Las Ilusiones Perdidas

Leyendo libros a veces uno se encuentra espejos. Palabras inquietantes que te devuelven una imagen desgarrada de ti mismo. Por eso me cuesta hablar de Balzac. Debería decir, antes de seguir adelante, que leer a Balzac es una de las mejores cosas que se pueden hacer en esta vida. Nadie debería atreverse a morir sin haberse acercado antes a alguna de las casi noventa novelas que componen la Comedia Humana,  la empresa más ambiciosa que jamás emprendió escritor alguno, una serie de obras entrelazadas que se revelan como un fresco impresionante de la sociedad francesa del siglo XIX. Realismo puntilloso, psicología y romanticismo desgarrado. Una cosa abismal.

¿Hablamos de Honoré? Dijo una vez el amigo Bukowski que echaba de menos los tiempos en los que la vida de los escritores era más interesante que su obra. Digo: hoy en día estos escritores nuestros que escriben de follar y ponerse hasta lo alto, estos viejitos, estos chavalitos, esta manera de escribir desde un cuarto aséptico, esta posmodernidad en la que los escritores escriben desde fuera de la vida inventando idiomas, territorios míticos y pollerías que delatan su incapacidad de acercarse a la realidad, hundirse en el fango y construir un altar, esto, ¿qué es? Se han muerto los escritores vivos que escribían para los vivos. Es tan difícil encontrarse hoy en día un escritor vivo… Están muertos, escriben para los muertos. No hay pasión, no hay fuego, no hay ese dolor de los viejos tiempos, esa agonía de Dostoievski o de Kafka, de Dickens o de Céline. No quiero ponerme romántico. Me conozco. Pero hay escritores cuyas páginas sangran y escritores que apestan a alcanfor. Balzac vivió y lloró y se rió a carcajadas y se arruinó y folló y pasó penas y dejó encriptado entre sus palabras el rastro de diez mil heridas abiertas. Eso cuenta. Por eso Balzac es un muerto que sigue hablando a los vivos doscientos años después.

Repito, soy un romántico. Y tocante a libros, la tontería raya en el fetichismo. Cuando agarro Las Ilusiones Perdidas, novecientas páginas en edición de bolsillo, escucho una melodía, escribo dentro de mi cabeza un poema que tiene un significado profundo y que no sé transcribir. En junio de 2010 terminé la carrera. Pasé seis meses buscando trabajo sin resultados visibles. Supongo que lo habré escrito por aquí más de una vez pero no está de más repetirlo: me encantaba Madrid. Llegó diciembre y me iba. Dos días antes de nochebuena andaba una tarde buscando un libro por los lugares habituales. Era mi último día en la ciudad y tenía el cuerpo sensible y el espíritu predispuesto a la metáfora. Se hacía tarde, era casi de noche, llovía y tenía una borrachera pendiente. Vi el libro: su título era una síntesis perfecta de mi estado de ánimo. Cuando la vida se te planta enfrente con un simbolismo tan obvio resistir es absurdo. Pagué y me fui a beber. Al día siguiente cogí el tren, pero esa es otra historia. Cuando toco Las Ilusiones Perdidas toco una época de mi vida que ya no existe más.

El libro va de un chavalito de provincias, Lucien Chardon, hijo de un farmacéutico y de una marquesa venida a menos, que intentará abrirse camino y medrar en la escala social utilizando su belleza, sus finos modales y cierto talento literario. Ayudado por David Séchard, su mejor amigo, y por su hermana Éve, Lucien conseguirá entrar en el reducido círculo de la aristocracia local, encarnada en Louise de Negrepelisse, una cuarentona rica y caprichosa que se enamorará con desgana del joven Chardon. Etcétera etcétera. Sinopsizar una novela del diecinueve es aburrido, como veis, y un poco tonto. En realidad, el argumento no importa. Las Ilusiones Perdidas se reduce a Lucién Chardon y David Séchard, los dos amigos antagónicos que escriben a cuatro manos una tragedia inolvidable. Lucien es un egoísta incosciente del dolor que provoca, David tiene el corazón puro. Lucien se deja cegar por el lujo, David se mantendrá honrado hasta el final. Lucien marchará a Paris, David permanecerá en su pueblucho. Lucien se hará periodista y conseguirá publicar un libro de poemas. David se matará a trabajar y se casará con la hermana de Lucien. Lucien se corromperá, David no. Todos amarán a Lucien y Lucien no amará a nadie. Todos sufrirán por culpa de Lucien y Lucien no sufrirá por nadie. Las Ilusiones Perdidas es la historia de un chaval que rompe todo lo que toca, a veces queriendo y a veces de refilón.

Pero hablábamos de espejos. Hay libros que te tocan más de la cuenta, libros que nunca se acaban, palabras que siguen rondándote la cabeza años después y que te siguen abriendo heridas. Me pasa con Arturo Bandini, me pasa con Julian Sorel, me pasa con Lucien Chardon: los considero hermanos míos, pienso en sus vidas inventadas como pienso en mi propia vida, su tristeza es mi tristeza y me escuecen en la conciencia cada una de las decisiones erróneas que tomaron como si yo mismo hubiera decidido por ellos.

Pienso a menudo en Lucien subiendo desde el arrabal hasta el palacete de su madame ricachona, con sus pensamientos de grandeza, cuando todavía es un niño inocente ajeno al gran mundo que lo arrastrará para siempre. Lo veo montado en una carroza camino de París y me veo a mí mismo en un tren viajando hacia el norte. Entrecruzo sus recuerdos con los míos. Mi esperanza no puede olvidar su tragedia. Su desgracia viaja siempre conmigo.

Las Ilusiones Perdidas se publicó en 1830. Contiene descripciones tremendamente pesimistas de una época que se parece inquietantemente a la nuestra: consecuencias del naturalismo del primo Honoré y de su afán minucioso por describirlo todo y dar cuenta de todos los rincones de la sociedad. Balzac continuó la historia de Lucien Chardon en un volumen publicado en 1847 titulado Esplendor y miseria de las cortesanas. Lo tengo en la estantería desde navidad, pero me da pánico leerlo. Estoy convencido de que terminará mal. Y no quiero ver a Lucien morir en mis brazos.

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