El genio de nuestros días

Tiene 42 años y es el mayor genio del ajedrez de los últimos veinte años, aunque por su aspecto pueda parecer un campesino recién salido de un koljós soviético en mitad de la Guerra Fría. Nunca fue campeón del mundo y probablemente nunca lo será porque los nervios le traicionan en los momentos decisivos. Sin embargo, su enorme conocimiento de las aperturas y la profundidad de su juego le colocan a la altura de los más grandes de todos los tiempos: Fischer, Kasparov, Spasski o Tal, el artista de Riga, con el que comparte brillantez e irregularidad.

Vassili Ivanchuk (Berezhany, Ucrania, 1969) se presentó en sociedad en 1989 ganando el torneo internacional de Linares, considerado el Wimbledon del ajedrez. Dos años después, en 1991, repitió triunfo, esta vez con una victoria memorable sobre el entonces intocable Kasparov. Con 21 años encendió todas la alarmas: ahí había un campeón mundial. El primero en avisar fue Karpov: “Será campeón si sus nervios se lo permiten”. Lo de los nervios no es una forma de hablar. Leontxo García, gran maestro, periodista y divulgador sin igual, relataba durante un torneo los problemas de Ivanchuk con la sopa: la mano le temblaba tanto que era incapaz de llevarse la cuchara a la boca sin derramarla por el camino.

Las anécdotas son interminables. Se dice que en Sevilla se desmayó en plena calle porque un perro le ladró desde detrás de unas rejas. Cuando la presión le asfixiaba era capaz de abandonar la sala en medio de una partida para salir a correr por la calle. En Linares, en una de esas, acabó jugando al fútbol con unos chavales mientras su rival se pensaba la siguiente jugada. En México se presentó a jugar con un chándal del Real Madrid. Ante los requerimientos del árbitro para que se pusiera una chaqueta, Ivanchuk contestó que estaba bien así y que el chándal le daba suerte.

En 2002 disputó la final del mundial FIDE contra su compatriota Ruslan Ponomariov, un jugador solvente pero no genial. Ivanchuk terminó perdiendo después de tirar por la borda varias partidas que tenía ganadas. Su temperamento de artista le juega malas pasadas. A diferencia de Capablanca, su ídolo, tiene serios problemas para encarar los finales. No es extraño verle arrasar a su rival con precisión quirúrgica, acorrararlo y después enredarse en sí mismo para terminar yéndose del tablero rumiando unas tablas o una derrota.

Es pese a eso -quizás por eso- uno de los jugadores que más aficionados arrastra a los torneos. Cuando está tranquilo y en forma sus partidas se convierten en clásicos. Su juego contiene una belleza salvaje que nace del caos aparente. Ataques furibundos, sacrificios, avances suicidas y una luz que se enciende al final alumbrando la oscuridad. Como un cuadro de Pollock, no se percibe de manera instantánea.

Chuky, como se le conoce en el circuito profesional, se mantiene en forma y sigue disputando torneos. Todo parece indicar que cuando se retire pasará a integrar el club de los grandes campeones sin corona, en el que figuran leyendas como Korchnoi, Keres, Najdorf o Reshevsky. Da igual. Sus innovaciones y sus aportaciones a la teoría se analizarán durante generaciones. Su gloria durará mientras haya ajedrez.

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2 respuestas a El genio de nuestros días

  1. Muy bonito todo, pero ahora reconoce que hablas de él porque es del Madrid… ¿O me vas a decir que la foto que has elegido es casual? :-p

    Ahora en serio: Muy interesante…

  2. Ya sabes que las fotos nunca son casuales

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