Sergei Dovlatov, la vida en una maleta

En cierta época bebía mucho. Y por consiguiente,
andada por cualquier parte. Por esa razón,
muchos pensaban que yo era un tipo sociable.
(Sergei Dovlatov; La Maleta)

Sergei Dovlatov se fue de la URSS camino de la emigración estadounidense con una maleta que contenía un par de calcetines finlandeses, un cinturón militar, una camisa blanca, un traje cruzado, un gorro de lana, unos botines, un par de guantes de chófer y una chaqueta que perteneció al mismísimo Ferdinand Léger.

Una maleta era todo lo que uno podía sacar del país según la legislación soviética de la época.

Y Dovlatov nos cuenta que se hizo con los calcetines gracias a un negocio de contrabando fallido, que le robó los botines al mismísimo alcalde de San Petersburgo, que consiguió el gorro después de una borrachera épica con su hermano, que le compraron el traje en la redacción del periódico en el que trabajaba para que pudiera salir a cenar con un espía, que la vida, al final, puede contarse a través de una serie de acontecimientos triviales narrados con ironía y sencillez, que los delirios de grandeza se van por el sumidero y al final te quedan un par de fotos y los recuerdos. Que, a la hora de partir, todos llevaremos nuestra camisa blanca y unos guantes para el frío.

Partiendo de la alineación clásica de la literatura rusa del XIX -Pushkin, Gogol, Turguenev, Dostoievski, Tolstoi y Chejov-, nuestro hombre retrata la Unión Soviética de los años setenta con sutileza, prosa limpia y diálogos memorables (-¿Cómo andan las cosas en los Estados Unidos? ¿Es verdad que ahí venden vodka las veinticuatro horas? –Lo dudo, pero los bares están abiertos – ¿Y la cerveza? –En las tiendas que abren de noche hay toda la cerveza que quieras –¡Geniales los capitalistas, conocen el negocio!)

La maleta es una novela construida a partir de ocho historias enhebradas como perlas en un collar. Juventud, trabajos, matrimonio, familia, madurez, exilio, estafadores, contrabadistas, escritores sin un rublo, periodistas locos y militares borrachos se entrecruzan entre los recovecos de un libro cuyas frases parecen escupidas en mármol. Dovlatov tiene la capacidad de escribir colocando cada palabra en el lugar justo sin que sobre ninguna.

Hablamos de una obra que uno puede leer tantas veces como quiera y seguir sonriendo. Puedes coger un capítulo suelto  (tengo predilección por el del cinturón  y por el de la camisa blanca, con su declaración de amor sencilla, indirecta y brutalmente honesta) o abrir una página al azar y asomarte a voluntad a cualquiera de las historias y anécdotas entrelazadas que componen el libro para descubrir, por ejemplo, qué pasaba cuando uno se disfrazaba de Dyed Morod, el Papa Noel ruso, en una representación escolar de la época:

La redacción había organizado el árbol de Año Nuevo en un internado que apadrinaba. Y, de nuevo, yo era el más alto. Me pegaron una barba, me dieron un gorro rojo, un manto de piel y un cesto con regalos. Y al instante, me soltaron en el escenario.

El manto me quedaba pequeño. El gorro olía a pescado. Y cuando intenté encender un cigarrillo estuve a punto de quemarme la barba.

– Hola, queridos niños –dije, tan pronto se hizo el silencio – ¿Me reconocéis?

– ¡Lenin! ¡Lenin! – gritaron en las primeras filas.

La maleta es una sátira inteligente de la burocratizada sociedad soviética a la que el autor contrapone el individualismo y la libertad, pero va más allá. Trasciende la simple literatura política para instalarse con todos los honores en el altar del Gran Literatura. A nivel simbólico funciona como una metáfora del destino trágico de los hombres urdida por un romántico alcoholizado. Un tipo que dejó escrito en su diario que la mayor desgracia de su vida había sido la muerte de Anna Karenina.

Dovlatov nació en el 41 y se ganó la vida como periodista, alternando con trabajos sueltos aquí y allá, mientras escribía cuentos que no podía publicar. Se marchó a Estados Unidos en 1978 y se instaló en Nueva York.  Sus novelas, entre las que destacan Compromiso, La Zona, Los nuestros o La extranjera, tuvieron una buena acogida y conoció algo parecido al éxito.

Un día de 1990 sufrió un infarto mientras paseaba por la calle. Lo metieron en una ambulancia y murió camino del hospital, junto a dos enfermeros puertorriqueños asombrados ante la visión de aquel hombre de casi dos metros que agonizaba en una camilla. Tragedia y absurdo. Dovlatov habría hecho maravillas con una historia así.

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