La patria

Yo de España entiendo algo porque me la he cruzado unas cuantas veces de abajo arriba. Las muchas sin hacer siquiera noche en Madrid, digo. España es olivas y ríos y un llano muy grande en medio y por arriba verde y más verde. En resumen: cuatro bares, un autobús y en algunos sitios más sol que en otros. Y el jamón. Y lo demás ya son inventos, trapos de colorines y frases gastadas. Y no quisiera ponerme profundo, pero a mí España hace ya mucho que me la empezó a traer floja. Y es que con lo que llueve, lo otro parece locura.

Como dice la Biblia: coin terela canes de junelar, junele. Que significa que el que quiera entender que entienda. Y nos dejen tranquilos los banderófilos.

Verse uno reflejado en un pedazo de tela y, como quien dice, sentirse abrasadas las carnes si alguien le mete un misto y un manguerazo de gasolina a un trapo exige niveles de identificación subnormal que rozan el éxtasis santateresiano. Ya no digamos experimentar el ultraje mayor porque vengan cuatro y se pongan a bufar mientras los de la banda munipa tocan el himno.

Sobre todo porque los que pitan y bufan acto seguido salivan ante la visión ondulante de SU pedacito de nailon peinando el viento y se me corren vivos chillando a pleno pulmón SU tonadilla sagrada. De lo cual se deduce que nos hemos vuelto todos pero gilipollas de bulto.

Cuando mi fe se empieza a tambalear me tiro como loco a releer el Viaje al fin de la noche. Porque el ser humano es verdad, y todo lo demás es mentira. Que hable el chache Céline abriendo una página al azar: Era como una herida triste, la calle, que no acababa nunca, con nosotros al fondo, de un extremo a otro, de una pena a otra, hacia el extremo fin, que no se ve nunca, el fin de todas las calles del mundo. Por cierto que los escritores de hoy, tristeza, han dejado de escribir con las tripas.

Céline, hay que decirlo, no era un nihilista, sino más bien uno que a fuerza de ver cosas y envejecer acabó volviéndose lúcido.

Y aquí lo dejo porque estoy enfermo, y no en plan metáfora. Tengo fiebre y cosas de esas. Así que tanta gilipollez como suelto por las buenas a las seis de la tarde a lo mejor es producto de los afanes de mi organismo, que anda mirando de matar a los bichos invasores a base de echarle leña a la lumbre y arrimarles calor. No me toméis muy en serio: yo no lo hago. Y si a las malas voy y me muero, dejadme decir, como aquel Nerón que le pegó fuego a Roma: ¡qué gran artista muere conmigo!

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