Cinco mañanas después

El jueves 20 de Octubre, a las siete de la tarde. Día D, Hora H de la prueba de fuego del país y la clase política. ETA hizo público un vídeo comunicado en el que anunciaba el cese definitivo de la violencia. Poco más de dos minutos. La escenografía habitual: tres encapuchados, banderas, un decorado austero. Mensaje en castellano. La retórica habitual. La banda pedía de manera sucinta un referéndum de autodeterminación, emplazaba a los gobiernos de España y Francia a negociar y homenajeaba a los camaradas caídos en acto de servicio. Nada sobre las víctimas del otro lado del espejo. No se pronunció la palabra disolución. Cese definitivo de la violencia.

Luego, la cascada de reacciones. Primero, el presidente del Gobierno. Zapatero dijo: tendremos una democracia sin terrorismo pero no tendremos una democracia sin memoria. Después, el candidato socialista. Rubalcaba dijo: el Estado de Derecho ha ganado. Después, el líder de la oposición. Rajoy dijo: no ha habido concesiones políticas. Después, el presidente del PNV. Urkullu dijo: la pesadilla se acaba. Después, el Lehendakari. Patxi López dijo: la sociedad vasca no le debe nada a ETA. Al día siguiente, la izquierda abertzale. Rufi Etxeberría dijo: esta decisión no supone el fin del conflicto político.

En la prensa, la mañana del viernes, contradicciones. El País: El fin del terror. Público: Agur, ETA. El Mundo: ETA alardea de sus asesinatos y emplaza al Gobierno a negociar. ABC: ETA ni se disuelve ni entrega las armas. La Razón: ETA cesa su actividad armada sin entregar las armas. El Correo: ¡Por fin! La Vanguardia: ETA deja las armas. El Periódico: ETA claudica. La Gaceta: Mil asesinatos después, ETA ni se disuelve ni entrega las armas. Gara: Un nuevo tiempo para Euskal Herria.

Cinco mañanas después, ¿qué se puede decir? Que es una gran noticia, por supuesto. Que giros lingüísticos aparte, ETA deja la lucha armada después de haber sido descabezada por las Fuerzas de Seguridad del Estado. Que Francia ha jugado un papel decisivo. Que los magníficos resultados de Bildu en las elecciones del 22M han condicionado esta decisión. Que la izquierda abertzale ha comprendido que les va mejor así. Que por una vez, seguramente porque se sabe próximo presidente del Gobierno, Mariano Rajoy ha actuado con sentido de Estado y responsabilidad. Que la conferencia de paz impulsada por Lokarri resultó clave para allanar el terreno del posterior comunicado.

Lo que pueda ocurrir ahora lo leeremos dentro de un par de décadas en los libros de historia. Como ciudadanos formamos parte de los acontecimientos. Resulta difícil aventurar análisis y predicciones porque cuando uno está inmerso en la cotidianeidad del hecho carece de la perspectiva que otorga la distancia. Se me ocurre pensar que el fin de la banda es irreversible. Que salvo una escisión fanática al estilo del IRA auténtico ya no se volverá a matar en este país. Que cuando estas cosas ocurren ganamos todos.

Imagino el alivio en Euskadi. De los que ya no tienen que andar volviendo la vista atrás temerosos de que el héroe de turno les arrime dos balas a la nuca. Imagino a esa gente recuperando poco a poco la vida. Sin amenazas, sin escoltas, sin mirar cada mañana debajo del coche por si acaso, todos esas cosas que se repiten estos días y que parecerían lugares comunes de una película mala de no ser porque eran la realidad de todos los días. También imagino el alivio de quienes ahora pueden defender una aspiración política legítima sin tener que verse mezclados con una banda de asesinos.

Porque mataban. Eran cobardes y mataban concejales desarmados. Políticos desarmados. Gente que pasaba por allí. Mataron a Ernest Lluch. Mataron a dos ecuatorianos que dormían en un parking de Barajas. Y secuestraban y extorsionaban y atenazaban y paralizaban a una sociedad entera que sin embargo no se dejó derrotar. Mataron andaluces, madrileños, gallegos, catalanes, nos mataban a todos. Y ya no más. Eso es bueno.

Falta que los políticos estén a la altura. Todos. Como la sociedad y los medios de comunicación. Hablar de todo lo que haya que hablar. De los muertos, claro. También del GAL, de las torturas, de los presos. De todo. Pedir perdón y perdonar. Construir, después de cuarenta y tres años destruyendo.

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