Todo está permitido

Si no existe Dios, ni tampoco la inmortalidad, entonces, todo está permitido. Este es el razonamiento de Iván Karamázov, el hermano mediano. Sobre está sentencia construirá su venganza Smerdiakov, el hermano bastardo. Contra ella se rebelará Alexei, el hermano pequeño. Por ella se perderá y se salvará Dimitri, el hermano mayor. Con ella siempre en la mente vive su vida Fiodor Pavlovich, el padre.

Los Hermanos K. es la obra cumbre de Dostoievski. Escrito a lo largo de dos años, cojo por causa de muerte mayor -el tito D. tenía pensada una segunda parte que se desarrollaría años después de los acontecimientos narrados en los Hermanos-, el libro favorito de gente como Sigmund Freud, Franz Kafka, John Fante, Benedicto 16 y Nietzsche es una síntesis de estilo, narración quebradiza, psicología y religión.

Dimitri: el bruto noble, pasional, atrapado entre el fuego cruzado de dos amores y una pulsión salvaje. Que nunca miente, que no roba, que se cuelga al cuello mil quinientos rublos solo para sentir el peso de su vergüenza.

Iván: el que charla de noche con el diablo, el de las ideas elevadas y el espíritu por los suelos, el digno, el altivo. Frío como la nieve en la que se hunden los cascos de los caballos de las troikas que van a la aldea. Que arrastra un pecado mortal que nadie conoce.

Alexei: el puro, el ángel, el que se deja apedrear por los niños y a todos consuela, el que intuye a Cristo en el horizonte y sufre y perdona. Aliosha, el héroe inacabado, que no conoce de la vida más que oraciones y sin embargo parece saberlo todo.

Como siempre, el tono de Dostoievski es moral. Y como siempre, el autor pone en boca de sus personajes sus propios calentamientos de cabeza. De ahí la biografía del monje Zósima en el sexto capítulo, que nada aporta a la narración. De ahí las largas discusiones, los diálogos interminables que tanto molestaban a Nabokov. Todo eso ya estaba en Dostoievski antes de los Hermanos, pero aquí se magnifica multiplicando significados e interpretaciones.

Al contrario que Crimen y Castigo, los Karamazov se coraliza y donde en CyC encontramos un protagonista único que focaliza la historia y alrededor del cual gira todo, aquí se teje algo mucho más turbio y complejo, a cuatro luces, menos policial y más filosófico.

Por apuntar: el capítulo quinto, en el primer tercio de la novela, contiene todas las claves morales de la obra. El juicio de Dimitri, en el capítulo duodécimo es excesivamente cansino. El narrador omnisciente mete baza a la primera que puede, explica, interpela al lector y no deja de vigilarlo. Los personajes tienen multitud de dobleces. La estructura, descuidada a primera vista, trasluce inteligencia a la segunda mirada. Los Hermanos K., publicado en 1880, es la última gran novela decimonócica:  el disparo de salida a las vanguardias y las nuevas técnicas narrativas del siglo XX.

Personalmente, siento predilección por Iván y sus tormentas. El hermano mediano protagoniza los tres grandes momentos del libro: la discusión con Aliosha en el café  (“…renuncio por completo a la armonía suprema. ¡Esta armonía no vale la lágrima de un solo niño martirizado que se golpea el pecho con su puñito y encerrado en un lugar inmundo reza a su ‘Dios’ con lágrimas que no fueron redimidas! No vale porque las lágrimas quedaron sin redimir“), la narración de su poema ‘El gran Inquisidor’, en el que Cristo vuelve a la tierra en pleno siglo XVI y en Sevilla (y ha de escuchar de boca del Inquisidor general “con nosotros todos serán felices y ya no se rebelarán ni se aniquilarán unos a otros como hacen con tu libertad, que se exterminan por doquier. Nosotros les persuadiremos de que solo serán libres cuando renuncien a su libertad en beneficio nuestro y se somentan a nosotros“) y la alucinación durante la cual recibe la visista de Satanás (“Estaba allí cuando el Verbo muerto en la cruz ascendió al cielo llevando entre sus manos el alma del buen ladrón y oí el alegre clamor de los querubines que entonaban el Hossana y los gritos de entusiasmo de los serafines, que hacían temblar el cielo y el universo entero. Pues bien, te juro que sentí deseos de incorporarme al coro y de gritar con todos ‘¡Hossana!’. Ya salía de mi pecho, ya se me escapaba…ya sabes que soy muy sensible a las manifestaciones artísticas. Pero el sentido común me contuvo en los límites debidos y dejé pasar el momento. Porque, ¿qué habría ocurrido después de mi Hossana? Inmediatamente, se habría apagado todo el mundo“).

De todos los personajes, Iván es el que más se parece al hombre de nuestros días. Como Raskolnikov en Crimen y Castigo, sufre por una idea que le sobrepasa. Y cuando  tras la muerte del padre le acomete el remordimiento y la fantasía del pecado se hace insoportable, Iván demuestra no estar a la altura de su idea y el dolor en el alma se traslada a la carne. A través de la conciencia la eternidad hostiga a los hombres. A partir de ahí solo queda el sufrimiento, al final del cual, quizás con suerte, aguarde la redención. Porque no todo está permitido, existe su tragedia y la nuestra.

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