Muchachos

No es prudente revelar esos datos al enemigo.
Antonio Moreno, Jefe Superior de la Policía de Valencia, preguntado por el número de policías desplegado para contener las protestas en el IES Luis Vives

Hoy era día de interpretaciones y titulares. Y unas y otros bailan al son del que pone los duros y el que paga las gambas. Da igual. Los hechos son los hechos. Las imágenes están ahí. No es la primera carga policial, ni va a ser la última. El caso de Valencia es llamativo, por la desproporción y por el escenario. Por la desproporción porque no parece que unos chavales que protestan porque en su instituto ya no hay fondos ni para pagar la calefacción sean una amenaza seria para nada ni nadie. Por el escenario porque la Comunidad Valenciana ejerce como metáfora central del desastre español: despilfarro total, carreras de Fórmula 1, visitas papales, campeonatos del mundo de Vela, aeropuertos sin aviones, obras de ingeniería a medio hacer, maquetas que se pagaron a tocateja y un presidente, Francisco Camps, que tuvo que dimitir, que fue juzgado y que tuvo que oír, en el estrado, conversaciones con el chungo cabecilla de una trama mafiosa que harían esconder la cabeza a cualquiera con un mínimo sentido de la decencia; un presidente que se apresuró a sacar pecho y sonrisa de foto al ser declarado no culpable: Valencia, donde las farmacias cierran semana sí semana también por los impagos y donde la Generalitat no puede hacer frente a las facturas de la luz. España: cuando una sociedad se corrompe tanto que la podredumbre llega a lo más íntimo de la sangre no hay nada que hacer. La policía partiendo bocas no es la enfermedad, es un síntoma más. El tumor que nos roe y nos mata, si no nos ha matado ya, está más escondido y más hondo. El lenguaje militar empleado por el jefe de policía valenciano invita a interpretaciones siniestras.

En realidad una protesta organizada no es nada, no va a socavar los cimientos de nada, no va prender la mecha de nada. Una protesta es solo eso: un desahogo, una pataleta en la calle, un grito que resuena, con suerte, tres calles más allá. Y ya está. No pasa nada. Nunca pasa nada. Un Gobierno con mayoría absoluta puede permitirse el lujo de no hacer ni puto caso a la gente, sobre todo cuando lleva apenas dos meses en el poder. El problema tampoco es ese. Cuando uno va a un acto de estos, y pienso en los muchachos del instituto en cuestión, sabe que con suerte va a conseguir salir en la prensa local y poco más. Sabe que el consejero/delegado/responsable de turno se esconderá entre los recodos de una retórica gastada para escurrir el bulto y esperar a que amaine el temporal sin solucionar nada. Nos conocemos.

Resulta tremendo que el Estado pierda las formas por tan poca cosa. Ya ocurrió en el desalojo de la Plaza Catalunya hace unos meses y volvió a suceder ayer. Revela una tensión latente preocupante, sobre todo, cuando uno mira hacia el horizonte. Vienen meses duros. Vamos a ver muchas más protestas, vamos a ver una huelga general, vamos a ver cosas que no hemos visto hasta ahora. La actuación policial de ayer en Valencia fue injusta y desproporcionada, pero fue, por encima de todo, increíblemente estúpida. Los muchachos volverán, y, ahora sí, la mecha prenderá en otras ciudades.

Si una simple protesta estudiantil degenera en una andanada de hostias y piedras volando y hocicos rotos, ¿qué será lo siguiente? Se habla mucho de paz social. Se mira de reojillo a los griegos. Cuando una sociedad se enfrenta a una situación como la que en estos momentos sacude España, con el paro por las nubes y el Gobierno hablando de sacrificio tras sacrificio, existe un miedo lógico a que la situación se descontrole. Todavía no hemos visto neumáticos ardiendo en mitad de la autovía, ni manguerazos, ni desgracias mayores, pero el equilibrio social empieza a ser cada vez más precario. El abismo está ahí, y nadie sabe cuándo llegará, si es que llega, el resbalón traicionero que nos haga caer.

No espero dimisiones, porque esto es España. Sería estupendo que alguien pusiera su cargo a disposición de la autoridad competente y se buscara un trabajo nuevo pero, repito, esto es España: se nos da mucho mejor acercar el mechero que apagar el fuego.

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