Bienvenidos a la Distopía

El mundo se parece cada vez más a una novela de Dickens. Los malos se regocijan y el resto nos comemos los mocos. El viejo Charles solía introducir en sus historias un elemento de bondad natural que finalmente y pese a todo terminaba triunfando. Llámalo el fantasma de las navidades pasadas. Llámalo Sidney Carton. Iñaki Gabilondo vuelve de las vacaciones proclamando que la democracia se rinde. Se le ve derrotado. Qué gran personaje para un remake del chache D. Época de llaneros solitarios. ¿Afilar las garras de la misantropía? ¿No vendrá nadie para vengar a los niños perdidos? Imagino la conversacion, vísperas de Noviembre el 20. Vota. Tu puta madre. Vota. ¿Te lo repito? Ya más que nunca el acto chorra de papelear las urnas se ha convertido en el asco mayor, si alguna vez no lo fue. ¿A qué, si hacen lo que les sale de los mismísimos? Raymond Chandler solía decir para contextualizar a Philip Marlowe que a su detective no le importaba demasiado quién saliera como presidente, porque sabía que sería un político. ¿Dónde están aquellos héroes morales de ética insobornable, Galahads apolillados, perdedores que terminaban ganando a fuerza de dignidad, a pesar de las hostias y las noches de calabozo?. Marlowe sabía cómo hacer para que los malos perdieran. Y se entretenía resolviendo problemas de ajedrez las noches de insomnio. Recuerdo esa frase simple: A nadie le importaba si me moría o si me iba a El Paso. Pero era mentira. Nos importaba a nosotros. Nos la pela Mariano. Nos la trae flojísima el Rubal. Pero queríamos a Marlowe. Resultaba reconfortante saber que, aún en el papel, alguien mantenía el tipo a pesar de los pesares. Como Omar Little en The Wire, a veces dan ganas de, recortada al hombro, salir a las calles en plan príncipe preguntando ¿y qué?. Bienvenido al nuevo mundo. Bienvenido a la pesadilla de Aldous. Pregúntale a George. Ya no más legitimar políticas de a quién le importa. De aquí y hacia delante ya nadie te pedirá la opinión. Nada tiene qué decir tu Gobierno. Esos dibujos animados en los que el gatito atrapado en lo alto del árbol era rescatado por los bomberos, ese tiempo ya pasó. Ten a mano algo con lo que atizar al chico de los periódicos. Y todo lo demás son delirios. A veces quisiera ser Long John Silver y escapar con cuatrocientas guineas en un puerto cualquiera con la bandera negra izada en el lado malo del corazón. Ya todo el mundo agacha la cabeza y suspira. Nadie canta como Frank Sinatra. Y nadie pinta cielos con cuatro soles.

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