Los locos y yo

¿Locura? Seguro. ¿Qué no es locura? ¿No es una locura
la vida? Todos estamos atados como muñecos…
Unos cuantos vientos de primavera y se acabó, y ya está… y damos vueltas por ahí, y suponemos cosas,
hacemos planes, elegimos gobernadores. Segamos
el césped… ¿Locura?, sin duda, ¿qué NO es locura?
(Charles Bukwoski; La máquina de follar)

Soy un imán ambulante para gente extraña. Podéis hacer la prueba: sentaos conmigo en el banco de un parque y antes de cinco minutos el tipo más raro en cien metros a la redonda me estará pidiendo un cigarro. Se trata de hombres perdidos que dan vueltas sin rumbo por la acera y te miran profundo como queriendo saber qué escondes detrás de los ojos.

Una vez, en un vagón de metro vacío (era domingo) un tipo se puso a atracarme balbuciendo amenazas. Le dije que solo tenía cinco euros y que si se los llevaba no podría comprar tabaco. ¿Cuánto necesitas?, me preguntó. Dos veinte, le dije. Así que cogió mis cinco euros, se buscó en los bolsillos y me dio el dinero justo para un paquete de Lucky. Como aún quedaba un rato hasta nuestras respectivas paradas, estuvimos charlando tranquilamente de esto y aquello. Nos despedimos tan amigos.

Una mañana estaba en Jaén con un amigo y una amiga que habían venido desde el norte de visita. De repente, un hombre apareció de la nada y empezó a contarme que el fin de la civilización estaba próximo. Lo había adivinado leyendo la Biblia. Su teoría implicaba al Vaticano y se basaba en el terrible efecto que provocarían todas las cisternas de todos los váteres del mundo accionadas al unísono en cierto momento. No creáis que Jaén se va a salvar, decía seguro de sus palabras. Jaén se inundará la primera. El Vaticano y Jaén, remachaba. Mis amigos se llevaron una impresión curiosa de la ciudad.

Pasé un verano trabajando en Ridabesella de camarero. A las dos semanas todos los chalados del pueblo me conocían. Se me acercaban por la noche. Después de cerrar el bar salíamos a beber un poco por desahogar el cuerpo. Nos sentábamos en una plazuela y enseguida llegaban. Siempre hablaban conmigo. Había uno viejo que me contaba entre risas historias terribles de su familia. Había un par de chavales que se empeñaban en que jugara con ellos en los columpios.

Un viernes por la noche, en el andén de una estación de metro, un tipo famélico se acercó adonde un amigo y yo esperábamos a otros con quienes habíamos quedado. Me pidió, exactamente, setenta y dos céntimos. Ni uno más ni uno menos. Setenta y dos céntimos. Diez minutos después, ya en la calle, el mismo tipo se acercó para pedirme cuarenta y ocho céntimos. Alguien -¿cómo llamarlo?- le había dado catorce.

Conocí a un venerable y estoico anciano que llevaba un chándal del ejército, bigote y una borrachera tremenda. Decía que era capitán de no sé cuántos y aseguraba que se había declarado culpable de una falta que había cometido su hijo y que al día siguiente iba a ser juzgado por un tribunal militar que lo mandaría directo a prisión. Lo decía muy serio y no buscaba compasión. Solo un poco de charla y de desahogo. Hay noches que la vida se te vuelve pura metáfora entre las manos…

En una plaza que hay según se sale del metro de Tribunal yendo hacia abajo tuve otro encuentro curioso. Un amigo y yo nos pusimos a fumar por allí después de cerrados los bares. Un hombre de sonrisa malévola se sentó junto a nosotros. Quería fumar, pero no quería tabaco. Afirmaba que era de Córcega. Yo tenía cien negros, decía. Yo tenía cien negros, como aquel -repetía, señalando a unos negros que andaban por allí cerca- hacían todo lo que yo les decía. Lo contaba con voz nostálgica y mientras hablaba su rostro tenía un aire soñador. Yo tenía cien negros, ¿me das un tirito?.

En Burgos salí a comprar el periódico una mañana. Volvía por una calle desierta de domingo cuando lo vi llegar. La cosa es así: tú lo miras y él te mira. Tú sabes y él sabe. Estaba a varios metros de distancia todavía cuando me preguntó si el periódico decía algo sobre el Madrid, que había jugado la noche anterior. Eso dio comienzo a la conversación, tan natural como la de dos viejos compañeros de mili. Él gritaba. Yo, por osmosis, casi también. Le indignaba mucho el distinto tratamiento que según él los medios de comunicación daban al Real Madrid y al Barcelona, equipo que siempre salía beneficiado en la comparación, me explicó. Era de Mourinho a muerte. Se quejó amargamente de que en su casa no se cogía bien la Sexta y me preguntó si yo sabía sintonizar una televisión HD y si en mi casa el dichoso canal se veía en condiciones. A gritos, por supuesto.

El primer año que pasé en Madrid vivía en la calle del Pez y, en consecuencia, paseaba mucho por Gran Vía y cruzaba a diario la plaza de la Luna. Zona curiosa. Había un mendigo que consideraba que de los millones de habitantes de la ciudad sólo yo le entendía. Decía con amargura que cuando se acercaba a hablar con alguien todos se apartaban de él como si llevara una pistola encima. Tenía rastas y era mulato. Aseguraba que durante muchos años había vivido en Rusia y que había llegado a ser traductor oficial de un alto cargo del país. Me aconsejaba no pasar por ciertas zonas de noche y tomar la vida con calma. Nunca me pidió tabaco.

Podría seguir, pero basta para que os hagáis una idea. A diferencia de la inmensa mayoría de la población, los raros no son aburridos. Se distinguen por una luz que les cruza de pronto los ojos. A veces hablan en un susurro, a veces alzan la voz. Últimamente se me acercan menos y nunca he llegado a saber qué veían en mí para dispensarme tantos honores. Tal vez había algo en mi mirada asustada de veinte años que solo ellos alcanzaban a entrever. De alguna manera me gustaba escucharlos. Me atraía la forma en que perdían el hilo y saltaban de un tema a otro con la misma facilidad con la que uno cambia de escenario en los sueños. Y también la pasión con la que movían las manos mientras te contaban sus historias, sus gestos inquietos, su actitud como hambrienta. Ando estos días releyendo el Quijote. Es imposible evitar cierto romanticismo ante el espejo cervantino. Locura y cordura se entremezclan todos los días. La exclusión social tiene muchas causas, múltiples preguntas y una respuesta sola. Recurrir al tópico es fácil. Y finalmente, nadie es tan pobre como para no dar un cigarro.

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5 respuestas a Los locos y yo

  1. He presenciado escenas así en varias ocasiones, de hecho, cuando un vagabundo se me acerca me suelo acordar de ti… Lo único que me cuesta creer del relato es la historia de Burgos, ¿tú, gritando? jejeje.
    Por cierto, ¿el final de año te está volviendo nostálgico o has decidido darle un toque más personal al blog? Me gusta.

  2. gema dijo:

    No has podido encontar mejor forma para definirte

  3. Isa: Yo creo que son las aceitunas. Tantas horas con el cerebro en modo stand by dan para recordar muchas cosas.

    Gema: Gracias! Y bienvenida, espero verte comentando más por aquí.

  4. Yo he vivido algunas de esas situaciones en primera persona: en Madrid, en Ribadesella, en Jaén… y muchas otras que seguramente ya hemos olvidado.

    Y sí, tienes un radar para la gente rara. Creo que siempre te han aceptado como uno de los suyos. Tómatelo como un cumplido.

  5. Lo tomo como un cumplido, no lo dudes.

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