Crónica de Malta


(Nota: El siguiente artículo no pretende ser científico. Se limita a recoger las impresiones de un viaje de siete días a Malta, convenientemente estropeadas con lirismos abruptos)

Si el mundo fuera un lugar ideal, y todos sabemos lo lejos que andan el acero y los sueños, uno se marcharía de Malta  desde  Marsaxlokk, en un velero al atardecer -en Marsalxlokk siempre parece que falten cinco minutos para el atardecer- dejando atrás el pequeño puerto a través del laberinto de luzzus, las ligeras embarcaciones pesqueras de colores vivos con ojos egipcios en la proa que flotan desperdigadas sin orden sobre las aguas profundamente azules; uno vería alejarse la pequeña lonja y el mercadillo a medio recoger, la elegante cúpula de la iglesia y las casas altas sobre la suave colina, que dan a este pueblo una curiosa forma de caparazón de tortuga; y uno diría adiós sin pena, con la satisfacción de quien se lleva consigo un profundo secreto a lomos del mar suave.

Pero todos conocemos el muro que se levanta inflexible frente a la perfección de las cosas. Así que uno se va de Malta como llega, por el aeropuerto de Luqa, en el centro de la isla, sobrevolando campos color verde de primavera y ciudades que se extienden a lo largo sin orden ni simetría, como si un dios con alma de niño las hubiera arrojado sobre la tierra en medio del alegre bullicio de una fiesta de cumpleaños. Uno contempla desde el cielo trozos dispersos de este pequeño país hasta que el avión se eleva por encima de las nubes, sin avisar, sin tiempo de despedidas, sin un adiós ni un último vistazo al viejo archipiélago, que se va quedando atrás entre el ruido de los motores y los avisos de la tripulación por megafonía.

Malta, que fue bizantina y después árabe y después normanda y vivió siempre con un ojo puesto en Sicilia, que estuvo en poder de la corona de Aragón durante dos siglos, que fue cedida por Carlos I a los caballeros de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén que la defendieron del Imperio Otomano durante el sitio de 1565 y legaron al mundo el dédalo maravilloso de La Valeta, Malta, digo, que no tuvo más remedio que rendirse a Napoleón solo para ser entregada a los ingleses en 1814, la pequeña Malta, que siempre tuvo medio corazón siciliano y resistió los embates alemanes en la II Guerra Mundial para alcanzar la independencia en 1964, que respira hoy una paz tranquila después de tantas luchas, resguardada del frío por el Mediterráneo protector y la acogedora piedra caliza de sus hogares, palacios, cementerios y catedrales, Malta, decíamos, desaparece bajo el fuselaje perdida entre un fajo de nubes.

Consideraciones geográficas
Coge un mapa. Al suroeste de Sicilia verás un puntito informe: esa es la República de Malta. Haz zoom. Aparecen tres islas en una diagonal perfecta. La del extremo superior, segunda en tamaño, es Gozo. La del centro, la más pequeña de las tres, es Comino, donde, según las guías turísticas, solo cuatro personas tienen residencia fija durante el año. La más meridional y de mayor tamaño es la isla de Malta, que da nombre al conjunto.

Otro zoom. Quédate con la isla más grande.  Simplificando un poco: el norte está más poblado, abundan los hoteles y las zonas de turisteo. Resulta difícil encontrar un rincón de suelo sin edificar. Muchas grúas y viviendas a medio hacer. La zona parece vivir ese impulso constructor que en España nos suena de algo. En el interior y en el sur todavía es posible encontrar zonas de transición,  que llamaremos campo. Verás alguna huerta aislada, higueras, almendros, chumberas, amapolas y dientes de león. Toma nota del contraste cromático: flores, cielo y piedra caliza. Pero vayamos por partes.

El norte
Si uno llega a Malta por primera vez lo normal es encontrar un alojamiento en algún lugar entre Paceville e Il-Gizra, a lo largo de la Bahía de Spínola, donde se concentran la mayoría de hoteles e infraestructuras turísticas. El centro neurálgico de la zona son los pequeños pueblos de San Giljan y Sliema, desde cuyo paseo marítimo se contempla al otro lado de la bahía el skyline de La Valeta, sus bastiones y sus cúpulas multicolores, una de las fotografías más emblemáticas de la capital, repetida una y mil veces en las postales que se venden en cualquier tienda.

La zona albergaba en otros tiempos tranquilos pueblos pesqueros, hasta que la llegada del turismo de masas lo cambió todo. En Sliema todavía es posible pasear entre casas tradicionales si uno se adentra un poco en la ciudad alejándose del paseo marítimo y el mar. Malta, que decidió en su día apostar económicamente por la vía del visitante foráneo, sacrificó parte de su alma en pos del desarrollo y los papelajos verdes con ceros pintados. Tendrás que rascar un rato para encontrar un trozo genuino de alma por estas calles cómodas y apacibles, cómodas y apacibles, cómodas y apacibles…

Siguiendo la línea de la costa hacia el oeste se llega hasta Buggiba, parada de rigor según el mapa de buses y las guías turísticas que uno no compra.El mapa de buses, por cierto, resulta imprescindible para moverse por la isla y es, además, una obra maestra de exposición clara y concisa. Imposible perderse si lo llevas a mano. En Buggiba en teoría hay una playa, o así lo da a entender el amable folleto. Pero es mentira. En primer lugar, resulta muy difícil clavar una sombrilla en la playa de Buggiba, a menos que uno vaya equipado con una excavadora de cuatro motores. La costa maltesa es rocosa y las playas de arena fina y postal son tan escasas como la dignidad en ciertos cargos oficiales. Buggiba no es una excepción. La ciudad en sí es una mezcla entre Torremolinos y Chernobil, con un par de calles paralelas que parten desde el mar hacia tierra adentro, en las que solo hay restaurantes y tiendas de souvenirs. El otro problema es el viento. Al parecer solo hay una forma de resguardarse del viento en Buggiba: parapetarse detrás de la excavadora de cuatro motores una vez que uno ha terminado de hacer el agujero en la playa para clavar la sombrilla. Pasando Buggiba se llega a Qwra, que es parecida pero peor. Más destartalada e inhóspita. En resumen, la zona carece de encanto. Lo mejor que se puede hacer es seguir viaje hacia el interior, hasta llegar a Mdina, la vieja capital amurallada.

La ciudad silenciosa
Mdina es una ciudad orgullosa y resignada, como esos viejos marinos de las historias de Herman Melville que son obligados por la edad a quedarse en tierra a pesar de que la sangre les hierve y su mirada  sigue siendo feroz. La ciudad se alza sobre una suave colina que domina toda la llanura circundante. Hasta que llegaron los caballeros de San Juan, constructores de La Valeta, Mdina fue el centro de la vida maltesa, una capital protegida por altas murallas detrás de las cuales se esconden palacios, calles estrechas, esquinas y plazas que se abren de repente ante ojos que se asombran. En una de esas plazas se encuentra la catedral de San Pablo. Según la leyenda, aquí se refugió Saulo de Tarso -antiguo azote de cristianos que fue convertido por la llama divina al caer del caballo- cuando el barco en el que viajaba naufragó junto a las costas maltesas. Desde el punto más alto de la muralla uno puede contemplar media Malta hasta el mar. Con un poco de imaginación es posible incluso retroceder atrás en el tiempo, apartando las telarañas de los siglos, y ver a los vigías apostados sobre el grueso muro, escrutando la llegada de los invasores y listos para anunciar el peligro.

Frente a Mdina, hoy en día solo testimonialmente habitada, creció el arrabal de Rabat, que alberga actualmente a la gran mayoría de la población de la zona. Calles estrechas, piedra amarilla, hornacinas con santos y vírgenes protectoras en cada esquina, faroles de luz desganada, gatos y el típico tráfico maltés. En pocas palabras: Rabat justifica un paseo y unas cuantas fotografías pintorescas. Sobre los gatos: Malta está repleta de ellos. La gente les deja comida y agua en cualquier sitio. Puedes acercarte e intentar llamar su atención: no te harán ni puto caso. Los gatos malteses, como los malteses, se toman la vida con calma.

Localismos
Una de las primeras preguntas que uno se hace al llegar a Malta surge cuando escucha hablar entre ellos a los lugareños. La pregunta es: ¿qué idioma diabólico es ese? Si uno quiere entender el chamulle de esta gente lo mejor que puede hacer es lo siguiente: olvidarlo. Es preferible dedicar el valioso tiempo que nos ha sido concedido a menesteres más provechosos. El idioma maltés es raro. Una mezcla de árabe e italiano con multitud de préstamos léxicos del inglés. En la isla de Malta tiene una sonoridad extrañamente similar a la del ruso. En Gozo, en cambio, el acento se aproxima más al árabe. En realidad los expertos no se ponen de acuerdo sobre el origen de la lengua maltesa. La mayoría sostiene que proviene de los tiempos de la ocupación árabe. Según esta teoría, el maltés evolucionó a partir de un antiguo dialecto magrebí contaminado previamente en Sicilia, que desapareció de la faz de la tierra pero pervivió en Malta, aderezado con su poquito de cada quién que llegó después. Otra teoría afirma que el maltés tiene un origen fenicio. Sea como sea, se trata de un idioma complejo, áspero pero al mismo tiempo musical, apropiado para un pueblo de guerreros y pescadores.

Aún así, el viajero no debe alarmarse. Dos siglos de dominación inglesa han convertido el idioma de su Graciosa Majestad en lengua co-oficial de la isla. Todos los carteles, folletos y demás parafernalia son bilingües. El italiano goza también de alta popularidad. En ese sentido, no es arriesgado aventurar que los malteses, gente afortunada, dominan tres lenguas: el maltés para encerrar sus secretos, el inglés para recibir al mundo y el italiano para apagar la nostalgia de sus corazones.

Hablando de corazones: Malta es un país asquerosamente seguro. Uno puede pasear tranquilamente a altas horas de la madrugada por la más oscura de las callejuelas con un billete de quinientos euros atado a una guita como si tal cosa: tal vez te miren como a un excéntrico pero a nadie se le ocurrirá desvalijarte.

En Malta el peligro no está en la calle (quizá en los pasos de cebra, porque al consabido riesgo de que la circulación fluye en sentido contrario y uno tiende a mirar al lado incorrecto al cruzar, se une el hecho de que los habitantes de la isla conducen como chimpancés epilépticos que se han bebido quince litros de redbull) sino en unos pequeños establecimientos de dudosa higiene llamados pastizzerias. En pocas palabras: se trata de tiendas que venden todo tipo de comida rápida. Un pandemónium de productos con una única característica en común: son fáciles de preparar, grasientos y cancerígenos en grado sumo. Estoy convencido de que consumidos en altas dosis producen mutaciones y desgracias similares. Las pastizzerias abren 24 horas y son patéticamente baratas. El viajero, sobre todo durante los primeros días de asombro y desorientación, recurre a ellas, primero con indisimulada alegría (¡me voy a poner ciego a comer por dos euros!) y después con evidente estoicismo (¡al fin y al cabo todos hemos de morir!)

Huid de ellas. Es más sana la heroína. S0is jóvenes y temerarios, se comprende, pero será mejor que rechacéis con toda vuestra alma la tentación. No suele verse a nadie mayor de treinta años haciendo cola en una pastizzeria: como cualquier otro deporte de riesgo, exigen sangre imberbe en ebullición. Después de tres días seguidos comiendo en uno de estos establecimientos de Satanás uno acaba aborreciendo la pizza en todas sus manifestaciones e implora a los arcángeles una ensalada de lechuga y tomate. Las pastizzerias maltesas son puertas que comunican directamente con el infierno: el mismísimo Hades os sonreirá mientras os vende un meat pie por uno cincuenta.

Encontraréis muchos restaurantes en Malta, sobre todo en el triángulo turístico San Giljan-Sliema-Il Gizrá. La mayoría son italianos. El precio es similar al español. Se puede comer un plato de pasta por 6 euros. La carne y el pescado son ligeramente más caros que aquí. Fumar en las terrazas está permitido y los camareros son tremendamente educados, aunque insisten en hablar en voz muy baja. Los supermercados, por contra, son caros, debido al hecho de que Malta exporta el 80% de los productos que consume. En serio: hay vida más allá de las pastizzerias y el cáncer de colon.

El bastión del Gran Maestre
Hay ciudades que nacieron para ser el centro de un imperio, como Roma. Y hay ciudades que nacieron de las cenizas y la destrucción, como La Valeta.

La Valeta es una lengua de tierra que se adentra en el agua, una pequeña península fortificada por cada uno de sus tres costados que dan al mar. Lleva el nombre del Gran Maestre de los Caballeros Hospitalarios Jean Parisot de la Valette, que inició su construcción después del Gran asedio turco de 1565.

La cosa fue así: hablamos de los años en que el imperio otomano pugnaba con el imperio español por el control del Mediterráneo. En ese contexto, Carlos I, con el visto bueno de los Estados Pontificios, cedió la isla de Malta a la Orden de monjes guerreros encabezada por la Valette (tras tomar posesión de la isla, la congregación cambió su nombre por el de los Caballeros de la Orden de Malta) El objetivo era establecer una línea de defensa entre el Oriente musulmán y el Occidente cristiano y asegurar las rutas comerciales. El 18 de mayo de 1565 las fuerzas turcas se presentaron ante las costas maltesas. Los caballeros de la Orden se atrincheraron en los fuertes de San Elmo, San Miguel y San Ángel, siguiendo la línea del Gran Puerto alrededor del cual se edificó después La Valeta. Se calcula que las fuerzas turcas estaban constituidas por 139 naves y 30.000 soldados. En tierra, un ejército de 6.000 hombres, compuesto de soldados españoles, italianos, griegos, sicilianos, caballeros de la Orden y lugareños malteses se preparó para oponer resistencia.

La flota turca desembarcó en Marsaloxkk y apostó cañones y hombres frente al fuerte de San Elmo. Fue una carnicería. El fuerte resistió cinco largas semanas, durante las cuales recibió alrededor de 18.000 cañonazos, según los cronistas. Todos los defensores murieron en el asalto, salvo un puñado de hombres que consiguió escapar a nado en el último instante. Los turcos sufrieron 6.000 bajas y pagaron un precio muy alto por tan escasa victoria, ya que el resto de bastiones permanecía intacto. El asedio de San Elmo fue brutal e incluyó crucifixiones de muertos, cabezas cortadas disparadas desde los cañones y crueldad refinada con los prisioneros por parte de ambos bandos.

Tras la caída de San Elmo los turcos iniciaron el asalto a los bastiones de San Miguel y Sanglea. Los caballeros de la Orden resistieron renqueantes, las bajas otomanas siguieron aumentando. Desde Sicilia llegaban noticias de un poderoso refuerzo cristiano que se disponía a embarcar para romper el asedio sobre la isla. Entre los turcos, que habían perdido gran cantidad de hombres, incluyendo al famoso corsario Dragut, empezó a cundir la desesperación. Finalmente, el 11 de Septiembre, ante la visión de los barcos españoles que se acercaban por el horizonte, los turcos embarcaron en sus naves. Al día siguiente abandonaron definitivamente la isla.

La Valeta fue construida sobre las ruinas que quedaron en pie después de la lucha, con el dinero que muchos países europeos enviaron a los caballeros de la Orden como agradecimiento por resistir el ataque y como incentivo para fortificar de nuevo la zona en previsión de futuros ataques. El Maestre Jean de la Valette, agotado y envejecido por los rigores de las batallas, murió tres años después del Gran Asedio, en 1568, sin llegar a ver terminada la hermosa ciudad que hoy lleva su nombre.

El Gran Asedio sigue siendo, a día de hoy, el hecho histórico más relevante ocurrido en tierras de Malta. Los malteses, orgullosos, rememoran la hazaña y reconstruyen algunos de los episodios claves junto al fuerte de San Elmo, puesto en pie nuevamente con posterioridad y que alberga en la actualidad una academia de policía.

La Valeta (en la pronunciación local Fá-le-ta, con esa uve fuertemente labial de los malteses que se convierte a fuerza de fruncir los labios en una efe encubierta) es una ciudad maravillosa, con un alma poderosa que aletea en cada una de sus esquinas. Casas de piedra caliza amarillenta, una amplia avenida que desemboca en el mar, cruzada en todas direcciones por calles que se adentran en el espacio delimitado por las fortificaciones y baluartes que rodean la ciudad por sus tres flancos, celosías de madera y balcones de rejas aherrumbradas. La capital maltesa se mantiene hermosa a pesar de las telarañas, los desconchones y el óxido. A la Valeta, como a ciertas mujeres, le sientan bien los años y las arrugas.

La otra isla
Gozo tiene aproximadamente la mitad del tamaño de la isla de Malta. Para llegar hay que coger el ferry en Cirkewwa, una población bastante despreciable en el extremo noroeste de la isla (apenas un puñado de edificios sobre una minúscula lengua de tierra). Cirkewwa exige enfrentarse a un viaje en bus largo y cansino a través de las chungas carreteras maltesas, todo baches y saltos locos. La estación es tema aparte: un barracón prefabricado con unos cuantos asientos y la inquietante pastizzeria de rigor. Advertencia: hasta que se termine de construir la estación, si es que alguien tiene intención de construirla algún día, el billete se paga a la vuelta. Uno se monta tranquilamente en el ferry cuando se abren los tornos automáticos, se baja en Gozo y paga los dos viajes al regresar (4’65 en total, un chollo apañado).

Pongamos que ya estamos en Gozo. Es posible que esté lloviendo. Lo primero que uno ve al salir de la estación (el viaje en ferry, por cierto, ha sido rápido y placentero) es el puerto del pequeño pueblo de Mgarr, con los inevitables luzzus y algún que otro coqueto velero. Mgarr es un abigarrado conjunto de casas que sube desde el agua, escalando afanosamente, hasta la cima de un pequeño monte coronado por una iglesia gótica que es, al parecer, todo cuanto hay que ver allí aparte del puerto. Así que cogemos el bus en la misma puerta de la estación para viajar hasta Victoria, la capital de la isla. Hacemos caso omiso de los doscientos taxistas que nos ofrecen llevarnos por cinco euros o darnos un paseo completo alrededor de la isla por cincuenta, y nos adentramos en el salvaje mundo del transporte público goziano.

Uno: los billetes de bus comprados en la isla de Malta no sirven en Gozo, ni siquiera el abono semanal (12 euros, tantos viajes como quieras) por lo que lo suyo es hacerse con un abono diario (2,60, tantos viajes como quieras) y comer carretera. Nota: no se puede hacer pasar un billete maltés por uno goziano, tienen colores distintos; los malteses son cucos. Dos: en Gozo, si pierdes un bus estás jodido. Si pierdes dos, estás muerto. Todas las líneas confluyen en Victoria: desde allí parten hacia todos los rincones y allí vuelven desde los cuatro extremos de la isla una y otra vez. Acabaréis hasta los mismos de Victoria, por cierto. El caso es que solo (remarquémoslo: solo) sale un autobús cada hora por línea. En cristiano: tú quieres ir a Dwejra, en el suroeste de la isla, para ver el Azure Window, el famoso arco de roca a la orilla del mar que aparece en todas las postales del país, y tienes que coger el 302 en la estación central victoriana. Pongamos que son las 14.25. Pongamos que te vas a beber un café, o a buscar tabaco, o te entretienes mirando el móvil, o te despistas intentando descifrar algún cartel extravagante. Supongamos que el bus llega y se va y tú no lo coges. Dejemos de suponer: no volverá a pasar otro hacia el famoso pedrolo hasta dentro de exactamente sesenta minutos, puntualidad inglesa además. Estás jodido.

Ahora supongamos que ya ha transcurrido otra hora. Sigue lloviendo. Supongamos que ves venir un 302 (la ligera humedad que sientes en los pómulos y las mejillas son lágrimas de felicidad) y montas en él al asalto, transportado por el tumulto de turistas, que como tú, ansían llegar a la piedra en forma de ojo para sacar la consabida foto. Supongamos que el autobús arranca. Supongamos que respiras aliviado. Al final del trayecto el conductor detiene el vehículo y anuncia un nombre que suena algo así como Ramla Bay, o Ta’Pinu, o dios sabe qué. ¿Has llegado a Dwejra? Obviamente, no. En Gozo un autobús de la línea 302 puede convertirse en uno de la línea 308 por arte de magia. Es tan fácil como que el conductor apriete un botón y cambie el letrero luminoso situado sobre la luna del vehículo, una vez que tú estás dentro, por supuesto. O puede que simplemente hayas cogido el autobús en la dirección incorrecta, en cuyo caso tendrás que regresar a Victoria (esa ciudad) y volver a esperar una hora. En Gozo, si pierdes dos autobuses, estás muerto.

Es posible que nunca llegues a Dwejra. Es posible que nunca fotografíes el Azzure Window. Es posible que siga lloviendo. En ese caso tendrás que conformarte con disfrutar de la arquitectura goziana, más cuidada y limpia que la de la isla de Malta, más aristocrática, menos elegante, y de la campiña goziana, con sus grandes huertas y sus invernaderos. Y también de Victoria, claro. La capital (Ir-Rabat en idioma maltés) tiene una ciudadela amurallada en lo alto, a modo de regia corona. Vale la pena pasear por ella y echar un ojo al mercadillo situado junto a la catedral, a pesar de la lluvia.

Después vuelves a Mgarr, coges el ferry hasta Cirkewwa y, una vez allí, te montas en un bus de vuelta al este y a la civilización. Es posible que en tu autobús viaje una troupe de abuelos malteses. En ese caso, conocerás el infierno. Un yayo maltés te sacara los ojos por conseguir un asiento y se pasará el viaje hablando con sus compinches, independientemente de que cada uno de ellos esté en un extremo distinto del vehículo. Baches y voces en chamulle maltés. Una experiencia límite. Disfrutad Gozo.

Atardecer
Así que estamos de nuevo en Marsaxlokk. Están empezando a recoger el mercado callejero. Caminas entre los luzzus varados en tierra, contemplas sus extraños ojos, que dan a  la pequeña embarcación una expresión mitad dulce y mitad expectante. Dentro de cinco minutos empezará a atardecer. Aún te quedan unos cuantos días en Malta, pero por alguna extraña razón lamentas no haber reservado esta visita para el final, porque el paisaje invita a la melancolía y las despedidas.

Malta tiene el rostro inglés y el corazón italiano. En el norte, con sus hoteles y sus bares de estilo irlandés, es el rostro lo que destaca. En el sur, en lugares como Marsaxlokk, el corazón queda al descubierto. También en Zurrieq, donde el Mediterráneo rompe contra las rocas de la orilla y a fuerza de dentelladas de espuma ha ido formando paciente las hermosas Blue Grotto, un conjunto de cavernas excavadas en el acantilado que pueden visitarse en barca por 7 euros siempre que el tiempo sea bueno y el mar esté en calma. También en Zurrieq se puede contemplar casi en la superficie el corazón de la isla de Malta.

Lo cierto es que resulta extraño hablar de secretos y corazones ligados a la tierra y al suelo. La tierra, en Malta y en cualquier lugar, es demasiado profunda y su conocimiento permanece oculto al entendimiento de los hombres que la habitan y creen moldearla a su antojo, cuando en realidad es la tierra la que moldea y habita a los hombres. El secreto de cualquier lugar está escrito en el corazón de las gentes que viven en él, como si al nacer la dura tierra hiciera una incisión en el pecho de cada hombre y cada mujer, una inscripción antigua como el mundo, a la espera de ser descifrada. No se logra en una semana. Quién sabe si en toda una vida. Marsaxlokk sigue ahí. Está empezando a oscurecer y es hora de regresar.

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