Faulkner o la música interior

William Faulkner nació en 1897, cuando al siglo aún le quedaba un bocado de tres años y se fue a pelear en Europa y se dejó bigote y se embelesó con los juegos lingüísticos del Ulises de Joyce y cuenta la leyenda que encontró su camino en las letras observando un sello de correos. William Faulkner se apellidaba Falkner sin u. William Falkner se puso una u  y se dedicó a hacer la guerra de la literatura por su cuenta y se convirtió en una especie de enviado en su propio país, peleando a base de frases interminables y agonía parentética contra la Generación Perdida sin el amparo de Gertrude Stein y los muchachos de Paris, rumiando su pipa y sus folios escritos a mano en el Sur profundo, tierra de derrotados,  esclavitud y cierta forma sin igual de estar en el mundo. William Faulkner se fue a Hollywood y se vengó dulcemente de Hem escribiendo para Howard Hawks el guión de Tener y no tener. William Faulkner se levantaba a las seis de la mañana para crear sus cinco folios del día y se pasaba el resto del tiempo bebiendo whisky escocés y mirando el horizonte. Imagina a un hombre desayunando un par de huevos y un café y sentándose después a escribir El Ruido y la Furia. Imagina un amanecer con dos soles. William Faulkner se mató lentamente para dar voz a sus hombres y mujeres crueles, delicados, rabiosos y malos y leía el Quijote todos los años y se sabía la Biblia de memoria. Y fue el primer modernista de Estados Unidos y se dedicó libro tras libro a multiplicar voces como Jesucristo multiplicaba los panes, y hay algo de álgebra y de arquitectura en la construcción a primera vista amorfa de sus libros y también belleza y un flujo de palabras que te envuelve mientras fuera cae la noche y te desmaya y te pone frente a frente con dios, te asfixia y luego te pregunta qué tal. William Faulkner es un río, una manada de caballos salvajes y un frescor limpio de barro y humedad al caer de la tarde. Coge The Sound and the Fury, el monólogo de Benjy, el monólogo de Quentin, el monólogo de Jason; el hermano autista que todo lo huele y berrea cuando adivina el pecado, el hermano depresivo pendiente del reloj y el cauce violento del río debajo del puente, el hermano que acaricia la caja roída donde atesora el dinero robado de la vida de otros. Coge Mientras agonizo, la polifonía total, un paso, dos pasos, tres pasos más allá, la carreta con el cuerpo de la madre muerta en mitad de la tempestad, la familia de camino a Jefferson para enterrar a la matriarca, la lucha entre hermanos, la muchacha rota y el padre insufrible y el niño Vardaman vuelto mártir (mi madre es un pez) Coge ¡Absalón, Absalón!, respira, el fraseo te lleva de la mano, la niebla te cubre, se cierra a tu alrededor, una niebla hecha solo de palabras; piérdete, contempla la llegada de Thomas Sutpen al pueblo, la boda, los designios torcidos y las voces, siempre las voces, la polifonía que retrata las muchas caras de una verdad inabarcable, los tiempos medidos, la fuerza terrible. Hablamos de un escritor tan grande que sobrevive a sus sombras. De literatura de verdad, sin maquillaje, de esa que no se derrumba al rascar la superficie de formalismo y vanguardia. Con poso. Mientras más escarbas más te deslumbra. Si empiezas a investigar el andamiaje en busca de la pared maestra terminas desconcertado en el centro de un laberinto que constituye la esencia de un un armazón poderoso. No se derriba. No cae. Tan grande como la propia vida. Un mundo de verdad, cruel y caluroso y de verdad, hecho de familias que se vienen abajo, de daño, de días lentos y tabaco de mascar y espejos y conversaciones a media voz. Todas las tragedias son de segunda mano, dice alguien en algún momento en algún punto de ese tiempo que une toda la obra de Faulkner como un arroyo alimentado por cien corrientes, en el condado de Yoknapatowpha, territorio mítico, Mississippi. El monólogo interior tan traído y llevado, el lenguaje es la sangre que alimenta la narrativa de este hombre quién sabe si atormentado por los demonios que dijo en una entrevista que el único compromiso de un artista es para con su obra: el camino cien veces bifurcado que te acabará conduciendo hacia la pared en la que dejar un puñado de arañazos que atestigüen tu vida. Lee y siéntete sacudido, déjate tragar por el terremoto y deslízate mecido por la música que sonó dentro de un escritor muerto en 1962 y que ahora suena dentro de ti. William Faulkner, que miraba al trasluz el correo por la mañana y rompía en pedazos las cartas si no había un cheque dentro. Una voz que son muchas, hecha de fuego y de tierra, perdurando a través del polvo y el tiempo.

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