Modernidad

A principios de los años 90 el fútbol era casposo. Ramón Mendoza era presidente del Madrid (después vino Lorenzo Sanz), en el Barcelona mandaba Núñez (luego, Gaspart), y en el Atlético Jesús Gil (que dejó el equipo en herencia). Johan Cruyff se fumaba medio paquete de tabaco cada partido (se acabó pasando a los chupasuses), el entrenador del Logroñés golpeaba en el pecho a sus jugadores cada vez que saltaban al campo, abundaban las calvas, los bigotes y las tripitas a lo Gascoigne.  Lo más glamouroso, en fin, que pasó por España aquellos años fue el pelo engominado de Jorge Valdano en el banquillo del Madrid. Y Michael Laudrup dejando solo a Romario delante del portero mientras miraba a la grada como quien no quiere la cosa.

El fútbol empezó a cambiar a mediados de los años 90. Tres razones: la reconversión de los clubes en sociedades anónimas, los derechos de televisión y el caso Bosman. El volumen de dinero que mueven hoy los traspasos y las nóminas de los futbolistas, la desaparición de equipos históricos y las diferencias abismales entre unos y otros empezaron básicamente a partir de la conjunción de esos tres factores. Las plantillas se llenaron de jugadores de todas las nacionalidades, nos acostumbramos a ver la Premier los sábados por la tarde, los preparadores físicos se cotizaban al alza, en todos los estadios había un carrito motorizado para atender a los jugadores lesionados y los árbitros dejaron de vestir de luto. El fútbol entraba en la modernidad.

El juego se aceleró, se convirtió en algo mucho más físico. Las nuevas tecnologías hicieron su aparición. Se empezaron a medir distancias, velocidades, índices, kilómetros de avión, horas de sueño. Algunos entrenadores se convirtieron en estrellas mediáticas.  Con el nuevo siglo se llegó al paroxismo. Los futbolistas anunciaban de todo. Las cosas cogieron velocidad de crucero.

El viejo fútbol, sin embargo, se resiste a morir y conserva todavía vestigios de tiempos pasados. Ahí está la FIFA, que se niega a utilizar los últimos avances tecnológicos para aclarar las jugadas dudosas, manteniendo en pie la vieja tradición del error arbitral. Ahí están los bocadillos en la grada, las pipas, los insultos al portero rival cuando se dispone a sacar de puerta, los campos embarrados y las líneas pintadas con cal. Es precisamente ahí donde reside el encanto. En el fútbol se tocan dos mundos: uno ya pasado, que evoca la nostalgia y los tiempos en que el delantero centro llevaba el número nueve y el lateral derecho el dos; otro, el de los atletas, el mercado y la globalización, del que nadie sabe muy qué esperar y cuya única certeza radica en su inevitabilidad.

Los equipos y los aficionados se ven abocados a pasar el trago. La hinchada asume los partidos a deshora mientras los clubes encaran presupuestos y leyes concursales al tiempo que pelean por mantener la vieja mística. El Barcelona y el Athletic han terminado por vender sus camisetas a los espacios publicitarios. El que pasó media vida yendo al estadio deja su sitio a un japonés de vacaciones ante el precio prohibitivo de la entradas. Ningún equipo, sin embargo, sufre tanto como el Madrid.

Cuando Florentino Pérez ganó las elecciones a la presidencia del club en el año 2000 se fijó un objetivo claro: llevar al equipo al siglo XXI manteniendo intacto el prestigio y las victorias del XX. El Madrid arrastraba una deuda inasumible y un funcionamiento interno propio de una familia mafiosa. El nuevo presidente lo convirtió en una empresa capaz de cotizar en el IBEX-35. Y perdió la mística por el camino.

El Madrid ganó la copa de Europa en 2002. El entrenador gordo, calvo, con bigote y de Salamanca que hizo posible el logro no entraba en los planes del nuevo presidente. Vicente del Bosque fue cesado un año después, tras ganar la Liga. Era la época en que se decía que incluso el Pato Donald sería capaz de entrenar a una plantilla en la que se alineaban Zidane, Figo, Raúl, Ronaldo, Casillas, Beckham y Owen. Sin embargo, el equipo entró en barrena. Florentino dimitió y fue sustituido por Ramón Calderón, un Mendoza 2.0. que ganó dos Ligas, rebajó el glamour del plantel y se fue por la puerta de atrás. Posibilitando la vuelta de Pérez. Que dio el paso más decisivo de su mandato cuando decidió fichar a Jose Mourinho, entrenador portugúes con cartel de ganador y fama de marrullero que llegó el año pasado después de ganar la Champions con el Inter de Milan.

El presidente le dio plenos poderes. Resultado: una copa del rey. Resultado: el equipo ha entrado en una espiral autodestructiva. Las derrotas se justifican por factores externos que van desde las decisiones arbitrales a los recogepelotas o el calendario.  Frente al juego impoluto y casi orquestal del máximo rival, el Madrid funciona a base de contragolpes y ha ofrecido pocos partidos para el recuerdo. Los valores sobre los que se construyó la identidad colectiva han pasado a mejor vida. Más preocupado por las estrategias de comunicación y el marketing cara a la opinión pública, en momentos decisivos el entrenador se ha visto sobrepasado por la situación.

El club más importante del país se ha convertido en una metáfora. Se encuentra en tierra de nadie, arrancado de sus raíces y abocado a una transformación que nunca llega. Mientras el Barcelona se mantiene anclado a la tierra primigenia gracias a un entrenador de la casa y a una cantera que no deja de producir jugadores de talento que llenan el once titular, el Madrid camina desorientado por el siglo XXI. Resulta casi existencialista. Se parece a Mersault, el protagonista de El Extranjero, de Camus, cuestionándose todo el tiempo si de verdad merece la pena levantarse por las mañanas, bordeando el nihilismo, esperando a Godot en mitad del absurdo. Por eso, el mínimo viento tambalea el barco. El club es un laberinto de voces y espejos. El viejo espíritu se ha perdido y en el horizonte, de momento, solo se adivina la nada.

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2 respuestas a Modernidad

  1. Después de la Supercopa de España tomé una decisión irrevocable: Hasta que Mou no se vaya del Madrid, me importa muy poco lo que hagan.

    Me he puesto a buscar equipo, y al margen del Racing, por supuesto, creo que esta temporada voy con el Athletic de Bilbao… La tradición del fútbol vasco y las rarezas del Loco Bielsa me motivan.

    ¡Bat, bi, iru, lau, bos, sei, zaspi, BILBAOOOO!

  2. Sabia decisión. Yo también he meditado hacerme del Betis. Lo malo es que a la que ganan dos partidos seguidos me vuelvo a enganchar, sobre todo ahora que parece que Kaká espabila y otra vez juegan a algo.

    Pero con Mourinho no puedo. Que gane la Champions y que se vaya en plan chulito como hizo con el Inter. Y todos contentos.

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