Malaparte

Yo iba a una biblioteca que había donde la Vaguada cuando vivía en Madrid y sacaba tres libros del tirón porque mi casa estaba en Cuatro Caminos y era vago y no quería subir y bajar cada dos días. Lo malo era que a veces no sabía qué coger y me pasaba un buen rato dando vueltas alrededor de las estanterías levantando las miradas de los viejos que leían la prensa y demás fauna del lugar. En una de esas vueltas di con un libro de un escritor que se llamaba Curzio Malaparte. Y recuerdo que pensé que alguien con un nombre así tenía que escribir bien a la fuerza.

El libro se llamaba La Piel y hablaba de Nápoles durante la II Guerra Mundial, cuando los aliados echaron a los nazis y tomaron la ciudad para después tomar el país. No era una novela propiamente dicha, sino algo amorfo, cercano al reportaje, moral, ensayístico y profundamente poético. Y crudo. Era Nuevo Periodismo escrito en 1946, unas cuantas décadas antes de Tom Wolfe, Truman Capote y el resto de los muchachos que hoy se glorifican en las Facultades de Ciencias de la Información.

Malaparte nació en la Toscana en 1898, de padre alemán y madre italiana, y su verdadero nombre era Kurt Erich Suckert. Trastabilló el apellido de Napoleón para hallar un seudónimo que significa algo así como ‘El que viene del mal lugar’. De chaval se fue a pelear en la I Guerra Mundial, de donde salió herido y convencido de la ‘grandeza’ de Italia -en aquella ocasión en el bando de los vencedores- se apuntó a fascista y se enfundó la camisa negra y marchó a Roma con Mussolini. Se hizo periodista y empezó a glorificar al nuevo régimen a través de periódicos que él mismo fundaba, hasta que escribió ‘Técnica del Golpe de Estado‘, un ensayo político  en el que atacaba a Hitler y Mussolini. Su denuncia de la corrupción del régimen provocaron su expulsión del partido fascista y su exilio forzoso en la isla de Lipari. Malaparte pasó a la oposición y con los años al Partido Comunista. A las puertas de la muerte -cáncer de pulmón, en un hospital de Roma- abrazó el catolicismo, nadie sabe muy bien si como última y macabra broma final.

Es díficil encuadrar a Malaparte dentro de corrientes literarias al uso. Digamos que tiene algo de Hemingway y algo de Tolstoi y algo del malsano concepto de belleza de Baudelaire. Sus dos grandes obras, Kaputt -ambientada en el frente ruso de Finlandia también durante la II Guerra Mundial- y la ya citada La piel están construidas a partir de una prosa cuidada y una capacidad de observación inaudita. Diplomático, militar y periodista, Malaparte se mueve por las trincheras y los grandes salones de la aristocracia para escribir acerca del mal, la belleza y la piedad que se esconden en el corazón de los hombres.

Ambas obras, sin una trama al uso, están construidas en torno a las experiencias del autor en la guerra y hablan por encima de todas las cosas de la dignidad que emana de los cadáveres apilados en el campo de batalla, de las madres muertas de cuyos vientres nacen niños vivos, de los ojos de los perros, de los caballos congelados en los lagos helados del norte de Europa y de los dictadores colgados del techo de una gasolinera.

Se le puede reprochar su apego a ciertos estereotipos nacionales simplones, la fascinación casi infantil por los palacios de la nobleza centroeuropea, su afán por salir siempre bien retratado y esa pedantería a ratos cansina de la que hace gala continuamente delante del lector y de la primera condesa que se cruza en su camino. De su lado, la sutileza, la amargura elegante del hombre que ve derrumbarse la civilización, la denuncia sin tapujos y la valentía para soltar cuatro teorías siempre alejadas de la corrección política y el zeitgeist de su tiempo.

Recuerdo: la primera escena de La piel, con el pelotón italiano formando en un patio lluvioso, vestido con los uniformes agujereados de los soldados británicos muertos. Los niños napolitanos asesinando alemanes con piedras y clavos. El montón de cadáveres en el que Malaparte cree descubrir a Cristo. La frase que resume Mamma marcia, su obra inacabada: ‘Un hombre empieza a morir cuando ve morir a su madre.’ El diálogo imaginario con el fantasma de Mussolini, el dolor y el perdón. El soldado herido sin remedio que quiere marcharse sin sufrimientos. El invierno frío de San Petersburgo. Los oficiales americanos que cada noche cenan los restos del acuario de Napoles hasta el día en que les sirven una sirena. Las aguas azulísimas de Lípari. El perro crucificado que contempla con comprensión a sus torturadores desde la dignidad última de su agonía. Aquel santo apedreado en Malditos toscanos. Los fusilamientos arbitrarios en El Volga nace en Europa. La salvaje erupción del Vesubio. La muerte rodeándolo todo.

Malaparte dedicó su vida a retratar una guerra sin héroes. Descubrió que allí donde sólo hay miseria y destrucción aflora también un género raro de belleza que retrató con precisión y avidez. Finalmente, una buena acción es capaz de redimir todos los asesinatos, un hombre justo vale por todos los Mussolinis y la sonrisa de una muchacha polaca puede limpiar los pecados del mundo. La tarea del escritor es estar ahí, para alumbrar el milagro.

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