Galería de Apócrifos: Dario Tariesse

Casi nadie recuerda a Dario Tariesse. Nacido en 1787, en la mitológica isla de Capri, fue bautizado en la pequeña y hermosa iglesia de San Esteban. Su obra no puede enmarcarse dentro de ninguna corriente literaria. Creó su propia estética. Quizá le influyó el conflicto familiar. Menor de seis hermanos, siempre a la contra, en 1805 se fugó para alistarse en el ejército de Napoleón Bonaparte, al que admiraba profundamente, para lo cual llegó a hacerse pasar por ciudadano fracés. Estuvo en Madrid el 2 de Mayo de 1808 y desertó de la Grande Armee tras los fusilamientos de Príncipe Pío. Huyó en un buque portugués rumbo a Brasil, donde se estableció e hizo fortuna. Allí se casó con una nativa y tuvo tres hijas. Volvió a Europa en 1814. Se enroló en el ejército inglés y estuvo presente en la batalla de Waterloo, cuando Napoleón hincó la rodilla. Sólo publicó un libro. Una obra monumental de mil doscientas páginas y título rimbobante: Las alas del águila refulgen de barro. Se dice, y esto es una hipótesis que nunca ha llegado a confirmarse, que él mismo quemó el resto de su obra, entre la que se incluían centenares de poemas y una presunta continuación de Las alas del águila. En 1963, el editor Jean Marie Fauvin publicó su correspondencia privada, que incluía entre sus destinatarios a escritores como Ivan Turguenev, Nicolai Gogol, Honoré de Balzac, Victor Hugo, Thomas de Quincey o a los músicos Frederic Chopin y Franz Lizst. Desgraciadamente, no tardó en descubirse que todas las cartas eran falsas. Gozó de una gran reputación en el siglo XIX, y grandes autores posteriores como D.H. Lawrence, Giuseppe Tomassi di Lampedusa o Franz Kafka reconocieron la influencia de Tariesse en sus obras. Murió en Toledo en 1874. En el prólogo de su única obra, escribió:

Nunca el camino fácil. Lo aprendí ya de niño, cuando mi madre los domingos me arrastraba a la iglesia y después, cuando los burdeles y aquella sangre espesa que me hacía sonrojar y después, cuando aquel primer día en el barco y el capitán aullando sube ahí y todo mi ser detenido aguardando una ola de orgullo y después, la noche que yo creí gloriosa pero resultó oscura perdido el emperador y yo secretamente llorando por dentro.
Siempre tuve dentro de mí una furia, un destello. Dime tú si lo oyes. Mira mis manos, sucias y viejas como unas manos. Pero dentro de mí hay un cielo que hierve. Vivir es escribir un poema. Al principio todo está dentro de tu cabeza, amorfo, sólo luces e ideas bailando en la brisa. Intentas agarrarte a ellas inútilmente, como un niño que trata de tapar el sol con una mano. Pero si tienes paciencia vendrá el momento en que verás que todo cobra sentido y entonces oyes como una música maravillosa dentro de ti, una música que te completa y que na
die puede escuchar salvo tú. Así la vida te ofrece su regalo. Así a fuerza de aguzar el oído, fui aprendiendo y crecí. Tú, tú sola supiste mirar el secreto de mi existencia.
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