El tiempo entre olivas

Llegas por la mañana con el helazo cubriéndolo todo (helazo: escarcha, una capa fina de hielo, cielo raso más noche) y las mantas heladas (mantas: fardos de tela metálica, 7 x 14, que se abrochan bajo las olivas, una arriba y otra abajo, al objeto de recoger los frutos caídos) y tus manos, hermano, son un poema pidiendo a voces café y una lumbre. Pero no hay tiempo porque hay que montar la máquina (máquina: brazo con gancho más motor; función: hacer que las ramas vibren, las aceitunas caigan) y empezar ligero por acabar temprano.

Intuyes que afuera hay un mundo que te afecta cada vez menos. Sabes del nuevo Gobierno, que Montoro -que dicen que es paisano- anda buscando de cuadrar los presupuestos mirando de no tocar nada gordo hasta pasadas las elecciones en Andalucía por aquello de no meter miedo. Que Guindos dijo algo en una entrevista en el extranjero sobre controlar los presupuestos autonómicos que ha provocado pocas sonrisas y más bien bocas abiertas en según qué comunidades. Que Rajoy no dice nada. Que sube el paro y la crisis se traga más pobrecitos.

Piensas en la siguiente oliva, el tacto a plástico de la vara en la palma de las manos (vara: artilugio recto y delgado de avarear, (avarear: acción de golpear el árbol) sobre dos metros veinte, antes de sarga, avellano, álamo negro, hoy de fibra sintética y goma en la empuñadura), calculas las horas que restan, primero hasta la merienda (merienda: comida de mediodía, pan con aceite, chorizo, morcilla, bacalao, tocino en la lumbre, los días de mucho calor pipirrana) y luego hasta la caída del sol, para volver a casa, al sofá, el café, la ducha y el descansar.

No tienes tiempo para periódicos mientras tarareas una canción arrastrando la manta. Planeas para cuándo todo termine, a primeros de febrero con suerte, si sigue sin llover, a mediados con agua, ¿adónde ir? ¿y cómo?. Tu título universitario sangrando en un despacho de la facultad, tu diploma muerto de risa. Contemplas tu ropa manchada pensando, válgame el cielo, yo hace tres meses trabajaba en un palacio y con camisa y zapatos…

El frío por la mañana, el calor a partir de las once, la manga corta en enero, el sudor y la espalda tensa cargando un saco, dejando caer una cascada de aceitunas en el remolque, el ruido como un repiqueteo, el goteo incesante de algo que gime por dentro de ti, los brazos exangües, temblando al prender un cigarro, la primera calada, tibia, la siguiente, apresurada, volviendo sin ganas al tajo con algo que fue una vez rabia y ahora es resignación.

El verano una promesa, Madrid un recuerdo lejano. Te arrastras debajo del árbol espurgando los restos (espurgar: buscar las aceitunas que quedan, en las ramas de dentro y junto al troncón (troncón: tronco) con la piqueta (piqueta: vara pequeña, más ligera y manejable, un metro ochenta de largo), moviéndote como a espasmos) contemplando extasiado el pequeño milagro cuando un rayo de sol atraviesa tímido las hojas y se descompone en cien diminutos haces de luz y sabes que vienes de esto,  que toda tu vida has querido escapar de esto y que sigues en esto. Que esto eres tú. Las conversaciones, rememorar los tiempos en que los hombres llegaban caminando y las mantas eran de tela y las mujeres llevaban refajo y cogían las aceitunas caídas a mano del suelo y no había transistores, pero después sí los hubo; y en cada tajo había una radio y cómo el ruido de las máquinas modernas mató a las radios y ya no se escuchan las señales horarias anunciando que el día se termina y cada vez queda menos.

El cansancio de noche. Miras de reojo el telediario demasiado molido para prestar atención. Escuchas a la vicepresidenta, te enteras de las historias de Egipto, las matanzas en Siria, los problemas del euro con la prima de riesgo. Después sales a la calle y los hombres y mujeres que te rodean caminan con prisa azuzados por el frío que empieza a asomar la cabeza, un nuevo helazo preparado para mañana, un día exactamente igual al anterior, ajeno al mundo que sigue avanzando fuera, un microcosmos con su propio ritmo interno y su propia canción, sin otra cosa que hacer que dormir esperando la primavera.

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6 respuestas a El tiempo entre olivas

  1. He pinchado ‘Me gusta’ y ahora me arrepiento. Me gusta que nos cuentes como te sientes, pero no me gusta que tengas que pasar por esto.

    No desesperes. Llegará tu momento.

  2. Me gusta que te guste. Igual quedó un poco dramático y no era mi intención. Pocos sustos, de todo esto saldrá algo bueno.

  3. Ay, Míguel, que ganas tengo de que vuelvas a sentar el culo en una oficina, ya sea un palacio o un edificio normal y corriente.

    Me ha faltado una descripción: pipirrana (f. And. Ensalada hecha con pepino y tomate principalmente, y preparada de una manera especial). Menos mal que siempre está mi querida RAE dispuesta a echarme una mano…

  4. Mª Ángeles dijo:

    De aquí venimos Miguel, y yo siempre pienso: bueno, si otros lo han hecho toda la vida, porqué yo no voy a poder?. Y por otra parte (yo es que a todo le doy mi visión optimista), algunos están en el paro y mira, nosotros siempre tendremos algo donde agarrarnos. Yo no creo que encuentre trabajo antes de que acabe la campaña, así que este año me toca pringar, yo que había pisado poco el campo, jeje… Pero bueno, al fin y al cabo es la “empresa familiar”, como dice mi padre, y ya vendrán tiempos mejores.

  5. Mª Ángeles dijo:

    Por cierto, ya que hoy me ha dado por escribir, me quito el sombrero con tu post “El trabajo dignifica”, me arrancaste alguna lagrimilla, porque aparte de que es completamente verídico todo lo que dices, el modo en que lo dices es a su modo bonito. Si alguna vez escribes un libro, avisa.

  6. Isa: Yo también tengo ganas, casi tantas como tú de pillar un sillón en la RAE. La pipirrana admite casi de todo, granada incluida.

    Mª Ángeles: Completamente de acuerdo. Mejor mirarlo por el lado bueno, porque por el otro… Además, que ya queda poquito. La tranquilidad, el aire libre y el moreno que vamos a coger, eso no nos lo quita nadie… Y muchas gracias!

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