican la política de hechos consumados.

Tebaldo, sobrino chulito de Capuleto, se cruza con Benvolio y Mercucio. Se insultan, se provocan. Aparece Romeo. Tebaldo le falta en plan malamente. Romeo se contiene. Le habla con sutilezas: ahora somos familia, nada tengo en tu contra. Tebaldo provoca. Tebaldo desenvaina la espada. Mercucio desenvaina la espada. Romeo se interpone. Romeo quiere paz. Tebaldo consigue deslizar su espada hasta el corazón de Mercucio aprovechando la confusión. Mercucio muere maldiciendo. Mañana, cuando os pidan las señas de Mercucio podéis contestar: en el cementerio. Me despido de este mundo. Estoy preparado. ¡Al diablo vuestras dos familias! ¡Yo, que soy un hombre, recibir de ese gato, de ese ratón, de ese ente minúsculo, una herida y la muerte!

Romeo se calienta. Romeo asesina a Tebaldo. Romeo huye. Aparece el príncipe. ¿Qué hago con vosotros? La pena por el crimen es la ejecución pública, pero considerando la ofensa previa y la nobleza del acusado, el príncipe conmuta la pena capital por el destierro. Romeo acude a ver a Julieta. Secretos de amas de llaves. Se desliza en su habitación. Le cuenta. Follan. Romeo huye a Mantua al amanecer.

Julieta está triste. Julieta está rota. El marido le mata al primo y el padre la quiere casar con un noble guaperas. Acude a Fray Lore. Se quiere matar. Se quiere morir. Fray Lore cavila. Hay una solución. Veneno para morir sin morir. Cuarenta horas de muerte aparente, lo suficiente para escapar con la coartada perfecta. La noche antes de su boda pactada, Julieta se traga el bebedizo. La encuentran a la mañana, aparentemente sin vida. Solo dos personas saben que no está muerta. Deberían ser tres. Pero serán solo dos.  Se suspenden la fiesta. Julieta en el panteón familiar. La velan con lloros y flores.

Romeo está en Mantua. Le llegan noticias. Julieta y en la misma oración un adjetivo innombrable. Romeo acude a un boticario. Le pide un veneno. Quiero que el aliento vital se escape del cuerpo más rápido, más súbito, que la bala sale del cañón impelida por la pólvora inflamada. Yo tengo esos venenos mortales, pero no puedo venderlos, porque me lo prohíbe la ley de Mantua bajo pena de muerte. Cesa de ser pobre hollando la ley que te condena a ello, toma este dinero. Mi miseria consiente, pero no mi voluntad. No es tu voluntad lo que yo pago, sino tu miseria. Romeo viaja en la noche hacia Verona para matarse de amor.

Fray Lorenzo ha escrito una carta a Romeo contando el engaño. Pero la carta se perderá. El destino, la tragedia y el drama. Romeo ya está en el panteón familiar y Julieta está muerta. Escaramuzas, espadas, más muertos. Romeo se aproxima al cuerpo dormido con las manos manchadas de sangre. Acaricia. Besa. Habla. Bebe el veneno hasta la última gota y muere. Julieta despierta.

Llegan guardias. Aparece Fray Lorenzo. Ahora imagina las velas ya a punto de consumirse, las tumbas silenciosas, la luz mortecina, las flores aún frescas. Julieta se topa con el mundo recién desmoronado a sus pies. Encuentra un puñal entre las ropas de Romeo cadáver. Un beso y adiós. ¡Buena y bienhechora daga, aquí tienes mi pecho para que te sirva de funda! ¡Ocúltate y permanece aquí clavada hasta que yo muera!

Todo ha terminado. Nos queda el epílogo. Los hechos se aclaran bajo el juicio del príncipe. Capuletos y Montescos comprenden. En el otoño de sus vidas han segado la primavera. Habrá dos estatuas en Verona hasta el final de los tiempos, la una junto a la otra, dos adolescentes muertos para siempre como símbolo de la reconciliación.

Telón.

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