Cosecha del 84

Mil novecientos ochenta y cuatro es el año de la era cristiana que siguió en la eterna línea del tiempo al 31 de diciembre de 1983. También es una famosa novela de George Orwell que siempre me he querido obligar a leer y que nunca he leído, seguramente porque me ponen nervioso las distopías. Mil novecientos ochenta y cuatro fue un gran año porque fue el año en que yo nací. Puede que ocurrieran otras cosas importantes e imagino que la wikipedia tendrá algo que decir al respecto. Por contextualizar: Indhira Gandhi murió asesinada y se celebraron los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en los que la Unión Soviética se negó a participar por cuestiones políticas. El Athletic de Bilbao ganó la Liga y el paro en España rozaba el 18%, mira tú que barbaridad.

A fuerza de respirar y mantener más o menos constantes mi ritmo cardiaco y mi actividad encefálica he conseguido llegar hasta el presente, aunque es sabido que el presente está sucediendo a cada momento y que en cuanto uno abre la boca ya es ayer. En resumen: tengo 27 años. Una edad mala si eres una estrella del rock con dineros, una edad como otra cualquiera si eres lo que yo soy: un periodista sin dineros. Como la gran mayoría de mis contemporáneos, estoy jodido.

Hay nombres para lo nuestro: Generación Perdida (sorry, pero ya está cogido) Generación Puteada, los niños de las becas, los tontos estos que van a chupar cola en el INEM de aquí al 2030 y muchos otros, incluyendo epítetos como indignados, ninis, perroflautas y demás. Somos los hijos de una sociedad decadente y caemos en picado hacia el futuro.

Y a correr. Que sabemos inglés y estamos con el alemán. Que tenemos catorce masters y manejamos los aparatos modernos como un chino dos palillos. Fuera las quejas y arriba los corazones que el mundo es para nosotros. Da asco, ¿eh?

Tenemos: paro juvenil lindando el 50 por ciento, paro del normal subiendo del 20, sueldos mierderos y vidas laborales que dan ganas de echarse a llorar. La sanidad evoluciona hacia el mercadeo en negro de fármacos ful y recetas recicladas. Ahora si tienes más de 26 y no cotizas (como le pasa, por ejemplo, al príncipe Felipe) tienes que demostrar que duermes en un cajero tapándote con cartones o apoquinar por ponerte malo. Luego están los recortes de los viernes, las formas, la improvisación, los telefonazos desde Europa y la larga marcha hacia la miseria peor. Chau chau sol y hola penumbra.

La decadencia es como la raya que divide la carretera en dos carriles. Se extiende siempre por delante de ti, por mucho que le pises al coche. La decadencia no transcurre en el presente. Es una sombra, una niebla que no puedes atrapar. Cuando lleguemos al futuro, la decadencia ya estará allí.

Tú y yo, hermanados por la fecha de nacimiento, tú y yo seremos los primeros en llegar. Miraremos las ruinas con los brazos en jarra como esos alpinistas que hacen cumbre y miran con la respiración entrecortada el vacío. Así veremos nosotros los escombros nada más llegar. Recién madurados y ya viejos, sin haber llegado a vivir los tiempos felices, tendremos que abrirnos paso,  barrer la ceniza, limpiar la acera de lastre para despejar el camino y reemplazar los vidrios rotos de las ventanas. ¿Sembrar otra vez la esperanza, citando al poeta? Igual sí. Igual no. A lo mejor no nos da la gana.

Igual nos encogemos de hombros y construimos directamente sobre los escombros como el bíblico insensato que construyó sobre el barro. Y que se venga todo abajo de una vez. Y que lo arregle el que venga después. Como el Shylock de Shakespeare, a lo peor ponemos en práctica todo cuanto hemos aprendido, y a lo peor superamos a nuestros maestros.

Mil novecientos ochenta y cuatro fue un gran año, amigos. Diez años arriba, diez años abajo, un arco temporal que nos vio nacer y nos metió a todos de cabeza en el mismo problema. Ahora casi tocando los treinta somos todavía niños chicos que no pueden sentarse a comer a la mesa de los mayores, donde se toman las decisiones con un cigarro después del café. Mientras jugamos en los columpios nos van desmantelando el futuro para asegurar, blindar y cercar el poco presente que les queda. Y después nos cantan una canción de cuna. Ya se nos cierran los ojos, ya nos dormimos.

Cuando nos despertemos, Dios o el Demonio dirán.

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