El silencio de Rajoy

Ha pasado una semana y la vida sigue igual. Partido Popular y PSOE trabajan sobre el traspaso de poderes y se anuncia que, a pesar de las voces que pedían una aceleración del proceso en vista de la delicada situación económica, el nuevo presidente no será envestido hasta el 22 de diciembre, víspera de las vacaciones de navidad.

Cosas con las que, más o menos, todo el mundo contaba: la prima de riesgo sigue sobre los cuatrocientos puntos y el paro en su sitio, los días se van acortando, se acerca el frío y Rajoy no abre la boca.

Después de la noche electoral y la celebración en el balcón cara a la muchachada, el lunes Rajoy convocó en Génova a los pesos pesados del partido, entre los que se encontraba Aznar (yuyu, ¿eh?). No hubo declaración posterior. El hombre no dice nada: ni adelanto de planes, ni futuros miembros del Gobierno, nada.

Puede hacerlo, claro, pero…. El hecho de que Mariano no diga nada acrecienta las dudas. Uno tiende a pensar que, tocante a economía, con el resultado electoral cantado desde muchos meses atrás, hace ya tiempo que el virtual presidente tiene a un equipo trabajando sobre la cosa y preparando planes de actuación: ministro, secretarios, todo eso debería estar listo desde hace ya. El silencio siembra dudas.

En un mundo ideal los candidatos a la presidencia del gobierno deberían adelantar mínimo tres nombres en su programa: ministro de economía, ministro del interior y ministro de exteriores. Rajoy ni siquiera ha tenido el detalle de adelantar su proyecto político, ergo de lo demás ni hablamos. Por otro lado, tampoco ningún otro partido tuvo el detalle, pero…

Rajoy ya no es candidato. Es el nuevo presidente, y uno esperaría algo. Aunque fuese de manera indirecta, en una entrevista concedida a un periódico/radio/televisión de su palo. Algo. Probablemente no arreglaría nada, pero de alguna manera serviría para saldar una deuda: este hombre ha ganado las elecciones sin explicar ninguno de sus planes al país que tendrá que hacer frente a sus decisiones durante los próximos años.

Sabemos que se ha reunido con Zapatero, que ha hablado con Merkel y Sarkozy, que ha convocado una reunión con los sindicatos, que no piensa hablar con Amaiur. Nada de esto lo sabemos por Rajoy.

No es que sea grave, pero es un indicio. Rajoy tiene la fama que tiene: un tipo indolente, al que le gusta improvisar, y a quien uno no imagina dando un puñetazo sobre la mesa para hacerse escuchar. Con su actitud durante estos siete días, Rajoy ha confirmado una opinión, puramente personal: cuando llegue el momento de tomar decisiones verdaderamente complejas, de esas que te hunden la bolsa, o provocan una huelga general, o hacen que tu partido baje siete puntos en las encuestas de intención de voto, el hombre se pondrá a cubierto a esperar que la cosa se arregle por sí misma. Y eso, por supuesto, no ocurrirá.

Se trata de una impresión, claro. Pero cuando alguien no dice absolutamente nada de lo que piensa hacer, al resto no nos queda sino empezar a movernos en el terreno pantanoso de la hipótesis y la predicción. Y esa no parece la mejor forma de empezar a arreglar las cosas.

 

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