Cosas que importan

Hablemos de la vida. ¿Verdad que parece absurda y carente de lógica? Eso se debe a que es absurda y carece de lógica. Todo se reduce a unos cuantos vientos, un big-bang, seis volantazos y un par de macetas que se caen del balcón en el momento oportuno. No le pillamos el truco. Deducimos, entrevemos sombras, pero la totalidad del asunto nos sobrepasa.

Ahora hablemos del fútbol, un deporte que se basa en un puñado de reglas tan sencillas que incluso un niño de ocho años que hubiera pasado los últimos siete perdido en la selva y amamantado por chimpancés podría comprender en menos de quince minutos.

Aunque pueda parecer increíble hay gran cantidad de personas a las que el fútbol les importa tres pollas. Este tipo de gente suele mirar con una mezcla de curiosidad y miedo a ese otro gran grupo humano que tiembla con las venas del cuello palpitantes y el gesto contraído en una mueca de pánico ante un televisor en el que juega su equipo. Y surge la pregunta. ¿De verdad es el fútbol tan importante?

La respuesta es obvia: no.

Cualquier cosa que se te ocurra es más importante que el fútbol: el horario de los autobuses, las goteras del baño, el hambre en el mundo, los problemas del lince ibérico para reproducirse en cautividad, Tolstoi, el dolor de barriga, el precio de la gasolina…

El fútbol se reduce a veintidós tipos corriendo detrás de una pelota, tal y como suelen razonar con acierto aquellos que recurren a la lógica para ridiculizar una pasión puramente infantil. Vale, os damos la razón. Punto para los apóstatas. Pero ahora decidme: ¿por qué chillan y lloran y saltan y se arañan la cara esos pobres diablos que tiemblan de susto en las gradas?

La verdad es esta. Otros la vislumbraron antes que yo y la expusieron con más estilo, pero ahí va: el fútbol es importante en la medida en que uno crea una ficción personal e individualizada que se funde con otras miles de ficciones personales e individualizadas idénticas para crear un corpus de creencias comunes, un mito, una entelequia, una enorme mentira cobijada bajo unos colores sagrados, un escudo y una bandera.

Una vez que uno crea su pequeña ficción y se instala a vivir en ella todo adquiere una relevancia terrible. Porque lo que le ocurre a una persona le ocurre a una persona, pero lo que le ocurre a un equipo de fútbol le ocurre a miles. Si después de dos horas y media de taquicardias agudas, nervios y cigarros empalmados unos detrás de otro tu equipo cae eliminado de la Copa de Europa en semifinales y en su estadio y en la tanda de penaltis, estás jodido. Pero tu pena es la misma pena de cientos de miles de personas en todo el mundo, gente con la que jamás te cruzarás, pero con la que compartirás para siempre una pequeña cicatriz, un sentimiento hermano, un dolor. El fútbol, finalmente, nos lleva de vuelta a la infancia, cuando uno podía llorar y patalear por cualquier gilipollez y quedarse tan ancho. Nos saca el chavalillo y nos permite desatar felicidades y penas que como adultos estamos obligados a reprimir.

Hoy se juega la penúltima jornada de liga. Aunque ya hay campeón, entre las nueve y las once al menos cinco equipos pelearán por conseguir algo tan importante o más que un trofeo de lata: evitar el descenso a segunda división. Es probable que al menos uno de esos equipos pierda inevitablemente la categoría y que otro le acompañe la semana que viene. Los aficionados del Rayo Vallecano, el Villareal, el Granada, el Zaragoza y el Sporting son gente normal. En estos momentos se están preparando para pasar dos horas de sufrimiento, miseria y dolor con la esperanza de un milagro que salve a su equipo y les evite el mal trago.

Lo mejor de todo es que ese milagro se producirá. Porque solo hay dos plazas de descenso en juego y tres de los equipos se salvarán irremediablemente. Miles volverán hoy a casa felices. Y miles arrastrarán los pies y notarán un agujero en el lugar donde solían estar el corazón y el resto de las entrañas. Y nadie sabrá explicarse exactamente por qué. Pero ninguno se sentirá solo. ¿No es algo maravilloso?

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