Londres: Contradiciones de la percepción

Porque en la tranquila ciudad de Londres no
hay lugar para un luchador de la calle
(The Rolling Stones; Street Fighing Man)

Vivir es difícil para la mayoría. Exige ciertos mecanismos de defensa. Ante los acontecimientos del día a día levantamos una serie de filtros fabricados a base de ideas preconcebidas y prejuicios para no ser arrollados por el huracán de la chunguería. Mientras conseguimos hacer que los cosas encajen más o menos dentro de nuestro pequeño mundo mental, todo va bien. Cuando algo se sale de la norma, tendemos a la histeria. Sabemos que en nuestras ciudades existen guetos desbordados de violencia en donde la gente vive como en una novela de Dickens con armas automáticas. Lo sabemos mientras bajamos a comprar al Zara o nos vamos de vacaciones a Amsterdam y  lo sabemos cuando nos cambiamos de acera ante la visión de un chavalito con pinta de pandillero. Pero abrimos un bocón así de grande cagados de miedo en cuanto los muchachos se organizan para bajar al centro y dejarse ver unos días por nuestras cómodas vidas.

Con diferencias sutiles, la película de la mayor parte de la población contiene elementos comunes: todo se reduce finalmente a la eliminación de cualquier elemento caótico en pos de la máxima seguridad posible. Si hay algo a lo que el ser humano teme profundamente es a la casualidad. La civilización -ciudades, gobiernos, democracia, funcionarios públicos, líneas de autobús- es el resultado de la lucha del hombre contra el caos y los desórdenes de la naturaleza y los instintos. Hemos construido un sistema de circulación universal basado en un código de tres colores para evitar ser atropellados al cruzar la calle. Hemos evolucionado a partir del Derecho Romano hasta crear un complejo entramado policial y judicial destinado a mantener una estructura social piramidal. Levantamos diques para contener las aguas del mar del mismo modo que levantamos alambradas para contener los flujos migratorios. Inventamos la guerra como un medio legítimo de matar a otros para conservar o aumentar nuestros privilegios.

El gran hallazgo del capitalismo fue la clase media. La clase media es el perro guardián de la lucha social. La clase media aúlla pidiendo orden y si a los desposeídos de este mundo se les ocurre salir a exigir mejores condiciones de vida son los primeros en demandar una buena carga policial que ensangrente bocas y parta costillas.  Como un puñado de naúfragos en un bote salvavidas, saben que dejar subir a alguien más supondrá racionar la comida y viajar más estrechos. La gran contradicción es moral: todos sabemos que está mal que unos cuantos desgraciados sufran o enfermen o se mueran de hambre, pero nuestro egoísmo prima siempre sobre nuestra bondad. Resolvemos la cuestión a través de la hipocresía. Hacemos como que no vemos y ya.

Sin el don de la hipocresía el hombre de la calle acabaría desquiciado. Te permite apoyar fervientemente las revueltas árabes y al mismo tiempo cagarte en los muertos de los conductores de metro de tu ciudad cuando se ponen en huelga y te obligan a coger un autobús lleno hasta los topes y llegar cinco minutos tarde al trabajo. Te permite echarte las manos a la cabeza cuando contemplas en el telediario los disturbios y saqueos de Londres, y te permite llamar chusma a esos adolescentes chaboleros que se lían a patuscazos contra los escaparates del centro comercial para arramblar con teles de plasma y juegos de la play, porque consiguen que de repente el miedo se instale en tu vida y te jode los planes para el fin de semana.

¿Por qué roban zapatillas Nike y I-Pods? ¿Quién se los ha metido por los ojos como símbolo supremo de la modernidad, el lujo y la buena vida? En la guerra particular del día a día, nosotros, los que habitamos en el lado de acá del sistema, estamos acostumbrados a ganar siempre. En cuanto la balanza amenaza con descompensarse, siquiera esta mijita, exigimos la vuelta al orden sin advertir que para que el orden que tanto amamos se mantenga firme muchos seres humanos son obligados a vivir como ratas. No miramos porque nos da dolor de cabeza. Nos hace sentir culpables y odiamos la culpa.

Nos gusta creernos buenos. Por eso no nos atrevemos a dar el paso final y admitir de una puta vez que adoramos vivir en este sistema que tanto decimos odiar y que esto es una guerra y que para que nosotros ganemos ellos tienen que perder y que cuando la cosa se pone fea queremos políticos machotes y policías que defiendan nuestra seguridad y nuestra miseria cotidiana. Queremos que se resignen a vivir sus vidas de mierda y violencia sin rechistar, para que no perturben la paz de nuestra vida inventada. No queremos que se rebelen porque nos obligarán a ganarles de nuevo la guerra que libran para poder acceder a un territorio vedado por nuestro egoísmo.

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