Wimbledon 2011: Reyes, coronas y enigmas

Señálalo bien rojo en el calendario. Entramos en la semana decisiva de Wimbledon. Londres se quema. En el All England Lawn Tennis  and Croquet Club de la capital británica se afila estos días el saque-volea. El más antiguo y prestigioso campeonato del mundo se decide de aquí al domingo.

En Wimbledon  los jugadores van de blanco, normas de la casa, y reciben tratamiento de míster. A la entrada de la gran Pista Central, hay grabados dos versos de Kipling: If you can meet with triumph and disaster / And treat those two imposters just the same (Si puedes encontrarte con el triunfo y el desastre / y tratar de igual manera a esos dos impostores) Parece una tontería, pero en cosas como Wimbledon sobrevive el espíritu orgulloso del viejo Imperio Británico.

Wimbledon se disputa sobre pistas de hierba, ya se sabe, y fue siempre el paradigma del tenis veloz: un buen saque, una elegante volea a media pista, un punto. Nadie lo ejemplificó mejor que Pete Sampras, recordman del torneo con siete títulos. Pero los que preferimos el otro tenis, el del talento y los puntos inolvidables, siempre fuimos con Agassi. Wimbledon sufrió una metamorfosis el día que se presentó en Londres un sueco de melena rubia y barbita descuidada llamado Bjorn Borg: el Hombre de Hielo demostró que se podía ganar desde el fondo de la pista, a base de topspin y muñeca de artista. Borg dio inicio a la penúltima época dorada del tenis: la de McEnroe, Connors y compañía, que desembocó en Ivan Lendl, aquel legionario checo que jamás sonreía, némesis de Borg.

En los albores del siglo XXI, el All England cambió el tipo de hierba para hacer la pista más lenta y alargar los puntos. De alguna manera, Wimbledon mutó para siempre. Sigue la tradición, inamovible, pero el tenis que se ve hoy en día se parece más a lo de Borg que a lo de Sampras. Yo lo prefiero así.

En Wimbledon se hizo mayor el artista Roger Federer, venciendo en 2003, con tan solo 22 años y asombrando al mundo entero. Ningún otro torneo se ajusta mejor a la elegancia natural de Roger. En la hierba de la Pista Central del All England el genio suizo se convierte en Miguel Ángel cincel en mano. Viéndolo jugar uno descubre ángulos imposibles, golpes que no existen, reveses que no son. Roger ganó cinco veces seguidas, hasta que se topó en 2008 con Rafael Nadal, que dobló la mano de relojero de Federer en una final memorable (6-4, 6-4, 6-7, 6-7, 9-7; McEnroe dijo que había sido el mejor partido de todos los tiempos) Pero este año, Roger vuelve en forma, después de acallar bocas en el último Roland Garros, y si hablamos de favoritos pocas cosas tan imprudentes como borrar de la lista al séxtuple campeón.

Hablando de Roland Garros, algo parecido a lo que hizo en aquella semifinal mágica de Paris contra Djokovic tendrá que buscar el suizo para meterse en la final, porque guardando la puerta de entrada se perfila el serbio, primer enigma de esta edición. Ya hemos visto qué es Djokovic en 2011: un torrente de velocidad y golpes planos capaz de avasallar al mismísimo número uno en tierra batida. Habrá que ver de qué es capaz sobre la hierba londinense, donde su mejor resultado fueron las semis de 2007 y 2010. Nole es un tenista excelente. Nole tiene una cabecita loca. ¿Cómo andará Nole después del varapalo de Paris, cuando perdió el número uno y la racha inmaculada de victorias ante el torrente de poesía desplegado por Federer? De momento, está en cuartos sin ceder un set y su juego no parece haberse resentido del daño. Novak es mucho tenista. Ojito.

El enigma número dos se llama Andy Murray. El escocés es la cuarta pata de la mesa pero, a diferencia de Djokovic, aún no ha conseguido despojarse de las ataduras que lo sujetan. Después de ganar los Masters de Cincinatti y Madrid en 2008, todo el mundo esperaba la eclosión de Andy para el año siguiente. Pero Andy no rompe. Ha jugado tres finales de Gran Slam (dos en Australia, una en el US Open) y ha perdido las tres. Su juego, que pareció estancarse en 2009, volvió a coger aire en 2010 y ha mejorado este año. Su derecha, antes inexistente, es ahora una amenaza muy seria. Ha hecho una gran temporada de tierra y llega a Londres envuelto en el mismo mar de dudas de todos los años. Desde Fred Perry en 1936, ningún tenista británico ha vuelto a ganar Wimbledon. La maldición de la hierba acompaña generación tras generación a los tenistas de las islas. La presión les atenaza, les muerde, las asfixia. Algo así le ocurre a Andy Murray. Su juego, quizá demasiado defensivo, y su mala gestión de los momentos decisivos, le pasan factura en las semis y en las finales, cuando todo cuenta y los mejores del mundo se asoman desde el otro lado de la red. Pero el potencial está ahí. En Gran Bretaña cruzan apuestas: ¿Será este el año de Andy?

La respuesta la tiene Rafael Nadal, virtual rival en del escocés por un puesto en la final. Nadal es, en Wimbledon, algo así como la sombra de Borg. Sin ser un sacador, jugando desde el fondo de pista, envenenando derechas y cazando incautas subidas a la red, Nadal se proclamó campeón en el All England en 2008 y 2010. Hoy mismo ha derrotado a Juan Martín del Potro y está en cuartos. Tras quitarse la presión venciendo en Roland Garros por sexta vez hace semanas, las dudas parecen haberse esfumado de la cabeza del vigente campeón. Nadal, aquí y ahora, se dedica a jugar al tenis. En la hierba, los golpes de Rafa adquieren más topspin que nunca: uno ve salir una bola con una rosca endiablada, que sube y desciende a velocidad de vértigo, que parece que va fuera pero que no, que bota y se vuelve imposible de controlar. Todo eso, unido a la lucha de todos los días, la fuerza mental y el talento innato, convierten a Nadal en el enemigo a batir. El número uno defiende su reino y quiere llevarse, otra vez para casa, ese trofeo dorado donde están inscritas las palabras Championship of the World.

En el All England hay un muro donde se graban los nombres de todos los campeones. Desde 2003 hasta hoy en ese muro sólo hay dos nombres: el de Roger Federer y el de Rafa Nadal. Todos quieren ver el suyo ahí. Pero Wimbledon es exigente. Y los reyes ciñen con fuerza su corona.

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