Pobre Franz Kafka

De Franz Kafka todos sabemos que era judío y de Praga, que escribió un cuento sobre un tío que se convertía en bicho y que en su testamento dejó mandado a un amigo que le quemara cuanto había dejado a medio hacer pero el amigo no se animó. Y ahí empezó Kafka a morir mil veces.

Max Brod sacó a la luz tres novelas inacabadas: El Proceso, El Castillo y El Desaparecido (también conocida como América). La primera es agobiante, la segunda está muy bien, la tercera es infumable. Kafka era checo pero escribía en alemán. Su estilo es romo, quebradizo, profundamente denso. En serio: leer a Kafka es una tortura. Su detallismo es enfermizo. Las divagaciones, los tecnicismos y las descripciones se alargan y alargan. Franz no fluye. Uno lee unas cuantas páginas, suspira, mira cuántas quedan hasta el final del capítulo, suspira otra vez, cuenta las que van hasta el final del libro y se echa las manos a la cabeza. Kafka es cansino, ahogadizo, repetitivo.

El logro se mide por la intención. Kafka te ahoga en la medida que sus personajes se ahogan. Te agobia porque el hombre que topa con la interminable burocracia de El Castillo se agobia. Te asfixia porque el hombre convertido en insecto de La Metamorfosis se está asfixiando. Te tortura porque el hombre detenido sin motivo aparente en El Proceso es torturado. En resumen: te hace partícipe del sufrimiento.

Kafka creó al hombre desamparado inmerso en un entorno que ha cambiado de la noche a la mañana, extraviado en un medio hostil al que no puede hacer frente porque ni siquiera sabe dónde está y cómo ha llegado hasta allí. El hombre de Kafka, perdido en un mar de burócratas ante los que se encuentra indefenso, es el hombre arquetípico del siglo XX que, tras dos guerras mundiales, Auschwitz, Hiroshima y Nagasaki, descubre horrorizado el abismo a sus pies. Kafka es grande porque cuando creó a Gregor Samsa nos creó a todos.

Por eso queremos a Kafka. Por eso y porque sale bien en las fotos, con ese aire desvalido y sombrío y esa mirada poderosa. También porque sabemos que él no quería nuestro amor. Él había elegido el fuego y la noche eterna del olvido. No quería la inmortalidad ni la adoración. Kafka quería darnos plantón.

Por eso lo castigamos con nuestro amor incondicional. Queremos saberlo todo de Kafka. Visitamos su casa natal para sentarnos en su silla y tocar con disimulo su cama. Vamos donde su tumba para echarle una foto a la lápida. Kafka, el pobre mío, se ha convertido en un lugar común, en un adjetivo. Su rostro, carne de cañón para carpetas y pósters. Sus escritos, campo interminable de análisis para críticos, psicólogos, sociólogos y semióticos.

De Kafka se ha publicado todo. Todo. Diarios, cartas, dibujos. Al hombre le daría un pasmo. Es la gran putada, la broma final. ¿Ibas a quemar eso? Nah… Es algo que no pasa con ningún otro escritor hasta donde yo alcanzo. Esa fascinación malsana, ese impulso de saberlo todo de un tipo que, por lo demás, tuvo una vida anodina y que en sus escritos íntimos se quejaba de cosas tan pueriles como dolores de cabeza, problemas con la familia o ansiedades de enamorado. La cosa resulta cómica. Si alguien encontrara mañana un billete de tranvía garabateado por Franz Kafka, dicho billete sería publicado instantáneamente y los garabatos serían objeto de sesudos ensayos para intentar dilucidar el significado de los trazos y la influencia del transporte público en La Metamorfosis.

A mí me da pena. Esas cosas no se le hacen a un tipo que sólo quería llevarse bien con su padre, curarse de las migrañas y escribir cuentos para intentar explicarse su pequeña parcela de mundo. Resulta obsceno. Por no hablar de publicar sus obras inacabadas. Eso jode. Eso hunde a cualquiera. Una novela inacabada es un como un reloj destripado. No funciona, está llena de costurones y recosidos, es un mecanismo a medio ensamblar, trágico en su desnudez incompleta. Kafka nos mira desde el fondo de sus ojillos muertos como pidiendo explicaciones. Franz es un hombre abierto en canal y diseccionado y violado en pos de la búsqueda de un significado nuevo y final para su arte. El pobre.

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