Contexto

El periodismo nació como una cosa entre comerciantes, en los grandes puertos europeos de la Edad Media: Génova, Barcelona, Sevilla y sitios así. Las primeras hojas de avisos se limitaban a publicar los precios de las mercancías, fechas de salida y llegada de buques, naufragios y ese tipo de cosas. La edad de oro de la prensa llegó en el siglo XIX, con la invención de los nuevos métodos de impresión -linotipia, rotativa- que permitieron las grandes tiradas a bajo precio. Por aquel entonces los periódicos habían dejado atrás la información para dedicarse a la opinión y el politiqueo. No había partido político que no contase con un órgano de difusión encargado de la doctrina y la propaganda. Se trataba de un tipo de prensa deficitario: la influencia sobre la opinión pública compensaba la pérdida de dinero. Hasta que llegó la publicidad.

Alguien descubrió que los periódicos podían sostenerse a través de los ingresos por la inserción de anuncios publicitarios. También advirtió que el negocio solo sería rentable con una difusión amplia. Los periódicos dejaron de ser un artículo reservado a una pequeña parte de la sociedad -una élite ilustrada e interesada en los asuntos políticos- para abrirse a un espectro poblacional mucho más amplio. Fue entonces cuando surgió la gran prensa informativa. El asunto era sencillo: el medio debía mantener una objetividad estricta para llegar al mayor número posible de lectores; más lectores significaban más ingresos. El desarrollo de las comunicaciones, especialmente del ferrocarril, y la invención del telégrafo contribuyeron también de manera decisiva al nacimiento del nuevo periodismo: las noticias llegaban con rapidez, se crearon las primeras agencias de prensa y el mundo, por primera vez en la historia de la humanidad, empezó a menguar seriamente. Estamos en el último tercio del siglo XIX. La Correspondencia de España, editado por Manuel María de Santa Ana, -cuyo origen estaba en las Cartas Autógrafas que el mismo autor empezó a publicar en 1848- fue, estrictamente hablando, el primer periódico informativo de la historia de España.

La prensa informativa prevaleció. Los periódicos de carácter doctrinal entraron en decadencia y se refugiaron en el seno de partidos políticos y sindicatos. La lucha por llegar al mayor número posible de lectores y conseguir, por tanto, una buena cuota publicitaria, propició el nacimiento de la prensa amarilla. Las barreras sociales se derrumbaron y las páginas se llenaron de crímenes, sucesos, morbo y sensacionalismo. La información fue degradándose lentamente. Nada nuevo bajo el sol.

La siguiente revolución tuvo lugar ya en el siglo XX: la interpretación. Empezaron a surgir voces que reclamaban algo esencial que la mera información era incapaz de aportar: el contexto. Los datos objetivos aislados no permiten que el lector se haga una idea completa de fenómenos complejos. Se hacía necesario proporcionar datos complementarios. A las viejas cuestiones que habían definido durante casi un siglo la esencia del periodismo informativo, las míticas ¿qué? ¿quién? ¿cuándo? y ¿dónde?, se les añadieron el ¿cómo?, y, por encima de todo, el ¿por qué?

El oficio de periodista se reduce, fundamentalmente, a dos tareas: seleccionar y jerarquizar. En primer lugar, hay que localizar la noticia. En segundo lugar, hay que seleccionar los datos pertinentes, descartar los superfluos y, finalmente, dar forma a la selección final de manera que el lector distinga rápidamente lo esencial de lo complementario. Se trata de un trabajo con una carga subjetiva inevitable. El periodismo tiene unos límites físicos: disponemos del espacio (en prensa) y del tiempo (radio, televisión) del que disponemos, y no lo podemos contar todo. Esa es la parte difícil del trabajo.

Problema: la interpretación es un terreno resbaladizo. Proporcionar al lector el contexto imprescindible para entender un acontecimiento exige responsabilidades éticas. Ocultar, inventar o manipular los hechos en base a la línea editorial del medio o a la propia intencionalidad del periodista supone una inyección de ideología y propaganda en la información y degrada el periodismo y el papel de los profesionales.

Eso nos lleva de nuevo a la disyuntiva clásica: ¿información o interpretación? ¿Consignar los hechos sin más o ir más allá? Viendo las vergonzosas portadas de los últimos meses de periódicos como ABC o La Razón, uno se siente tentado a acogerse a la primera opción: narración pura y dura. El viejo axioma de hechos son hechos que resume la célebre sentencia de Graham Greene en El Americano Impasible: “Soy un reportero, y Dios solo existe para los que escriben editoriales”.

Problema: los hechos por sí solos no explican el acontecimiento. Tomemos las recientes revueltas en Barcelona, por ejemplo. La descripción se queda corta, no sirve para comprender el significado profundo del acontecimiento, no nos permite encuadrarlo en un contexto histórico y social; no nos da, en definitiva, una imagen completa de lo que está sucediendo. Necesitamos más datos: necesitamos conectar la violencia de los manifestantes con las cargas policiales de Valencia, los recortes gubernamentales de los dos últimos años, la situación económica del país, las tasas de paro, el descontento juvenil, etc.

Información e interpretación, ahí estamos. El buen periodismo solo es posible mezclando una y otra en la proporción adecuada y manteniendo la exigencia ética. Cuando se hace bien, el periodismo es una maravilla. Cuando se hace mal, una vergüenza. Los medios de comunicación optan, cada vez más, por seguir la línea editorial y enterrar el libro de buenas prácticas. Estamos volviendo a los tiempos de la prensa política, con un agravante: hoy en día la propaganda se disfraza de información.

Se habla mucho de la terrible situación por la que atraviesa la prensa en estos momentos. El sector es un llanto continuo, un coro de quejas que no tiene fin. Pero hay poca autocrítica. Los medios de comunicación se entierran solos: sacrifican la credibilidad en aras del mercadeo partidista, insultan la inteligencia del lector, sustituyen el periodismo de verdad por un subproducto adulterado de fabricación sencilla y consumo rápido y se suicidan dulcemente. Todo ello en medio de una crisis económica mundial de proporciones descomunales.

No es la primera vez que la prensa se enfrenta al Apocalipsis. El periodismo honesto que cuenta los hechos y profundiza en las causas dejando las conclusiones para el lector siempre será necesario. El otro, no. Las crisis profundas conllevan una selección. Aquellos que respondan a las expectativas del público sobrevivirán. El resto, no. Será bueno tenerlo en cuenta cuando lleguen los cierres y las lamentaciones.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Periodismo y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s