El resto es silencio

Fuera de los libros está la vida. Fuera de los libros las resacas son pegajosas, el dolor de muelas carece de poesía, los diálogos son insulsos y no existen finales apoteósicos. La diferencia entre ficción y realidad es que la primera tiene sentido. Si uno descarta la existencia de un Ser Supremo que lo tiene todo previsto, la vida se mueve entre el caos y el absurdo. La fe es un grito de auxilio: hay quien necesita a Dios para dotar de sentido a la narración.

Hablando de libros, el escritor adopta el papel que la fe atribuye a los dioses: moldea a los personajes, los lleva y los trae, manipula sus acciones, escoge sus palabras, los coloca en el escenario adecuado, los hace interactuar y, finalmente, los empuja a un final que da sentido a sus existencias ficticias. La literatura nos reconforta porque los libros contienen una lógica reparadora que nos pone a salvo del azar y los imprevistos.

La realidad avanza a trompicones impulsada por la acción de fuerzas que no podemos controlar. La calma y el frenesí se entremezclan sin sentido aparente. La vida es el aleteo de la mariposa que desencadena tormentas al otro lado del mundo: horas, temblores, miradas y días que se nos van cada noche por el desagüe. La literatura, en cambio,  se rige por reglas que conocemos de sobra. Por eso señalamos al autor que se saca de la mano un final efectista que rompe la verosimilitud del relato. El artificio narrativo, con su planteamiento, su nudo y su desenlace nos redime; su exactitud mecánica nos permite construir un andamiaje mental sobre el que levantar la ilusión de que, finalmente, no todo es absurdo.

Necesitamos creer que más allá del cristal que nos separa de la calle y más allá de los lunes y los tickets de metro está el mar. Y en el mar, un hombre que perseguirá implacablemente a una ballena blanca hasta que ya no le queden ni fuerzas ni aliento. Necesitamos cada tanto embarcar otra vez en el Pequod, sentir el viento en la cara y subir junto a Ismael a la cofia para contemplar las aguas tranquilas y azules. Volver a leer las piadosas palabras de Melville en honor de una triste rata de biblioteca en los prolegómenos de la obra:

Que lo pases bien, pobre diablo de sub-subbibliotecario que me permites estos comentarios. Perteneces a esa raza desesperada y pálida que ningún vino del mundo podrá reconfortar nunca y para la cual hasta el desvaído jerez sería demasiado rojo y generoso. Pero a veces nos gusta sentarnos junto a esa clase de gente y sentir que también nosotros somos unos pobres diablos y cobrar ánimo entre lágrimas y decir sin ambages, con los ojos llenos y las copas vacías, invadidos de una tristeza no sin agrado: “¡Renuncia, sub-sub! ¡Porque cuanto más te empeñes en agradar al mundo tanto menos te lo agradecerá! ¡Ojalá pudiera vaciar Hampton Court y las Tullerías para dártelos! Pero trágate las lágrimas y sube tu corazón hasta el tope, porque los amigos que te han precedido despejan los siete pisos del cielo para hacerte sitio y destierran de ellos a Gabriel, Miguel y Rafael, que los usufructuaron durante tanto tiempo. Aquí solo puedes brindar con el corazón destrozado. ¡Allí brindarás con un cristal invulnerable!”

Porque en el orden correcto, las palabras tienen la virtud de convertirnos en héroes.

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