Que verde era mi euro

Han pasado diez años desde la implantación del euro en 2002. Ahora que se especula con la posibilidad de que la moneda común salte por los aires de un momento a otro, pensad lo siguiente. Dos puntos. Hasta dos mil uno un paquete de tabaco costaba doscientas pelas (cuarenta duros, arriba o abajo) Ahora, para pillar un Lucky tengo que apoquinar cuatro con diez. Sus buenas setecientas redondeando. Si vuelve la peseta, o el maravedí, o el real de vellón, o lo que mierda sea que sustituya a la moneda de las diecisiete caras distintas, ¿qué ídem vamos a poner cuando el estanquero nos pida setecientas calas por veinte cigarros?

Let’s see. Para acostumbrarnos al euro tuvimos que hacer un ejercicio de olvido colectivo. Y al principio encantados, porque el euro, a priori, molaba. ¡Era tan europeo, tan francés y tenía tanto glamour! Luego, cuando nos empezaron a pegar estacazos en el bar, en el super y en la renfe con el chollo del redondeo (aquello de correr la coma y convertir los veinte duros en ciento sesenta y seis pelas del tirón) nos empezamos a mosquear. Pero había que tener fe. Los tiempos. La coyuntura histórica. El sacrificio. Y había otro asunto: lo de irte a Berlín y no tener que cambiar de moneda tenía su aquel. O a Roma. O a Paris. O a Londres. No, espera, a Londres no (¡twelve points para Roioimí!) En pocas palabras: asumimos que la vida se había vuelto más cara pero renunciamos a hacer el cambio mental constante por cuestiones de salud psicológica y también por aquello de no pegarle fuego al carrefour cada vez que la cajera te miraba guasona entregándote el ticket. ¿Que esta mierda vale tres veinte? Pues toma un billete de cinco, dame la vuelta y no se hable más. Eso hacíamos. Porque la cosa no tenía vuelta de hoja y tampoco era cuestión de andar llorando por las esquinas.

Pero ahora nos vienen los Krugmans y demás agoreros diciendo que si a lo mejor, que si la cosa no endereza, que si mira que los griegos tienen pie y medio fuera y que entonces… Que entonces hay una posibilidad de que todo salte por los aires y la moneda común se esfume como los sueños en la edad adulta. Y que la eurozona se vuelva de espuma. Y que algunos países se vean obligados a entonar el chau chau. Y que la inflación se dispare. Y el apocalipsis y la muerte de los primogénitos y el crujir de dientes.

Por supuesto, es muy posible que nada de esto ocurra. Es posible que los dirigentes europeos y los grandes hombres que saben mucho acaben acertando con el diagnóstico y salvando al enfermo en el último momento en plan House -¿era lupus?- de manera que la vieja peseta siga siendo tan solo un recuerdo agridulce para los nacidos en el siglo anterior. Pero si sucede lo peor y tenemos que volver a comprar con pesetas a precio de euros: ¿con que cara vamos a mirar al del estanco cuando nos diga que el Lucky vale seiscientas ochenta castañas? ¡Ciento treinta y seis duros, por los clavos de Cristo! ¿Y con qué cara vamos a mirar a lo políticos y a los que saben tanto?  Definitivamente, todo parece indicar que se avecinan tiempos interesantes…

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