El Síndrome de Sorel

Fotograma del telefilm Le Rouge et le Noir (Jean-Daniel Verhaeghe, 1997)

Hay en ti algo que molesta a la vulgaridad. Te perseguirán la envidia y la calumnia. Allá donde
te coloque la Divina Providencia, no dejarán de mirarte con odio tus compañeros;
y si fingen quererte, será para que les resulte más fácil la traición.
(Rojo y Negro; Stendhal)

Henry Beyle, alias Stendhal, ha pasado a la historia como uno de los grandes escritores de todos los tiempos. Creador, junto a Balzac, del realismo que dominó todo el siglo XIX y buena parte del XX -ese estilo que debidamente corrompido y aderezado con cien padres putativos todavía galopa a buen brío en nuestros tiempos- Stendhal era un grafómano empedernido. Hombre de buena posición, paradigma del artista de su época, militar con demasiado estómago para las tropelías de la guerra, se dedicó básicamente a escribir y viajar. Sus obras completas alcanzan los 50 volúmenes. En 1830, once años antes de morir de un ataque de apoplejía, escribó Le rouge et le noir, la primera de las obras maestras por las que habría de ser recordado eternamente. ¿Sabía Stendhal, cuya escritura era un torrente, lo que estaba haciendo? ¿Podía sospechar que aquel Julien Sorel, guapo, orgulloso, inteligente y frío, ambicioso por encima de todas las cosas, habría de convertirse en uno de los más grandes personajes de todos los tiempos?

Julien Sorel es hermano mío de sangre. Cabrito y gilipollas como él solo, su humanidad desvalida desborda una obra que comienza tibia, cansina, y que coge bríos en una segunda parte intensa que se precipita sin remedio hacia un final amargo. Julien: perdedor selecto, juguete en manos de los poderosos. Sorel: envuelto en un huracán de amor de naturaleza enfermiza, él, que sólo quería una buena posición y no tener que agachar la cabeza ante nadie. El ejemplo de Napoleón dio alas a la ambición de la juventud francesa del siglo XIX. ¿Cómo iba a resignarse el hijo de un carpintero a no ser nada jamás, si aquel corso de extraño acento había conseguido ascender de sargento a emperador de Europa? He ahí a Julien Sorel, con su traje negro de preceptor-secretario-latinista-seminarista, helo ahí, de pie y barbilampiño, acariciando ideas sublimes, sacando el polvo a sus dos pistolas.

Más allá de la trama, que Stendhal tomó tal cual de una historia real publicada en los periódicos, Rojo y Negro es un  profundo tratado psicológico. El chache Beyle ahorra descripciones y dosifica diálogos. La estructura es simple: dos partes, capítulos cortos, escaso esmero en la forma. El narrador interpela continuamente al lector. Stendy te habla desde su tumba, te explica, moviendo las manos, el carácter trágico de sus criaturas. El mecanismo interno funciona como un reloj: la sangre dentro de los personajes, su fuego vital, hace avanzar la obra de manera firme, sin un resquicio de duda, por un sendero que parte de lo anodino y alcanza la maravilla. El primigenio niñato Sorel esconde un héroe de arrogancia y bondad que sólo se revelará al final de la obra.

En la vida todo cuanto hay de crucial sucede de forma abrupta.  Uno nunca lo ve venir, que se dice. A nuestro hombre la tragedia se le viene encima a golpes de mala leche y de manera cruel. Tenía que pasar, dirán los fatalistas. El fatum griego, el destino cabrón, ése contra el que se levanta furioso Julien Sorel desde su misma cuna, no perdona a las almas fuertes que intentan buscarle las hostias. Puede ser, pero la gloria mira siempre hacia los audaces. Porque al fin y al cabo, Rojo y Negro es, por encima de todas las cosas, una historia de amor.

Hay más personajes, muchos y memorables, como la arrebatadora señora de Rênal, el marqués de la Mole -perfecto caballero-, la pequeña Mathilde, esa suerte de Ofelia moderna loca de orgullo que en su delirio gótico terminará adorando cabezas guillotinadas, el padre Pirard, o el muy hijoputa señor de Valenod. Pero Rojo y Negro es Julien Sorel: todos se definen en base a él. Lo aman o lo odian, lo ayudan o lo putean y casi siempre todo a vez.

La vida es un tango, escribió Céline, y hay mucho de eso en la historia de Julien Sorel. Rabia, frustración, una búsqueda interminable de algo que no se puede encontrar. La rebelión como camino, no como meta -pues la meta se sabe inalcanzable. Al final mi chavalito Sorel terminará asumiendo aquello que cantaba Jacques Brel: No voy a llorar más, no voy a hablar, me ocultaré para mirarte bailar y sonreir.

El final es terriblemente hermoso.

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5 respuestas a El Síndrome de Sorel

  1. maría dijo:

    Todas las mujeres nos hemos sentido Madamme de Renal alguna vez en la vida, gracias a o por la desventura de haber conocido a nuestro Julian Sorel particular. Haberlos, haylos…

  2. Si no los hubiera, el mundo y las vidas serían mucho menos interesantes.
    Gracias por tu opinión

  3. Ana dijo:

    Me encantó tu manera de explicarlo. Me costó mucho arrancar con la lectura, pero sin duda es uno de los mejores libros que pasó por mis manos. Y eso porque me marcó profundamente. Julien Sorel es, sin duda, un personaje que se le hace carne a uno. Esperaba un final feliz, pero tenía que ser realista. Como dijiste, terriblemente hermoso.

  4. angel madrigal dijo:

    ¿Porqué “rojo y negro”?

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