Grecia y la destrucción silenciosa

Estamos acostumbrados a ver cómo países enteros se van a la mierda -con sus ciudadanos, sus vías de tren, sus niños y sus códigos de leyes- por la causa cruel de la guerra. Llámalo invasión, llámalo Irak, Francia con los nazis, la petit Belgique y todos los tantos y tantos a lo largo del siglo XX y antes, destrozados por las bombas, las invasiones y los carros de combate. Levantándose de las cenizas de la derrota después de décadas de inversión/ocupación extranjera y reconstrucción: ahí tienes a Japón y Alemania, ahí tienes a la Gran Bretaña que se despierta de la guerra desmembrada y mutilada, que intenta agitar sin que respondan los muñones donde estuvo su Imperio. Los países africanos, Somalia, Sudán, Sierra Leona, por poner solo los que empiezan por ese, devastados de guerra civil y sin gobierno casi, con el hambre, los campamentos de refugiados, el caos de vivir a la intemperie de la organización estatal.

También ocurre a veces –más escasas, igual de terribles- por la acción combinada de la naturaleza rompiendo y la pobreza -esa enfermedad consuetudinaria a la ambición y el hijoputismo ajeno. Digo por ejemplo el tsunami que destrozó Indonesia y dejó ciudades enteras para el arrastre con su maraña de muertos dentro. O lo de Fukushima, con su terremoto, su golpe salvaje de mar, su central nuclear destrozada, sus lechugas, sus peces, sus animalitos no aptos para el consumo y las alarmas, los aviones saliendo del país a marchas forzadas, la inversión multimillonaria que dejará al país en la Gran R. para unos años.

Hay otra causa, que tiene más que ver con el caso que nos ocupa, que se le acerca pero no es igual: la podredumbre y la corrupción. Ahí está México, con sus cárteles decidiendo la vida y la muerte sin que la policía ni el gobierno ni nadie pueda (quiera) hacer nada para evitarlo. Centroamérica desde la frontera sur mexicana hasta Panamá sangrando casi entera: Guatemala, Nicaragua, El Salvador, ciudadanos despojados de todo derecho porque gobernantes vendieron el país  ellos sabrán a qué precio, países que de país tienen la bandera y poco más, un himno y equipo de fútbol, si acaso. Con los índices de criminalidad más altos del mundo, la moneda por los suelos, dejados de la mano de dios y solos. O Colombia, con su guerra civil que va para ni se sabe ya cuántos años. Lugares en los que el estado es incapaz de imponerse a la delincuencia, donde impera el sálvese quien pueda y si mañana amanece veremos.

Después está el caso que nos ocupa. Países asentados en el centro de la civilización y en nuestros días: albores de la década segunda del XXI. Que no han sido destrozados por la guerra, ni cubiertos de lava por un volcán, ni abiertos en canal por un terremoto, ni vendidos al narco ni empujados al jaque mate por la ira de dios. Que han sido en cambio socavados desde dentro y asfixiados desde fuera, limpiamente, sin sangre, de manera casi quirúrgica por la mano implacable de políticos choriceros y agentes de bolsa amorales. Digo Grecia, y habrá más. Estamos contemplando como un país entero – con sus ciudadanos, sus vías de tren, sus niños y sus códigos de leyes- se hunde lento pero seguro en el abismo empujado suavemente por su propio caos interno, generado por generaciones de políticos ineptos y ciudadanos que no quisieron ver, por los índices de bolsa, la Unión Europea, la moneda común, el sistema de compra y venta, la oferta y la demanda, la ambición desmedida, las reuniones a altas horas de la madrugada en Berlín, los bancos y esos nuevos chicos malos –fantasmas sin nombre- que nadie sabe señalar con el dedo y reciben la nomenclatura invisible del eufemismo aséptico: los mercados.

Estamos contemplando, en directo y sin tregua, la destrucción de una sociedad que no ha sufrido guerra ni desastre natural ni ordalía. La muerte de Grecia es casi una eutanasia: siguiendo las reglas, el nuevo orden mundial se limita a rematar al animal moribundo. Sin napoleones, sin invasión, sin ejércitos en Salónica, sin atacar ni sitiar la bahía. Sin nombres. Nunca podrán los griegos insultar el apellido y apedrear la efigie de su destructor. Grecia será escombros sin que ni una sola construcción se venga abajo. Y nadie se habrá manchado las manos.

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Una respuesta a Grecia y la destrucción silenciosa

  1. Muy buen artículo. En lo de Grecia tiene mucho que ver, por no decir todo, el ínfimo nivel de los dirigentes políticos locales, europeos y mundiales. Vamos, que los griegos van a ser arrasados por la corrupción y los mercados.

    No tienen alternativa, me temo. Y vendrán más.

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