Joe Frazier que vas a los cielos

La historia se ha contado muchas veces: el 1 de Octubre de 1975, en Manila, Filipinas, Muhammad Ali y Joe Frazier dirimían diferencias en la última pelea de su histórica serie de tres combates. Fue, ya se ha dicho, lo más parecido a la guerra que se vio nunca sobre un ring. Sangriento y no precisamente agradable de ver. Dos boxeadores que ya no eran jóvenes, prisioneros de su historia común, envueltos en una enemistad íntima hecha de orgullo y admiración escondida, un canto de cisne hermoso y terrible que bordeó la tragedia. Tras el decimocuarto round, Eddie Futch, el entrenador de Frazier, arrojó la toalla. Su pupilo tenía un ojo completamente cerrado a causa de la hinchazón provocada por los golpes y apenas veía por el otro. Peleaba a ciegas y estaba prácticamente sordo. “Nadie olvidará lo que has hecho hoy aquí”, dijo Futch, que temía las consecuencias fatales de un último asalto. Frazier quería pelear a toda costa: I want him boss, aullaba. En la otra esquina, Ali, completamente exhausto y destrozado, pedía que le cortaran los guantes. A los pies del cuadrilátero, el hermano de Frazier gritaba a Futch que Ali se retiraba. El griterío impidió que sus palabras fueran oídas por Futch, que detuvo el combate. Ali fue declarado vencedor, cosas de elegidos. Muhammad se levantó, caminó hasta el centro del ring, alzó los brazos en señal de victoria y, acto seguido, perdió el conocimiento. Días después, ya recuperado y en rueda de prensa, afirmó: “Nunca había estado tan cerca de la muerte”. Eso era Frazier.

Nuestro hombre nació en Carolina del Sur en 1944. Ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964 y en el 68 se convirtió en campeón mundial de los pesos pesados al derrotar a Buster Mathins, en un combate pactado por la comisión de boxeo de Nueva York entre dos aspirantes al trono vacante de Muhammad Ali, desposeído por su negativa a integrarse en el ejército norteamericano y luchar en la guerra de Vietnam. El título conquistado por Frazier no fue universalmente reconocido hasta 1970, cuando derrotó a Jimmy Ellis y se convirtió, ya sin discusión, en el campeón absoluto.

Defendió su trono contra Ali el 8 de Marzo de 1971, en NY. Hay quien sigue llamando a aquel combate la pelea del siglo. Frazier ganó a los puntos, después de los quince asaltos reglamentarios. Fue el primer ser humano que derrotó a Muhammad Ali y consiguió enviarlo a la lona. El viejo Clay se desquitaría en Enero del 74, en un segundo combate que tuvo un final opuesto al primero: los jueces dieron la victoria a Ali a los puntos tras una decisión que a día de hoy sigue siendo objeto de debate. La relación entre los dos púgiles, como la de los dioses del Olimpo y Prometeo está llena de aristas, dobleces, odio exacerbado y respeto mutuo (este artículo lo cuenta de maravilla). Fue y es una de las grandes rivalidades de la historia del deporte.

Joe Frazier perdió su título contra George Foreman en Jamaica, en 1973, pero esa es otra historia que desemboca en Zaire, cierto día de octubre de 1974. Después vino lo de Manila. Y luego la decadencia y la retirada.

El boxeo esconde, detrás de su aparente brutalidad, belleza y literatura. Puedes reducirlo a los golpes o puedes ir más allá. Estéticamente, hay algo de música en los movimientos, cosas efímeras que pueden durar para siempre, pasión y plasticidad y algo de milagro entrevisto en un instante fugaz. En el siguiente plano está la épica: un hombre que pelea contra el mundo simbolizado en el otro y también contra sí mismo, contra el miedo y contra el instinto de perdurar. La resistencia física y mental llevada al límite, mirando de reojo a la muerte.

Frazier tiene a día de hoy 67 años. Tras una vida intensa, el hombre que salió de la pobreza y las malas calles a fuerza de pelear, que volvió al suburbio después de ver marchar su fortuna, que se ganaba la vida entrenando a boxeadores de segunda en un gimnasio de mala muerte de Filadelfia y que mantiene a día de hoy, orgulloso, que no perdió ninguno de sus tres combates con Ali, ha sido diagnosticado con un cáncer de hígado en fase avanzada. Dicen los médicos que poco se puede hacer. El antiguo campeón del mundo morirá en breve, y cuesta creerlo. Viéndolo boxear, pegando y pegando y pegando con aquel estilo tan suyo de atacar mientras encajaba empujando al contrario al agotamiento y a la derrota, Frazier parece indestructible. Y uno tiene la impresión de que, pase lo que pase, el hombre se levantará una y otra y otra vez, ajeno al dolor y a las posibilidades.

(Aquí el combate de Manila al completo)

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