El trabajo dignifica

La otra mañana se me ocurrió una frase cojonuda. Era la hostia. Era sobre el color del cielo y la tinta de los bolígrafos antiguos que vendían por siete duros. En medio puñado de palabras había metáforas, narración y poesía. Podría haber sido un verso de un poema o la primera frase de una novela. Así de versátil y estupenda era. Pero se me olvidó. Me nació por la mañana, de improviso, y cuando llegué por la tarde a mi casa ya se me había muerto. No estaba. Y solo me quedaba su rastro. Podría reconstruirla de nuevo, pero las palabras ya no serían las mismas ni estarían en el lugar preciso. Sería como una autopsia. La música sonaría diferente y mi frase ya no sería mi frase. La original era perfecta, circular, sedosa, con una melodía de trompeta que yo escuchaba dentro de mi cabeza al pronunciarla. Se me olvidó porque surgió mientras estaba trabajando, demasiado ocupado avareando olivas con el cerebro taladrado por el sol.

Cierto verano me fui a trabajar a un hotel de Mallorca. Era un sitio lleno de alemanes e ingleses donde se echaban diez horas, a veces más. Mi oficio no era bonito. El caso es que en Madrid yo había comprado un libro de Céline (Céline es uno de mis escritores favoritos) y recuerdo que en el avión (el viaje duró hora y tres cuartos, con escala en Ibiza) leí más de cien páginas de aquella novela que iba de Bardamu jovencito en Inglaterra en un barrio lumpen. Durante los dos meses siguientes fui incapaz de leer siquiera veinte páginas más. Y bien: el Guignol’s Band no es El viaje ni Muerte a crédito; no es el mejor Louis-Ferdinand, entendámonos, pero era Céline, y ahí me teníais por las noches, después de la faena, o en la mañana, antes de enharinarme, agarrando el libro incapaz de leer cincuenta palabras seguidas. Perdía el hilo, las letras me eran ajenas. Mi comprensión, mi inteligencia, mi espíritu, en suma, habían desaparecido.

El trabajo te vuelve gilipollas. Digo trabajo del de verdad. Un esfuerzo físico contínuo a lo largo del tiempo, sin pausas para el café ni tiempo para mandar powerpoints de gatitos a los amigos. Sin silla ni mesa ni papeles ni correo electrónico ni carpetita ni zapatos ni maletín ni raya en el pelo ni ordenador ni bar de la esquina ni cesta de navidad ni resuello.

Un hombre que se pasa diez horas en una fábrica no lee El Rey Lear al volver a casa. No resulta, sencillamente. Es un círculo malo: tu cuerpo está reventado, tu cerebro pide dormir, tu corazón se ha convertido en compota.

Habrá quien diga: es un vago, un maleante, un vivalavirgen…¡y encima andaluz!

Cuando te duelen tanto los brazos después de todo un día apaleando copos a cuatro metros del suelo con el frío el sol el aire o el demonio soplándote detrás de la oreja, cuando tienes tantos calambres que ni siquiera puedes peinarte, entonces tienes visiones, te vuelves profeta, sabes que aquellos que alaban el trabajo, que hablan de dignidad, realización, utilidad social y milongas, todos esos no han trabajado en su puta vida. Desamparado, estafado, empiezas a acumular sabiduría. Empiezas a verlo todo en clave de lucha de clases. Sabes.

Sabes que un hombre que está ocho horas picando piedra en una cantera, crujiéndose las manos estirando de sogas en un barco de pesca o despiezando y cargando vacas en un matadero no hará ninguna revolución. Tendrá suerte si puede hacerse siquiera una paja antes de irse a dormir. Un hombre que trabaja ocho horas al día todos los días por un dinero mierdoso que no le sirve para escapar del fango que le llega por las rodillas no tiene esperanzas, tiene suspiros.

Cada día que pasas trabajando es un sol que no existirá más. Mi corazón que tantas penas y sustos tuvo, mi corazón latiendo a ochenta por minuto, durante ocho, nueve horas, ¿cuántos latidos en balde son? Esos latidos desperdiciados se esfuman, y cada uno te acerca un pasito hacia el fin. Romper la vida, como un niño destroza sin querer un juguete nuevo la mañana de Reyes.  Así de triste.

Todo esto tenía más enjundia por la mañana. Pero se me ha olvidado la mitad de lo que tenía que decir y la mitad que ha quedado no dice ni grita como quisiera. Otro sol limpio y malgastado, las manos destrozadas, el demonio soplándote la oreja y otro día que se va, vacío. Semejante funcionamiento social…

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2 respuestas a El trabajo dignifica

  1. Me parece, quizá, el mejor artículo que has escrito en este blog. Y tal vez me lo parezca porque es el más personal de los que has publicado.

    Te reconozco en el texto y me identifico absolutamente con él, muy en la línea del cortometraje que ha triunfado en las últimas horas en la red. El periodista y el camarero, se llama…

    http://ideasefimeras.wordpress.com/2011/12/25/el-periodista-el-camarero/

  2. Gracias por el piropo.

    El corto, muy bueno. Lo descubrí a través de tu enlace en facebook y me siento peligrosamente identificado. En mi caso sería El periodista y el Aceitunero… Y no descarto que en un futuro cercano me tenga que poner a trabajar en un bar…otra vez. Aún así, me resisto al pesimismo, tengo motivos todavía para ver el vaso medio lleno. Nunca he pensado que fuera fácil, todo lo contrario. Por eso tendrá más mérito.

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