La extracción social (el día que Urdangarín fue a la cárcel)

Me imagino que a estas alturas ya no le pilla a nadie de nuevas, ¿pero a que había como un runrún raro en el aire el día que metieron a Urdangarín en la cárcel? No nos vamos a engañar, éramos demasiado cínicos para creer que fueran a entrullar al rubiales. Estamos hechos al chanchulleo. Hemos visto a demasiados mangantes salir indemnes. Al final, se borran unos cuantos emails, se tapian un par de bocas, se hacen unas llamadas y todo listo. Por eso el impacto fue tan grande.

Por eso había tanta gente agolpada contra las barreras policiales esperando ver entrar al pimpollo por la puerta de seguridad arrastrando la maleta con sus efectos personales. Gente de todo tipo, ciudadanos hermanados por la incredulidad absoluta. Pancartas, banderas, todo el mundo haciendo fotos. Un ambiente como de partido de fútbol. Ya sabemos que este país es extraño.

En principio todo fue normal. El tío había robado. Los hechos se demostraron en el juicio. Hubo una sentencia. Luego llegaron los listos. Y avisaron: tranquila, plebe, quedan los recursos a las instancias superiores. Y sí, hubo recursos, pero la sentencia fue ratificada. Entonces empezaron los chistes sobre duchas y jabón. Muchos trending topics. Y, finalmente, el mensaje institucional del rey, con aquella cara como de cera, los ojos casi opacos, la expresión típica de alguien que ha tomado demasiados analgésicos y aquel tapiz tan cutre que le pusieron detrás con la clara intención de evitar la típica fotografía familiar.

El país pasó unos días como agilipollado. Uno veía las portadas de los periódicos de reojo en el quiosco y no se lo terminaba de creer. Vivimos una semana de telediarios monotemáticos, corresponsales extranjeros y reportajes en profundidad. Nos acostumbramos a salir en la prensa extranjera por asuntos extraeconómicos. Luego la cosa se fue calmando. Siguieron los chistes, pero todo volvió a la normalidad. Es decir, a la peor situación social y económica que nadie recuerda. Y entonces pensamos que igual habíamos sido un poco gilipollas por dejarnos embaucar por la suerte de un ex jugador de balonmano metido a mafioso de medio pelo. ¿Qué más nos daba a nosotros aquello si no había trabajo y nadie tenía un duro y el Gobierno seguía pegando bandazos en sus políticas como un murciélago en un patio de luces? Las celebraciones estaban quizá fuera de contexto.

Lo único relevante fue que por fin se abrió un debate posibilista sobre la conveniencia de terminar con la monarquía. La institución estaba tocada, y aquello parecía la puntilla. ¿Tercera República? Tema candente.

Y ahora nos encontramos con este indulto llovido del cielo. No hay que ser un genio para darse cuenta de que han aprovechado la coyuntura. La gente en la playa, las grandes ciudades vacías, el país más pendiente de los fichajes del Madrid que de otra cosa. La amenaza del rescate europeo en Septiembre. Todo eso. La maquinaria funciona así. Lleva muchos siglos engrasada. Está todo muy estudiado.

En total, ¿cuánto tiempo ha pasado el tipo en la cárcel? Echad cuentas: no llega a dos meses. Y sí, estamos todos muy cabreados. Los análisis se tiran a lo sentimental: ¿cómo es posible que después de arramblar la pasta y no devolverla ahora se vea otra vez en la calle y con el billete preparado para salir zumbando a Washington? Hay pobrecitos con delitos mucho más leves que se van a pasar comiendo trena de aquí al Segundo Advenimiento. Y nos encogemos de hombros. Y decimos: así es la vida.

Se trata de una cuestión de Estado: poner las cartas sobre la mesa y dejar claro quién tiene los triunfos y quién los doses, los cuatros y la demás morralla ful que no sirve para ganar una mísera mano. Se trata de asegurar los privilegios. Y habrá manifestaciones. Y se quemarán cosas. Se esgrimirán banderas tricolores. Se insultará. Y vendrá la policía y pegará manguerazos y tal vez destroce alguna mandíbula. Y todo el mundo a su casa. Urdangarín el primero.

Y no pasará nada. Nunca pasa nada.

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