Grandes losers de la Historia de España: Isidoro Antillón

Isidoro Antillón era uno de esos hombres ilustrados que a comienzos del XIX se dieron de frente con la invasión napoleónica y la gran decisión de sus vidas: elegir bando. No era una cuestión baladí. Francia era el enemigo, la potencia exterior y Napoleón poniendo Europa patas arriba; también era la modernidad, la revolución del 89, el código civil y la nueva era. España era la patria, pero también era un cenagal: la barbarie que pintó Goya, los reyes corruptos, los validos inútiles, el pueblo muerto de hambre, el absolutismo y la Inquisición. Antillón se vio ante el mismo camino bifurcado en que se vieron Jovellanos, Moratín, Blanco White, Argüelles, Quintana, Lista, y el resto de próceres que hoy son estaciones de metro, avenidas, calles y retratos en el Museo Romántico de Madrid.

Nacido en Santa Eulalia del Campo, Teruel, en 1778, Isidoro de Antillón y Marzo fue un geógrafo estupendo, un político de brillante oratoria y un periodista decente. Fue nombrado profesor de Geografía en el Seminario de Nobles de Madrid con tan solo veintiún años. Compaginó la enseñanza con un ambicioso proyecto profesional: realizar el primer atlas completo de la geografía española. En ello estaba cuando llegó la guerra.

Inciso. En 1808, España era una vieja potencia mundial venida a menos y apolillada, un estado absolutista en manos de un perfecto incompetente: Carlos IV. Contar la Guerra de la Independencia se hace un poco pesado. En pocas palabras: el hijo del rey -un hijoputa de manual que después habría de gobernar con el nombre de Fernando VII- conspiraba para largar al viejo del trono. Después del motín de Aranjuez, que forzó la abdicación de Carlos, Napoleón, que estaba al quite, se ofreció a poner paz. El emperador, que tonto no era y vio el par de gilipollas que tenía delante, hizo lo más lógico desde su punto de vista: los mandó a tomar el sol a Bayona, invadió el país y colocó en el trono a su hermano José I Bonaparte. Después vino el 2 de mayo, el alzamiento popular, Daoíz y Velarde, Bailén, la guerra de guerrillas, Wellington, las Juntas de Defensa, Cádiz y, finalmente, en 1814, la victoria final. Los franceses como vinieron se fueron y Fernando VII fue entronizado rey. Todas las guerras son putas y malas, pero ninguna tan trágica como la de la Independencia. El pueblo se dejó matar y se abrió las carnes para entregarle el trono a un pedazo de cabrón con pintas que renegó de la Constitución del 12, volvió al absolutismo, persiguió a quienes se mostraron contrarios a sus políticas y acabó con cualquier atisbo de libertad durante los casi veinte años de su mandato: Fernando VII.

Antillón otra vez: Aunque admirador de la cultura francesa y favorable a algunas de las reformas napoleónicas, Isidoro se mostró contrario a la invasión y se decantó por la resistencia. En Zaragoza formó parte de la Junta de Defensa provincial y asistió al sitio de la ciudad. En Sevilla se hizo cargo, junto a José María Blanco White, del Semanario Patriótico Español. Blanco se encargaba de la parte política/informativa. Antillón, de la parte histórica. El periódico, que había sido fundado por Quintana en Madrid en 1808, conoció una segunda etapa gloriosa bajo la dirección del dúo Blanco/Antillón, que entregaron a la historia uno de los más destacados ejemplos de prensa política del siglo XIX.

En 1812, nuestro hombre fue elegido diputado en las Cortes de Cádiz. Fue el primer político español que se posicionó abiertamente en contra de la esclavitud y luchó para prohibir los castigos corporales en la escuela. Los absolutistas lo odiaban. De aquellas Cortes saldría la Constitución de 1812, la primera de la historia de España (la carta otorgada de Bayona era más bien un paripé) y una de las más avanzadas de su tiempo.

Inciso: el bando patriota que se opuso y luchó contra la invasión napoleónica no era ni mucho menos un grupo homogéneo. Estaba integrado por liberales, absolutistas y reformistas, cada uno de su padre y de su madre y con ideas e intenciones muy distintas una vez acabada la guerra, desde una revolución liberal a la vuelta al antiguo régimen.

El 3 de noviembre de 1813,  Antillón sufrió un atentado. Consiguió sobrevivir. Herido y enfermo, se retiró a Mora de Rubielos (Teruel). Allí vinieron a detenerlo en julio de 1814. Acabada la guerra, Fernando VII regresó a España, derogó la Constitución de 1812 y ordenó encarcelar a los liberales. Antillón, agonizante, fue trasladado a Zaragoza. Murió en el camino y fue enterrado en Santa Eulalia, el pueblo en el que había nacido tan solo 38 años antes.

Ese debió de haber sido el final de la historia. Un buen geógrafo y hombre de ciencias que en un momento dado eligió un camino, un tipo que tuvo unas ideas, las defendió, hizo la guerra redactando periódicos y discutiendo leyes, ganó, y tras la victoria, fue destruido por el rey a quien él mismo había contribuido a restituir en el trono. Algo así como una metáfora triste del pueblo español. Pero la historia no acabó ahí, y la metáfora se convirtió en otra cosa más profunda y más poderosa.

El 1 de enero de 1820, el teniente coronel Rafael de Riego acabó con el reinado absolutista de Fernando VII mediante la vía del golpe de Estado. El rey juró la Constitución del 12 y durante tres años los liberales ejercieron el poder en España. En 1823, el rey pidió ayuda a la Santa Alianza (Prusia, Austria, Rusia y Francia) Los Cien mil hijos de San Luis llegaron a España para acabar con los liberales y devolver el país al absolutismo. El ejército liberal, fragmentado y desunido, apenas fue capaz de oponer resistencia. Una vez que el rey tomó de nuevo el control, las represalias fueron terribles. En Santa Eulalia del Campo alguien decidió que Isidoro Antillón, el liberal que llevaba diez años muerto, también merecía un castigo. Su tumba fue profanada y una turba furiosa exhumó su cadáver. Lo ahorcaron. Lo quemaron. Y esparcieron las cenizas al viento.

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