Irse a la mierda

Seamos serios: esto se veía venir. Comportémonos como personas adultas y analicemos la situación. ¿De verdad creíamos que iba a salir bien? Sinceridad. ¿Nos vamos a engañar a nosotros mismos? Nos reímos, fue divertido, como aquel verano en el pueblo pescando y diciéndole a las rubias barbaridades con los pies en la mesa. Pero luego llega septiembre. El otoño. Y ahora aquí estamos, guipando la prima de riesgo con los ojillos miedosos, sin saber ni cómo ni cuándo y en dónde nos cogerá el amanecer que está por venir.

Un país que tiene un rey que se va a matar elefantes con una alemana rubia subida al avión y el yerno pillado en asuntos de tralla mirando de cerca la cárcel y un puñado de emails que amenazan volver del revés la corona como un calcetín y un Gobierno que ignora el país en que vive y un presidente que titubea y un ex Gobierno que indultaba banqueros y unos diputados que viven en suites del Palace y piden sacrificios a la ciudadanía y ex ministros y ex presidentes colocados en consejos de administración y un presidente del Consejo General del Poder Judicial barra Tribunal Supremo que se paga las farras en Puerto Banús con dinero público y chavalillos con el hocico partido por decir que en la escuela hace frío y uno que va y hunde una caja de ahorros y se lleva una indemnización millonaria y otro que va y hunde una caja de ahorros y se lleva una indemnización millonaria y otro que va y hunde una caja de ahorros y se lleva una indemnización millonaria y periódicos que sacan portadas que ya no sirven ni para envolver el pescado de tantos colorines y gilipolleces como llevan impresas y periodistas que lo saben todo pero manufacturan un producto infumable y se suicidan tranquilamente y se preguntan sacando una mano tímida por la ventana si todavía sigue lloviendo. Este es el país que tenemos. ¿De verdad alguien pensaba que iba a salir bien?

Pasa lista a las instituciones. Monarquía, clase política, Parlamento, Justicia, sistema financiero, medios de comunicación: táchalo. En España en estos momentos lo único que sigue funcionando a pleno pulmón es la policía. Eso no es bueno. Este país está roto. Ya no sirve. Cuando los incompetentes son premiados, los incompetentes se multiplican. Una de las virtudes del castigo, y esto lo saben los niños chicos cogidos en falta, pero al parecer lo ignoramos nosotros, es que sirve de aviso y cartel. Si mandamos a Rato a la cárcel, o lo inhabilitamos, es un poner, es muy probable que Goirigolzarri se ande con tiento cuando le toque meterle mano al balance.

Tenemos un país que se ha quedado sin pilas, como los juguetes baratos, y ya se empieza a hablar sin tapujos de la posibilidad real de una intervención europea y de un rescate, que hasta ahora había sido, como la muerte, algo que solo le pasaba a los otros. Ese flotador que termina de hundirte del todo. Grecia, Portugal, Irlanda, los ojos nos miran. Una inyección brutal de capital para refinanciar el sistema bancario. A devolver en plazo y con intereses. Perderemos soberanía. El Gobierno se dedicará a pregonar los bandos que llegan de fuera. Nos limitaremos a hacer palmas o a crujir los nudillos. Nos adentraremos de lleno en la jungla y en la jungla, ya se sabe, todo tiene veneno y colmillos y está concebido para matarte.

Lo peor de todo son los instintos y la mala leche que afloran. Después de tres años largos mentando fantasmas y lobos pregonando la destrucción mientras aquí los barandas se dedicaban al chanchullo fino y a mover billetes de 500, ¿no os pasa que a veces pensáis: mejor que se vaya todo a la mierda y nos hundamos todos hasta que el cieno nos tape los ojos? Uno no debería pensar en esas cosas. Uno debería ser un buen ciudadano capaz de analizar racionalmente la situación y aportar soluciones. Pero vivimos saturados de economía y política. En los periódicos y en las charlas en la pescadería: irracionalidad, especulación, asfixia de la razón.

Así que piensas: si la mayoría ya estamos en la ruina, que bajen también los demás a hacer compañía. A lo mejor conviene tocar fondo de una vez para siempre, tan profundo que ya no se pueda caer más abajo. Y una vez allí, mirarnos al espejo, sinceridad, depurar responsabilidades, arrojar del paraíso a tanto incompetente vendido. Irnos a la mierda, en una palabra, y después, con paciencia y con calma, con buenas ideas y perspectivas realistas, rehacerlo todo de nuevo.

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