Cervantes y la gloria prometida

Cervantes publicó la primera parte de El Quijote en 1605 y lo petó. Hay que ponerse en la piel del tipo: un soldado veterano con aspiraciones literarias que después de luchar en la batalla de Lepanto y pasar un largo cautiverio en Argel y Constantinopla (con intentos de fuga incluidos) regresa a España para buscarse el sustento en las letras. Nuestro hombre se entrega con pasión al teatro y saca a la luz varias obras, la mayoría perdidas, que ni fu ni fa. En aquella época, entendámonos, el teatro era Lope de Vega y su Comedia Nueva, con su poquito de planteamientos neoplatónicos, su mijita de exotismo, sus coplillas, sus versos maravillosos (con viento mi esperanza navegaba/perdonola la mar, matola el puerto) y su complicidad con el pueblo llano, que se sentía identificado con sus intrigas y personajes. Cervantes, que defendía una comedia artística basada en las reglas clásicas y en el viejo principio de “enseñar deleitando” tuvo que doblegarse ante el “monstruo de naturaleza”, como él mismo bautizó a Lope.

Don Miguel se refugia en la prosa y publica su primera obra en 1585. La Galatea era una novela pastoril, muy a la usanza de los tiempos, influida por las églogas y la visión bucólica de Garcilaso de la Vega. No fue un gran éxito. Estamos en condiciones de afirmar que nadie nacido después de mil seiscientos veintiocho ha leído semejante librejo. Después de eso, la oscuridad, el crepúsculo. El silencio.

Cervantes se pasó veinte años a la buena de dios, espantado de las imprentas. Pasó por diversos oficios y mudó de ciudad varias veces, pasando fatigas y hambre con su peculiar familia a la espalda. Pidió mercedes a los poderosos en retribución a sus largos años como soldado que le fueron negadas repetidamente. Finalmente, consiguió un empleo recaudando especias en nombre del rey para surtir a la Armada Invencible, que se preparaba para invadir Inglaterra. Por un allá robaste y ciertas acusaciones se vio en la cárcel y fue allí, o al menos eso gustó de asegurar posteriormente, donde concibió la idea de escribir el Quijote.

Asómbrense: una historia  sobre un anciano manchego al que se le va la cabeza a fuerza de  leer libros de caballerías, un loco que deambula por la llanura acompañado de un escudero simplón, con un puñado de armas oxidadas y un discurso alucinado en los labios. La obra era una sátira implacable contra los libros de caballerías y se convirtió rápidamente en un best seller sin precedentes. Aún en vida de Cervantes se habían imprimido más de diez mil ejemplares y la obra había sido traducida al inglés y al francés. Don Miguel vio pocos maravedís. Su privilegio de impresión se circunscribía únicamente a Castilla. Las copias piratas impresas en Aragón, Flandes, Barcelona y Valencia no le reportaron ni un duro. En cuanto a terminar con los libros de caballerías, a fe que lo consiguió: el Amadís de Gaula, algo así como El Código da Vinci de la época, no volvió a publicarse en España hasta el siglo XIX (curiosamente, hoy en día estos libros vuelven a publicarse como herramienta para los estudiosos de la obra cervantina, por lo que puede decirse que el Quijote, que mató en su día las novelas de caballeros andantes, las resucitó involuntariamente siglos después).

Las aventuras del penoso caballero fueron el no va más y corrieron de boca en boca: todo aquel que sabía leer las leyó; quienes no sabían se procuraron quien se las transmitiera de viva voz. Si uno veía pasar un caballo en los huesos que había conocido tiempos mejores no era extraño oírle exclamar: ¡por allí va Rocinante!

Cervantes no era tonto y procuró adaptar su novela al gusto popular. La primera parte de el Quijote tiene una absoluta pretensión comercial, de ahí las novelitas intercaladas del curioso impertinente, del cautivo en Argel, las historias de los pastores Grisóstomo y Marcela, de Cardenio y Luscinda y de todo el que se cruza, en fin, con nuestro caballero, una técnica en auge en aquella época y que hoy nos puede parecer inapropiada por quebrar sin motivo el ritmo del relato.

Hay que advertir que la primera parte de Don Quijote es tirando a regular. Empieza muy bien: el primer capítulo es una maravilla y la obra mantiene el tono durante las doscientas primeras páginas, hasta que caballero y escudero llegan a Sierra Morena. Ahí Cervantes pierde el hilo y la historia se le va de las manos. Una vez liberados los galeotes (de largo, el mejor episodio de la obra) y puesto don Quijote en penitencia, todo es un no parar de personajes estrafalarios (Cardenio, Dorotea, Luscinda, don Fernando) que se dan cita en  una venta de Ciudad Real, convertida por arte del azar novelesco en el centro del universo. Lo que hasta entonces había sido una cosa intimista pasa a ser una bacanal de despropósitos y amoríos. La obra toca fondo con el Curioso Impertinente, sesenta páginas que no vienen al caso sobre dos pavos chungos florentinos (novela italiana renacentista, idealismo puro y duro que rompe con el realismo de la historia principal). A partir de ahí el libro queda herido de muerte y poco más qué decir. Don Quijote vuelve a su aldea molido a palos y el libro termina porque tiene que terminar, no porque lo imponga el secreto mecanismo que da aire a las obras maestras, la mano firme que se adivina echando la vista atrás y que encadena los acontecimientos en un desarrollo impecable y sin vuelta de hoja. El genio, en resumen.

La suerte de Cervantes fue lo que él juzgó su desgracia: la aparición de una segunda parte apócrifa firmada por un tal Avellaneda. A Don Miguel aquello le sentó como una patada en los huevos y hay que entenderlo. Después de toda una vida puteado, intentando escribir algo para asegurar los garbanzos y ganar si se tercia un rinconcito en la gloria, llega otro encubierto con un seudónimo, se adueña de tu creación (el gran mérito de la primera parte es precisamente la invención de Don Quijote y Sancho, dos arquetipos absolutamente originales y sin precedente alguno en la larga historia de la literatura) y te la pone a bailar a su son.

¿Qué hizo Cervantes? Publicar su propia continuación. Y aquí reside el milagro. Porque la segunda parte de las aventuras de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha es una maravilla absoluta, genial de principio a fin, inmejorable, sin relatos intercalados que rompan la línea de continuidad, con una planificación cuidadosa y una inteligencia sutil y precisa que se deja notar en cada una de las páginas de la historia. Hablando claro: es la hostia. Sin la provocación de Avellaneda no habría existido Cervantes, porque sin el remate genial del segundo libro, el primero habría caído en el olvido o, cuanto menos, no habría alcanzado el status de gloria literaria del que la obra completa goza en la actualidad.

Desde el prólogo (benditos aquellos tiempos en que los libros incluían un prólogo puño y letra del autor, que se permitía, con esa sutileza y educación del siglo de Oro, poner verdes a sus enemigos con gracia y donaire) hasta la muerte del héroe convertido en Alonso Quijano el Bueno (ese viejecito noble que muere en su cama después de pasarse mil páginas haciendo locuras es, por cierto, la semilla de la que nace todo Dostoievski, y medio Tolstoi también), la obra fluye con una respiración certera y sus significados e interpretaciones se desbordan y alcanzan los infinitos.

Todo lo que hace grande el Quijote está en la segunda parte. Los juegos de espejos, la inquietante pregunta de quién es realmente el loco y quiénes los cuerdos, el proceso amargo por el que Don Quijote va recuperando poco a poco el juicio y Sancho Panza lo va perdiendo, la broma continúa de los autores (Cervantes utiliza la técnica de atribuir la historia a otro autor, en este caso el musulmán Cide Hamete Benengeli, y se presenta como editor del texto encontrado, jugando continuamente con el lector), la obra dentro de la obra, la metaliteratura en fin; todo eso que hoy hace Paul Auster, pero bien escrito y con gracia.

En la segunda parte, Don Quijote y Sancho recorren un mundo en el que la primera parte de sus aventuras y aún la apócrifa han sido publicadas: las gentes con quienes topan han leído el libro y Cervantes va tejiendo una tela de araña que se convierte en un laberinto a medida que la obra avanza y se encamina a su final anunciado. El enigma: dónde está la verdad, dónde el artificio, dónde la representación. Borges tampoco hubiera existido sin Cervantes.

Pero volvamos la vista al viejo soldado y a su triste final. Cervantes, que fue un cachondo e inventó la novela moderna y el realismo, la diñará en la puta ruina y suplicando días antes de morir unos dinerillos a su valedor, el conde de Lemos, como demuestra la dedicatoria/carta que se incluyó póstumamente en Los trabajos de Persiles y Segismunda, su última obra (puesto ya el pie en el estribo, con las ansias de la muerte, gran señor, esta te escribo…) Literariamente, murió sin descendencia, a pesar de que todos los escritores que vinieron después son sobrinos y nietos suyos. Como todos los grandes genios, abrió el camino y lo cerró a su paso, dejándolo impracticable. Nadie se ha atrevido después a retomar la novela dialogada, la sátira implacable y el humor del último gran literato renacentista que hubo en Europa. Quizá porque la literatura posterior, sobre todo la española, se fue volviendo cada vez más seria, y quizá también por influjo de ese otro monstruo, William Shakespeare, que sentó para siempre las bases de una tradición basada en el conflicto interior, opuesta al individuo en lucha con el mundo exterior, permeable a él y a cuantos le rodean, que propugnó Cervantes.

Como sea. El genio más grande habrá de morir un 23 de abril de 1616 (misma fecha de la muerte del tío Shakespeare, pero distinto día, cosas del calendario gregoriano) arruinado y sin saber de la gloria inmensa que le depararán los siglos venideros. Simbolismo puro.

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5 respuestas a Cervantes y la gloria prometida

  1. Ramiro dijo:

    Cervantes escribió el Quijote para cargarse las obras de caballería, en especial Amadís de Gaula, ¿qué encierran estas obras?, esta es la cuestión:

    http://ramiropinto.es/escritos-literarios/ensayos/amadis-de-gaula-2/

    El 28 de enero habrá una charla sobre Amadís d Gaula en Alcalá de Henares….

  2. En mi opinión, Cervantes utilizó las obras de caballería como andamiaje para apuntalar la narración en el Quijote, que, no hay que olvidarlo, es mucho más que una mera sátira contra este género de libros (un género que, por otro lado, Cervantes parecía conocer muy bien). No sé si pretendía cargárselas o simplemente ridiculizarlas, pero lo cierto es que se las cargó.
    Supongo que lo hizo porque tenía una concepción de la literatura (y de su función social) que chocaba frontalmente con los libros de caballerías.

    Gracias por tu aportación

    • Ramiro dijo:

      Fíjese que en los poemas inciales comienza aludiendo a Urganda, personaje de Amadís de Gaula, termina la parte del Quijote y el final en el que habla el autor con Amadís, indicando claramente la intención de acabar con esta novela y las de caballería en general. Y luego cita a Amadís 32 veces. Pudo haber elegido otras obras.

      El eje de la obra es la construcción del amor idealizado, el enamoramiento, el lado opuesto de Amadís. (http://ramiropinto.es/libros-ramiro-pinto/tratado-del-enamoramiento/te/)

      Lo cual no quita en nada mérito a la obra de Cervantes como obra literaria.

  3. Yo creo que es más simple: Cervantes cita el Amadís más que ninguna otra novela de caballerías porque es la obra más representativa del género.

    En cuanto al enamoramiento, aunque el Quijote, como todos los grandes libros, está sujeto a múltiples interpretaciones, para mí el amor es un tema secundario en la obra de Cervantes.

  4. Ramiro dijo:

    Bueno, lo que inspira a don Quijote es su amor amor-enamoramiento a Dulcinea. Ella es la referencia de todas sus aventuras.

    Es cierto que hay más temas, pero es una obra que representa lo que es el enamoramiento al desnudo, a la vez que anula en su personaje la sexualidad y desde entonces hay un fenómeno de castración de la literatura.

    http://ramiropinto.es/libros-ramiro-pinto/tratado-del-enamoramiento/

    ¿Qué es lo que no se quiere que se lea en la obra de Amadís y en las novelas de caballería en general, pero sobre todo Amadís, que el cura guarda cuando están tirando otros libros y no lo rescata como Tirante de Blanche, sino que dice que hay que guardarlo y que no se lea.

    Creo que no hay que interpretar nada, está todo dicho en las obras abiertamente y claramente.

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