Grecia

Una frase que estos días se repite por los pasillos de medio mundo: hablemos de Grecia. En el idioma que quieras: let’s talk about Greece. Ese país a orillas del Mediterráneo, compuesto por no se sabe cuántas islas, capital Atenas, poco más de diez millones de habitantes, cuna de la civilización y puerta hacia Oriente.

Es curioso que se escriban volúmenes y volúmenes sobre la historia antigua de Grecia y esa misma historia pueda despacharse en unos folios desde la asimilación romana hasta la I Guerra Mundial. Grecia, que lo fue todo durante el I milenio antes de Cristo, dejó abruptamente de existir en términos históricos en torno al primer siglo de nuestra era. Como todos los imperios, sobrevivió convertida en otra cosa: Roma; y a través de Roma llegó hasta nosotros. Hablar de la influencia de la civilización griega en cosas como la literatura occidental, el teatro, la filosofía, las matemáticas, la ciencia, la arquitectura, el arte, la lengua y la propia sociedad es un lugar común.

Cuando cayó Roma, la Grecia que hasta entonces había sido faro de Occidente comenzó a mirar para el lado de donde sale el sol. Se convirtió en parte del Imperio Bizantino y vivió durante siglos pendiente de Constantinopla. Cuando Bizancio cayó en manos otomanas, Grecia pasó a ser una provincia del imperio turco. Hasta el siglo XIX, cuando tras alcanzar la independencia, Grecia regresó a Occidente.

De la Grecia que nos toca sabemos el Partenón, la Acrópolis, el minotauro, la Odisea, Arquímedes, Aristóteles, Sófocles, Platón, Sócrates y la cicuta, Alejandro Magno, Pericles, el primer verso de la Ilíada (la cólera canta, oh diosa, del pélida Aquiles), Pericles y Esparta y Micenas, Agamenón y Leónidas.

La otra Grecia, la oscura, la bizantina que resistió ataques piratas e hizo frente a las invasiones árabes, que se alejó de Europa y encontró su raíz balcánica, la Grecia por cuya independencia murió peleando Lord Byron, que fue monarquía y república y sufrió guerras civiles y dictaduras, es menos conocida. Y es pena. Porque esos quince siglos de decadencia y levantamiento, revoluciones y guerra, quizá expliquen el país actual mejor que Aristóteles y las tragedias de Esquilo.

La situación a día de hoy es la que es. En 2009 la UE descubrió que las cuentas públicas helenas llevaban años siendo sistemáticamente falseadas. Ni los datos de la deuda pública ni los del déficit eran correctos, sino puro veneno. El mercado laboral era desastroso: casi la cuarta parte de los trabajadores griegos eran funcionarios. Azuzado por la UE el Gobierno del nuevo primer ministro Giorgos Papandreu recortó y recortó y recortó buscando reducir el déficit y restaurar la confianza de los mercados. El resultado fue catastrófico y el país entró en una espiral de despidos masivos, recorte de sueldos y finalmente el terrible rescate europeo. Todo lo cual ha colocado a los ciudadanos ante la disyuntiva de tragarse unas cuantas décadas de ruina absoluta y ya o tragarse unas cuantas décadas de ruina absoluta  llevándose por delante la zona euro y la moneda común.

A estas horas nadie sabe muy bien lo que va a ocurrir. Lo último es que tras el órdago del reférendum, la UE en reunión de urgencia esta mañana ha amenazado con excluir a Grecia del euro si la consulta popular llega a plantearse. Papandreu, tras reunirse con sus ministros podría haber dimitido, y ofrecido un gobierno de coalición. La opción del reférendum perdería peso y el euro y los bancos alemanes habrían salvado la bola de partido. De momento. Las cosas cambian lo suficientemente rápido como para no dar nada por hecho.

Poco que ver con la épica de Homero. Que apocalipsis tan chapucero.

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