Hamsun y la masacre

Con todo el mundo todavía conmocionado después del atentado en Noruega –hoy la policía rebaja el número de víctimas, que se queda finalmente en 76- los periódicos analizan el caso después del sofocón informativo del fin de semana para intentar encontrar explicaciones a un acto irracional que difícilmente puede entenderse. Se esbozan teorías sociológicas, se habla del auge de la extrema derecha en los países escandinavos, se recurre a la emergente novela negra de aquellos países para trazar el perfil de una población aislada, encerrada en sus noches de seis meses y sus fríos extremos. Se simplifica y se recurre a generalizaciones para ofrecer respuestas rápidas a un suceso que escapa de nuestra comprensión. Más que acudir a Stieg Larsson habría que releer a los grandes realistas rusos: Dostoievski y Tolstói, con sus hondas descripciones del mal que anida en el corazón de los hombres y los actos de horror que una mente trastornada puede llegar a desencadenar se ajustan mejor a lo sucedido.

Hoy en el diario Público se han acordado de Knut Hamsun, el viejo premio Nobel, probablemente el mejor novelista noruego de todos los tiempos, que en sus últimos años de vida simpatizó con la causa nazi y llegó a reclamar la alianza con la Alemania de Hitler, convencido como estaba de que sólo esa unión enfermiza podría salvar a Noruega de la invasión de Rusia e Inglaterra, comunistas y liberales, el oso y el bulldog, como él los llamaba.

Hamsun, amante de la vida rural y salvaje, extrañaba el  paraíso perdido de la vida sencilla. Ese ideal, el del mundo de antaño que asociaba seguramente a la niñez y que probablemente nunca existió, se convirtió en la utopía que en sus últimos años de vida despertaría en el viejo escritor las aspiraciones arias que asociaba a la vuelta de aquel mundo añorado, tan centroeuropeo, de alamedas en otoño y casas con jardín y carruajes estilizados. Le dieron el Nobel en 1920 por una obra de ese palo, La bendición de la tierra, evocación bucólica de la sencillez perdida. Cuando Hansum encaraba los últimos años de su vida, a las puertas de la II Guerra Mundial, el mundo ya era otra cosa.

Basta echar un vistazo a las declaraciones que aporta el artículo o a sus escritos de aquella época para entender hasta qué punto las ideas de Hansum eran estúpidas y simplonas. Nadie le hizo demasiado caso. Ni siquiera Hitler, con quien tuvo una entrevista personal cuando ya estaba casi sordo y superaba los ochenta años de vida.  Más allá del ramalazo de tontería de sus últimos días queda el gran escritor, y ahí entramos en el terreno delicado de siempre.

Hamsun escribió en 1890 una obra tremenda: Hambre. Va de un joven escritor que, literalmente, se muere porque no come. Transcurre en la vieja ciudad de Cristiania, que años después recibiría el nombre de Oslo. Mezcla de realismo crudo y delirios, escrita en primera persona con un estilo hiperdirecto, protagonizada por un hombre débil y orgulloso, profundamente complejo, la obra supuso una ruptura con la literatura precedente -se publicó sólo diez años después de Los Hermanos Karamazov, por ejemplo- y forma parte de la línea de obras maestras que separa la novela del siglo XIX de la del XX. Influyó decisivamente en autores posteriores, como Henry Miller o Thomas Mann,  y es el antecendente más claro del realismo sucio de John Fante y de Charles Bukowski, que lo reconocieron como maestro.

Al igual que ocurre en Francia con Céline, no hay en Noruega calles con el nombre de Knut Hamsun. Cuando en 2009 se celebró el 150 aniversario de su nacimiento, se hizo de modo discreto, sin grandes aspavientos. Se trata de un personaje con una significación chunga en el inconsciente noruego. Hablamos de un país con una escasa tradición literaria a nivel mundial, más allá del teatro de Ibsen y de la obra del propio Hamsun. No pueden prescindir de él, pero tampoco vanagloriarse de su figura. Es el eterno debate entre la primacía del genio o la primacía del cabrón.

Yo soy partidario de leer a Hamsun. Hambre no es una novela cualquiera. En apenas doscientas páginas, alberga imágenes  potentes y dilemas complejos. La escena más conocida, evocada mil y una veces, es aquella en que el protagonista, azuzado por el hambre y la locura, impelido a escribir por encima de todo, morderá su propia carne y beberá su sangre para poder seguir subsistiendo. El final en el muelle es arrebatador.

El protagonista -del que nunca sabremos el nombre- ha elegido conscientemente su propio camino y no siente compasión por sí mismo. Por encima de todo, sigue un camino que desemboca en la realización de los sueños. Es un ataque feroz al sistema de vida burgués y a un mundo moderno, encarnado en la frialdad de la ciudad, que empieza a asfixiar al género humano. No contiene proclamas nazis, sólo gran literatura.

Quizás algún día lleguemos a comprender los mecanismos internos que llevan a un hombre a cometer actos de barbarie como los del pasado fin de semana. Quizás haya que hablar del fracaso de la integración en los países nórdicos, de los estragos causados por la crisis en el paraíso del estado de bienestar, de las inseguridades que genera en la población la pérdida de un mundo idealizado que se esfuma. En todo esto, me temo, Hamsun es una metáfora y poco más.

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