Grandes losers de la Historia de España: Mariano José de Larra

Seamos serios. ¿Alguien se pegaría hoy mismito un tiro por la situación política del país? ¿Alguien se asfixia en mitad de la decadencia? ¿Alguien, siguiendo el axioma noventayochesco del ‘me duele España’ se llenaría de plomo las sienes asfixiado de amores no correspondidos e ilusiones políticas fracasadas? Nah, esas cosas pasaron, y el movimiento romántico dejó un tufillo de rima ripiosa en los libros de escuela y poco más. El siglo XIX fue el último siglo optimista, escribió una vez Enric González. Hablamos de la época de las grandes exploraciones (Livingstone, Stanley y toda la peña en el corazón de África, las expediciones a los polos), de las grandes ideas que aspiraban a cambiar el mundo (el marxismo, el anarquismo, el socialismo utópico), de las teorías cientificas soñadoras que reflejan las novelas de Julio Verne, de los proyectos políticos imposibles (el romanticismo y el nacionalismo, con sus mundos ideales). Fue un siglo bienintencionado y tontorrón, casi tierno. Dos guerras mundiales, el exterminio nazi, las bombas atómicas y demás  catástrofes hicieron de los ciudadanos del siglo XX unos cínicos irremediables, que se protegían con sonrisas irónicas y existencialismo descreído del horror recién descubierto. Nuestro siglo XXI, con su sociedad hipertecnologizada y su velocidad de vértigo, su aislamiento y su sinuosidad ambivalente nos ha vuelto hijos de la nada. Hoy, qué cojones, nadie se pega un tiro por nada. El romanticismo ha muerto, y tonto el último. Larra y sus colegas, quedaron pues, como los penúltimos pringados que se dejaron morir por dentro víctimas de un drama que hoy nos importa tres pollas.

Otra cosa. Echen un ojo a la literatura romántica española. Bécquer, cuya influencia en la Generación del 27 es innegable, es un poeta terriblemente honrado -a diferencia de subvencionarios actuales, se nota que el hombre sufría de verdad- pero ha quedado para los libros de texto y para forrar carpetas adolescentes con esos versos suyos de las golondrinas, tan chiclosos, que han terminado eclipsando sus poemas trágicos, ciertamente de mérito. De Espronceda recordamos aquella estrofa de los diez cañones por banda y poco más. Zorrilla no fue precisamente Calderón, y su gran obra, cuyo embrión se encuentra en ‘El burlador de Sevilla‘, de Tirso de Molina, no se sostiene ante el original, como tampoco ante una lectura sin prejuicios escolares. No hablaremos del realismo posterior -Galdós, Clarín, Pardo Bazán o Valera- porque eso, al fin y al cabo, es otra historia. De entre el movimiento romántico español, y a esto vamos, sólo la obra de Larra se alza poderosa y capaz de resistir la erosión de los siglos.

Mariano José nació en Madrid en 1809, en plena Guerra de la Independencia, con Napoleón acojonando a la nación y los Borbones gestando ulteriores desgracias. El país de Larra no fue un país ideal. España era entonces -quizá lo sigue siendo- un putiferio de corrupción y mandamases ineptos con un pueblo expoliado que sangraba pidiendo pan. De chavalín le tiró la política y, en 1928, con diecinueve añitos, editó su primer periódico, El Duende Satírico del día. Como es natural, nadie le hizo ni puto caso. Era la época en que aún se limitaba a dar caña a los que cuchicheaban en los teatros y demás inconveniencias sociales, convencido como estaba, en plena Década Ominosa, de que el gobierno absolutista era la mejor de las situaciones.

En el 29 se casó con una moza, Josefa Wetoret, matrimonio que salió malamente. Poco después, ya en 1930, conoció a Dolores Armijo, una mujer casada que habría de convertirse en el gran amor de su vida y causa de sus tristezas sin fin. En 1932 editó su publicación más relevante, El pobrecito hablador, que apenas vivió unos meses, lo justo para dar cierta fama a sus textos. Trabajaba sin descanso, traduciendo obras francesas, fundando periódicos que desaparecían al rato y colaborando en diarios de toda índole. De esa manera fue forjando el estilo y asentando la prosa, que habría de alcanzar niveles sublimes al tiempo. Por estos años empezó a usar su seudónimo más conocido, Fígaro, inspirado en el protagonista de la obra El barbero de Sevilla. Sus escritos aún dejaban traslucir la esperanza de la regeneración social, del futuro no escrito y libre de sombras que se acabaría oscureciendo poco después.

Sus artículos fueron tiñéndose cada vez más de política. El joven absolutista evolucionó hacia el liberalismo progresista y vio con buenos ojos la desamortización de Mendizábal. Pero los utópicos no tardan en darse de bruces con el pragmatismo y la desilusión. Decepcionado con unas políticas que su espíritu contradictorio -mezcla de conservadurismo y ansias de justicia social- no conseguía aprobar, se pasó al partido moderado y fue elegido diputado en 1836.

Quizá fue la incomodidad de saber traicionada obra e ideas. Quizá fue la desazón que le produjo el no poder llevar a la práctica ninguna de sus iniciativas en el Congreso después de que el Motín de la Granja pusiera fin a la legislatura antes de empezar devolviendo el gobierno a los progresistas. Quizá fue la ruptura definitiva con su viejo amor imposible. Hay un artículo, publicado en El Español, que lleva por título La noche de difuntos de 1836. Es posible que se trate del mejor texto jamás publicado en un periódico español. Trasluce una amargura sutil pero evidente. Son las palabras de un hombre roto al que ya sólo le queda morir.

La versión más efectista de la historia cuenta que el 13 de Febrero de 1837 Larra recibió la visita de Dolores Armijo en su casa de la calle Santa Clara de Madrid. El viejo y querido amor se marchó poco después. Larra se quedó solo, quizá con un corazón que ya le era extraño. Tenía el desengaño y tenía una pistola. Y como eran otros tiempos se suicidó.

Vivió 27 años. Pocos en tan poco tuvieron tiempo de tanto. A Larra le bastó para escribir un puñado de artículos memorables, fundar varios periódicos, subir a lo más alto, caer varias veces y convertirse en maestro de periodistas. Elevó el periodismo a la categoría de gran literatura. Por encima de la ironía, la crítica, las manías personales y el dolor que le producía contemplar las enfermedades de un país al que quería honestamente, sus textos rezuman elegancia e inteligencia. Algo cada vez más difícil de encontrar en estos días nuestros, en los que nadie se mata por nada y Larra es un busto en cualquier glorieta.

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4 respuestas a Grandes losers de la Historia de España: Mariano José de Larra

  1. AML dijo:

    Querido autor, celebro el tono de tu artículo sobre mi antepasado, bisabuelo de mi bisabuelo y sin más líneas posibles llegar hasta nosotros.
    Efectivamente hoy no se encuentran personas dispuestas a morir por sus ideales; hoy muchos ideales se venden por menos de nada y los ciudadanos pasean indiferentes ante los males de una España que sigue, como en aquel 13 de febrero de 1937, padeciendo algunos fallos sonados, viviendo derrotas fatales, mejorables políticas y más voces dispuestas a la crítica que a la propuesta útil y constructiva.
    Larra es uno de esos que no se encuentran en cualquier parte. Uno de los que tomaron partido y no fueron meros espectadores de sus vidas, sino que pasaron a la acción en el ruedo de la política y periodismo, y en la arena de la sociedad, como dices tú “elevando a arte” su profesión y finalmente vencido con final romántico al dolor permanente que sentía por la nación que amaba y que tanto le dolía.
    “Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta”.
    Mariano José de Larra habría sido un ‘loser’ en otras circunstancias, si su gatillo hubiera disparado en balde, si hubiera sido un anónimo más, “un pobrecito hablador” desconocido del que hoy no comentáramos, estudiáramos y aprendiéramos más allá del periodismo, que ser capaz de darlo todo por un ideal aún es posible y que es bueno el altruismo (sin llegar al extremo) pero gozando al máximo o sufriendo completamente, pq este es nuestro temperamento nacional. Que nos hace ser como somos y muchos sufrir por ello.
    “Me duele España”. Y a mí, cada día me sigue doliendo para quererla más.

    Alejo M. de Larra.

  2. AML dijo:

    Querido autor, celebro el tono de tu artículo sobre mi antepasado, bisabuelo de mi bisabuelo y sin más líneas posibles llegar hasta nosotros.
    Efectivamente hoy no se encuentran personas dispuestas a morir por sus ideales; hoy muchos ideales se venden por menos de nada y los ciudadanos pasean indiferentes ante los males de una España que sigue, como en aquel 13 de febrero de 1937, padeciendo algunos fallos sonados, viviendo derrotas fatales, mejorables políticas y más voces dispuestas a la crítica que a la propuesta útil y constructiva.
    Larra es uno de esos que no se encuentran en cualquier parte. Uno de los que tomaron partido y no fueron meros espectadores de sus vidas, sino que pasaron a la acción en el ruedo de la política y periodismo, y en la arena de la sociedad, como dices tú “elevando a arte” su profesión y finalmente vencido con final romántico al dolor permanente que sentía por la nación que amaba y que tanto le dolía.
    “Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta”.
    Mariano José de Larra habría sido un ‘loser’ en otras circunstancias, si su gatillo hubiera disparado en balde, si hubiera sido un anónimo más, “un pobrecito hablador” desconocido del que hoy no comentáramos, estudiáramos y aprendiéramos más allá del periodismo, que ser capaz de darlo todo por un ideal aún es posible y que es bueno el altruismo (sin llegar al extremo) pero gozando al máximo o sufriendo completamente, pq este es nuestro temperamento nacional. Que nos hace ser como somos y muchos sufrir por ello.
    “Me duele España”. Y a mí, cada día me sigue doliendo para quererla más.

    Alejo M. de Larra

  3. Gracias por tus comentarios, Alejo. Estoy de acuerdo contigo en que esta España de hoy se parece un poco a la España de Larra. En realidad, creo que España siempre se parece a sí misma, en cualquier momento de su historia: para bien o para mal, somos un país complicado.

    A mí me gusta mucho Larra. Me gusta por sus artículos, que a mí me parece que trascienden el periodismo y el costumbrismo, y por eso siguen siendo válidos a día de hoy. Me interesa su vida, la época que le tocó vivir, y la manera en que decidió afrontarla. Tengo predilección por el siglo XIX y por el Romanticismo.

    El término “loser” es una tontada que se me ocurrió para etiquetar a un grupo heterogéneo de personajes de la historia española que, en mi opinión, han sido injustamente olvidados. Es en cierto sentido, un adjetivo cariñoso. Creo, como escribí en el texto, que necesitaríamos muchos Larras, hoy y siempre. Nos iría mucho mejor.

    Un saludo

    • AML dijo:

      Muchas gracias a ti por tus cariñosas palabras. Efectivamente en la idiosincracia nacional está la mala y habitual costumbre de menospreciar en un rincón lo nuestro y sentir envidia por lo ajeno.
      Un gran político amigo mío, ayer con Manzano y hoy de nuevo importante figura del Ayuntamiento de Madrid, me dijo (con mucha razón) “si los franceses hubiesen tenido un Cervantes, hoy los Campos Elíseos se llamarían así”. Nuestra calle Cervantes de Madrid se esconde en el barrio de las letras a la sombra del Paseo del Prado. Quizá no debamos añorar el tipo de patriotismo de los otros, sino ser capaz de identificar el nuestro (no tanto de símbolos y jacobismo sino de estilo de Vida, de temperamento histórico y de grandes corazones que nos han llevado a grandes proezas.

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