Por encima de vuestro cadáver

El domingo tenemos elecciones en Andalucía, donde, para bien o para mal, las expectativas suelen saciarse siempre. No engaña, mi tierra. Venimos y nos ven venir. Si desde el Estatuto hacia acá la cosa electoral se reducía a dilucidar de cuanta mayoría dispondría el Partido Socialista para gobernar otros cuatro años, en esta ocasión el parte meteorológico indica que el castillo se vendrá abajo y el Partido Popular accederá por primera vez a la Junta. Javier Arenas, que se presenta por cuarta vez y que representa el cambio tanto como el otoño representa la juventud podría convertirse en el nuevo presidente andaluz. ¿Méritos? Ninguno.

En Andalucía existe de antiguo un miedo atávico a la derecha. Tenemos motivos. El tiempo de los señoritos de cortijo y caballo no queda muy lejos. El Sur, tierra de latifundios y terranetientes y pobrecitos agachados al sol conserva todavía heridas abiertas. Por el Guadalquivir las aguas nunca han bajado del todo limpias.

Esta resistencia ancestral lleva ya años siendo doblada, especialmente en las grandes ciudades. Después de las últimas elecciones municipales, todas las capitales de provincia, incluidas Córdoba y Sevilla -bastiones tradicionales de la izquierda- están gobernadas por los populares. El temor primigenio pervive en el campo, donde la memoria es más larga y los viejos recuerdan mejor. Últimamente, sin embargo, el miedo convive con un sentimiento nuevo, que se abre camino inclinando balanzas: el asco.

Los andaluces queremos volver a ser lo que fuimos, dice el himno. ¿Hombres de luz que a los hombres alma de hombres les dimos? Aliteraciones aparte, ¿qué fuimos? Es probable que Blas Infante, un hombre de pensamiento romántico e inspiración andalusí, pensara en el esplendoroso pasado califal de la dinastía cordobesa de los Omeyas cuando escribió estas estrofas, pero la pregunta sigue ahí. ¿Qué fuimos? ¿Qué somos? Después de la Autonomía y las tres décadas largas de gobiernos socialistas, ¿qué somos? ¿qué fuimos?

Somos ocho millones de personas, una tercera parte sin trabajo. Una dinastía de emigrantes eternos, una sociedad profundamente autocomplaciente, soñadora, ensimismada con una imagen idealizada de sí misma, con una inquebrantable mentalidad de ya veremos mañana. La historia de Andalucía es una historia que se repite generación tras generación, una resignación que se hereda de padres a hijos y un futuro que ya hace tiempo que dejó de ser lo que era.

Treinta años después, ¿cuál es el veredicto? Los chicos de Griñán han conseguido desbordar el vaso que no tenía fondo. Tiene mérito lo suyo. A fuerza de corrupción, clientelismo, navajazos internos, chanchulleos e incompetencia han construido una sociedad clientelista y están a media semana de colocar al Partido Popular -que nunca se vio en otra igual- en el gobierno de Andalucía.

El PSOE es un acorazado lleno de cañonazos que maniobra para mantenerse a flote mientras le llueven bombas por todos los flancos. Griñán, un candidato de la vieja guardia, simplemente carece de argumentos para pedir el voto. A los socialistas solo les queda apelar a ese temor atávico a la derecha que Arenas intenta contrarrestar poniendo cara de niño bueno y yendo sin corbata de mitin en mitin. El PSOE andaluz es un cadáver que necesita una larga autopsia y una refundación. Para ganar, el Partido Popular solo tiene que pasar por encima del muerto. Esgrimir los datos económicos, las cifras del paro, todos los índices habidos y por haber en los que siempre estamos a la cola de todo.

Las encuestas dicen que lo hará. Pero son encuestas. La realidad es que hay una batalla librándose estos días en corazones y cabezas por todo este Sur de pena y de maravillas. Una batalla de aquí al domingo, en la que los andaluces tendremos que decidir entre el asco y el miedo.

Si vence el miedo, el Partido Popular ganará las elecciones sin mayoría absoluta y el PSOE se mantendrá en el poder con el apoyo de Izquierda Unida, a la espera de conocer un hipotético resultado de UPyD, que podría obtener representación. Si vence el asco habrá mayoría absoluta de los populares y Javier Arenas tendrá vía libre, después de tantos años, para desmantelar todo lo que haya quedado.

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