Tiempos raros

Una mañana tuve una revelación dando vueltas a lo tonto por Madrid. Una revelación en el sentido místico, al estilo de San Juan en la isla de Patmos: una visión puesta ante de mis ojos por la mano de Dios para que años después, solo años después, el sentido profundo de la imagen se abriera paso arrastrándose por el subconsciente hasta alcanzar el interruptor de la luz. Clic.

Esto vi: seis hombres sucios fumando, seis hombres con los brazos en jarra, seis hombres en camiseta de tirantes y pantalón de faena. Un hombre con una pala dentro de una zanja. Seis hombres que reían. Un botijo en el suelo, unos metros más allá. Al lado, una radio a pilas sintonizada en una emisora de música folclórica. Y también un montón de arena y una hormigonera y herramientas aherrumbradas y sacos de cemento y vigas de acero y restos de papel de aluminio y paquetes arrugados de Winston. Siete hombres sin uniforme, ni casco ni chaleco reflectante. Uno que trabaja, seis que no pegan chapa. Una puta obra de las de toda la vida.

Diréis: no me lo creo. Os digo: Seguí andando como si tal cosa, camino de donde quiera que fuese, con la canción a mi espalda apagándose en sordina. Diréis: es todo tan asquerosamente tópico que solo falta una tía buena paseando por delante de los albañiles y desencadenando una ola de burdos piropos machistas. Os digo: puede ser, pero yo no lo vi. Diréis: drogas. Os digo: sí. Pero es sabido que Dios se manifiesta a través de organismos intoxicados. ¿O creéis acaso que San Juan contempló dragones de siete cabezas y jinetes oscuros cabalgando por los cielos desatando la muerte después de tomarse un bifidus?

Lo que vi fue una viñeta de Mortadelo y Filemón volcada en la acera, una escena de Berlanga fuera del celuloide, un pedazo del pasado en medio de los años dosmiles, una señal, un adiós, una agonía.  Vi el último coletazo de un tiempo sin teléfonos móviles ni pantallas de plasma, en el que se fumaba hasta en los hospitales y se echaban las cuentas en duros. Eso vi.

Me diréis: ¿y qué?

La imagen ha permanecido en mi cabeza durante todos estos años, resguardada del olvido por quién sabe qué mecanismos extraños de la memoria, solo para regresar esta mañana y hacerme escribir este sinsentido de tan pocas luces. Seamos claros: somos residuos de un mundo que ya no existe. Como aquellos albañiles y aquel botijo y aquel radiocasete a pilas, somos imágenes fantasmagóricas deambulando por las aceras. Las promesas se derrumban y quedan en pie las mentiras. Como la cucaracha de Kafka, nos hemos despertado en medio de una pesadilla sin saber cómo hemos llegado hasta aquí y, lo más importante, dónde cojones está la puerta de salida.

Sueldos de cuatrocientos euros, contratos de mierda, empresarios frotándose las manos sin saber que nuestra ruina prepara y anuncia la suya, políticos ineptos que dicen que vamos de culo y se encogen de hombros, expertos que se llenan la boca de tecnicismos para encubrir su ignorancia. La fiesta se ha terminado y nadie tiene ni puta idea de nada.

Todo lo que has aprendido, mierda. Las expectativas creadas, mierda. Los planes, agua. El futuro, humo. Yo nací en los ochenta en un país del primer mundo. Tengo 27 años y un panorama delante que no se parece en nada a lo que mi generación había visto hasta ahora. Cuando ves arder los edificios en Grecia, cuando ves a la patronal exigiendo que se restrinja el derecho a huelga y al Gobierno sonriendo de medio lado, cuando ves a la mitad de la gente que conoces en el paro y a la otra mitad boqueando de asfixia cuando llega el día quince, entonces sabes que este mundo ya no es el tuyo. Que ya no vives en un país del primer mundo sino en algo diferente, que aún no te sabes explicar porque careces de la perspectiva necesaria para analizar la situación.

Dentro de unas décadas los libros de historia señalarán estos años como una época de fractura: el momento exacto en el que el viejo mundo se resquebrajó dando paso a otra cosa. Y tal vez dedicarán unas líneas a consignar todo y a todos los que se quedaron por el camino, o tal vez no.

Somos el botijo, el radiocasete a pilas y los albañiles sin casco y chaleco. Y no sabemos qué va a ser de nosotros.

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