¿Qué fue de las revueltas árabes?

¿Se acuerdan de aquellos viejos buenos tiempos, allá por el mes de Enero, cuando la revolución callejera era cosa de moros y aquí pasábamos el invierno, pichí pichá, pegados a la pantalla del televisor, viendo a esos bienintecionados muertos de hambre tratando de echar del poder a sus chulos? Veíamos a aquel Mubarak, viejo, maquillado, con su sonrisa de suficiencia los primeros días y pensábamos, invariablemente, éste es el malo. Y ojalá que lo larguen. Pero primero vimos caer a Ben Alí, el baranda de Túnez, y nos miramos emocionados y exclamamos a coro, ¡ya ha venido la primavera! ¿Recuerdan a la muchachada en el Tahrir, cercada de tanques, crecida de piedras? Algunos, los más soñadores, pensaron en voz alta aquello de y si una cosa de éstas pasará aquí. Y hubo risas. Y hubo incluso  quienes amagaron con liarse la toalla a la cabeza cual beduino para arengar a la juventud dormida. Eran otros tiempos.

Después fue Bahréin y ahí la cosa ya se vino seria, porque allí había gasolina y carreras de coches y barandas ricos de rolls royce para arriba de esos que compran equipos de fútbol (que se lo digan a mis amigos del Racing) y pues poca broma. Aquello se pasó así como por alto, sin meter mucho jaleo. Como lo de Yemen, que sólo hay cabras. Y quién coño sabe dónde está Yemen. O mejor: a quién coño le importa. A nosotros nos molaba Egipto. Eso era otro rollo y además nos reíamos de Bisbal. Y más cuando se fue Mubarak. Uy, ¡la de primaveras que florecieron en los titulares de la prensa! El mundo árabe era todo un despertar de jijis y flores…

Hasta que llegó Libia. ¿Saben Libia? Ese país de ese señor tan malo, Gadafi, que se lio a cañonazos con su juventud airada y amenazaba con subirnos el gasoil. Por primera vez Europa se planteó actuar. Y aquí nuestro baranda por no ser menos también tomó medidas y redujo la velocidad máxima en la autovía a 110, que no se diga. Decíamos, allí que fueron los buenos y repeinaditos muchachos franceses e ingleses y americanos, repartiendo los flyers de la democracia a base de bombas inteligentes y bloqueo aéreo, por si un casual. Y luego, la OTAN -ya saben: de entrada no- a coordinar y tomar el mando y resolver la cuestión en un pispás. Y entonces ya Gaddafi se lio a mentarle la madre a Sarkozy y los periódicos se llenaron de partes de guerra y empezamos a leer nombres de ciudades que de la noche a la mañana llenaban conversaciones de bar: Trípoli, Bengasi, Misrata, Ras-Lanuf… La cosa sigue estancanda. Dicen que los rebeldes permitirán a Gadafi quedarse en el país si renuncia. Algo así. Miren de leerlo en los periódicos. Si encuentran algo… De Siria mejor no hablamos. Los infelices llegaron cuando la cosa empezaba a cansar y ni esto se dijo de ellos. Que si el presidente malo, que si taytantos muertos, que si hay que ver que habría que hacer algo pero si eso tú que a mí me da la risa, que si que si. Ahí seguimos.

Después vino nuestra propia juventud a llamar a la puerta de la indigación, y ahí se cortó el chorro noticioso. Que cuando los barandas ven que hierve el café hasta cuatro jugando a las cartas se vuelven subversivos chungos. Un poquito de la crisis del PSOE, una mijita de rescates financieros, una chispa de los líos de faldas de DSK y aquí paz y después gloria. En cuanto se nos llenaron las plazas de chavales sin duchar la revolución comenzó a perder el glamour.

En Egipto ya se han cansado de esperar a la primavera y hubo disturbios esta misma semana. En Túnez, la revolución se ha estancado. En Libia sigue la guerra civil. En Siria las manifas y los muertos. En Yemen, el presidente anunció que se iba y después dijo que lo había pensado mejor y que ya si eso después del verano, así que le pusieron una bomba que lo mandó al hospital y ahora se lo está pensando. En Bahrein de momento no hay carrera de coches.

La revolución árabe sigue latiendo. A pesar del cada vez menor eco de la prensa mundial, todavía respira. A la espera de un nuevo acontecimiento clave que haga volver otra vez los ojos de Occidente, ávidos de actualidad, hacia ellos y hacia sus reivindicaciones. La tragedia de los miles de muertos, la represión, los desplazados, todo eso está ya muy visto. Pero con cobertura o sin ella, la primavera se abre camino en silencio. Sin los minutos de privilegio en el telediario continua abierta la brecha. Aunque lo de ver con buenos ojos la lucha fuese sólo una moda pasajera.

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